• Ignacio Mayorga Alzate

Böjo vira definitivamente hacia la electrónica en “Echo, Interlude 1”


Desde que Böjo, el alias creativo del productor colombiano Samuel Lizarralde, empezó a mostrar sus composiciones solistas en el primer semestre de este año, su propuesta de valor no ha dejado de legarnos una serie de sencillos emocionantes e implacables que lo han convertido en uno de los músicos más prolíficos en el panorama colombiano contemporáneo. Desde la presentación de “Solo, Op. 1: No. 1” en abril, el músico ha completado un EP y ha lanzado colaboraciones y reversiones que muestran su implacable inquietud compositiva, una que no respeta los términos del mercado, sino que se alimenta solo de su propia creatividad y demuestra una habilidad irrefrenable para producir track a track un camino que parte de la música clásica para convertirse lentamente en una hermosa criatura llena de neones y colores vivos prestados de la electrónica. Con Opus, su primer EP, el músico fue virando lentamente del piano clásico hasta los beats más oscuros del techno, presentando cuatro cortes que se construyen de manera evolutiva hacia un sonido híbrido y fascinante. Luego unió esfuerzos con Santiago Navas en “Centro”, un sencillo más cercano a la electrónica experimental, y ahora regresa con “Echo, Interlude 1”, un corte inspirado en la estética de la década de los veinte del siglo pasado.


Un interludio o transición es una obra que enlaza dos momentos artísticos, una declaración que fusiona dos mundos diferentes, uniéndolos y revelando sus similitudes. Es también un momento que siempre estará perdido entre dos definiciones y nos replantea el valor de estar perdidos. “Toda transición, por más que sea un momento de paso, guarda intrínsecamente un poder y una belleza majestuosa”, explica Böjo en el comunicado de prensa que acompaña al lanzamiento. “¿No son acaso los atardeceres y amaneceres los dos momentos más inspiradores de todo el horario y rotación terrestre? Y, ¿no son acaso estos dos momentos otra cosa que meras transiciones, momentos de unión entre día y noche, entre sombra y luz? Esto mismo pasa en nuestras vidas como individuos, cuando aceptamos el cambio, cuando decidimos movernos y entrar en nuevos ciclos, esas transiciones son en muchas ocasiones las que nos llenan de poder y nos definen como personas. Lo mismo pasa en la colectividad, las transiciones históricas muchas veces son también momentos magistrales, que duran poco pero que brillan intensamente. Es por esto por lo que “Echo, Interlude 1” está sonoramente planeada para llevarnos a un lugar histórico preciso: la transición entre el mundo clásico y el mundo moderno. Ese corto momento y esa generación que vivió la primera mitad de su vida entre las velas y la monotonía antigua y la segunda mitad en la implementación eléctrica y el cambio incesable y agresivo de la modernidad”.


Inspirándose en este momento de ruptura, Böjo genera una transición en la construcción de su sonido: el ser romántico se ve reemplazado por el hombre máquina, como en los carteles del cine ruso de la edad soviética, desdoblándose su identidad entre tuercas y bujías. Lo cierto es que esta ruptura, que planteó varios de los problemas que agobian a las generaciones actuales como el cambio climático y la contaminación desmedida, encuentran una virtud en la nueva relación del individuo con su colectividad, pues obligan al sujeto a pensar en su par que será reemplazado en la maquila por una máquina que cose botones. El poder vernos con relación a la fábrica nos obliga a volver la mirada sobre la identidad de cada uno de nosotros, a reconciliarnos en nuestra diferencia para, junto a la máquina, poder construir un futuro mejor. Las máquinas, en últimas, son capaces de crear maravillas de la civilización moderna, como la música de Böjo, pero plantean una reflexión pertinente sobre nuestro refugio de piel y hueso, sobre nuestros ojos que ven la realidad con su propia sensibilidad, sobre nuestra propia reflexión de los procesos históricos y de transición. Es por esto por lo que “Echo” se inspira en el ambiente sonoro y visual de 1920, y nos envuelve poco a poco en el paisaje sonoro de la postguerra y la agresiva industrialización que llevó al mundo de los candelabros al mundo del bombillo, la verdadera transición (o interludio) a la modernidad. Sonidos de caballos caminando por las calles acompañados de ruidos de fábricas y voces de trabajadores, vuelven a “Echo, Interlude 1” una obra increíblemente visual, que nos lleva a pensar inmediatamente en un mundo muy al estilo de los Peaky Blinders, una de las principales influencias estéticas del recorrido de Böjo.