El imposible en un mes: génesis y memorias de 'Sinfónico' de Estados Alterados
- Ignacio Mayorga Alzate
- 1 jun
- 7 min de lectura

En 1991, Fernando Sierra, Ricardo Restrepo y Gabriel “Tato” Lopera grabaron en cuarenta horas, en los estudios MIDIMIX de Medellín, el álbum debut de Estados Alterados. En esos mismos meses, por los pasillos de MIDIMIX alternaban Kraken, Ekhymosis y Bajotierra: la ciudad entera parecía estarse preparando para una explosión musical. Y no era precisamente la revolución tropical que la convirtió en la reina de diciembre. Era algo más oscuro, más difícil de catalogar, evidentemente urbano. Sonolux fichó a la banda y distribuyó el disco, que se convirtió en uno de los primeros álbumes de rock colombiano en circular simultáneamente en vinilo, cassette y CD. El videoclip de “El Velo”, dirigido por Simón Brand, entró en la rotación de MTV Latino: primer video de una banda colombiana en lograrlo.
En 1993, la banda realizó la primera gira de rock colombiano en Estados Unidos. En 2007, la revista Semana ubicó ese debut entre los veinticinco discos más importantes del país en el último cuarto de siglo. En 2010, después de años de fricciones con la industria discográfica —Sonolux primero, Discos Fuentes después, y un disco grabado con Tweety González que nunca vio la luz por incumplimiento de la disquera—, la banda regresó con Romances Científicos bajo la sombrilla Codiscos. Los que vendrían serían autoeditados. Más de treinta y cinco años después de la juvenil aventura de grabar su primer disco, Estados Alterados sigue operando desde la hibridación de sonidos, el afán continuo de experimentar y la certeza de que ninguna disquera debería dictarles los tiempos ni los formatos.
Una banda que aprendió a las malas que los proyectos ambiciosos mueren en manos de quienes no los entienden no iba a entregar el más ambicioso de todos a ningún intermediario. Sinfónico, álbum grabado en 2021 junto a la Orquesta Filarmónica Metropolitana del Valle de Aburrá —La Metro—, masterizado en Abbey Road Studios y prensado en Medellín, es la cristalización de una trayectoria desafiante y desvergonzada. Es, también, el resultado de una conversación que llevaba décadas sin poder materializarse. Sinfónico fue estrenado en la pasada edición del Record Store Day Colombia como parte de la apuesta local de lanzamientos, pero su historia es más laberíntica e inquietante. Por lo que Ricky Restrepo la reconstruyó en entrevista para 120dB Bogotá.
La relación entre la electrónica, el rock y la música sinfónica tiene una historia larga. De hecho, el primer disco de electrónica es precisamente un ejercicio sobre este diálogo: Switched on Bach de Wendy Carlos. Depeche Mode la exploró en “One Caress”. Faithless en “Salva Mea”. Incluso Philip Glass o Steve Reich han sido pioneros de técnicas de looping con este registro sonoro. "Empezamos a tener referentes como de Depeche Mode con la BBC en 2023, por ejemplo. Hay unas versiones muy, muy, muy bien hechas. Por supuesto, un referente fue Cerati Sinfónico que también tiene sus años. También un referente fue Metallica con la San Francisco Symphony. Kraken, también, por supuesto, no nos podemos olvidar de ese proyecto con Elkin y su banda liderando un hermoso proyecto en Colombia que muy poca gente concebía".
Así mismo, dentro de la propia discografía de Estados, Alfredo de la Fe —violinista formado en la escuela clásica— aparece tocando en Cuarto Acto: una señal temprana de que la frontera entre sus sintetizadores y los instrumentos de cuerda nunca fue tan rígida como parecía. “Sabíamos que nuestra música armónica y melódicamente tenía ese potencial”, recuerda Ricky Restrepo mientras discute el nacimiento de Sinfónico. Desde finales de los noventa, músicos del mundo orquestal se acercaban a la banda con la misma idea: había que hacer algo juntos. Lo difícil no era concebirlo. Lo difícil era llevarlo a cabo. La infraestructura cultural que ese proyecto requería sencillamente no existiría en Colombia durante años. El interés por la dignidad del rock electrónico tampoco.
El primer ensayo real llegó en 2019, en el marco del homenaje a los veinticinco años de Rock al Parque, cuando Estados Alterados tocó, junto a la Orquesta Filarmónica de Bogotá, “Muévete”. Fue la prueba de que la idea sobrevive a la escala. Vino la pandemia y el tiempo se volvió, como dice Ricky, atemporal. Cuando el Medellín Music Week retomó su agenda y propuso unir a la banda en escena con la Orquesta Filarmónica Metropolitana del Valle de Aburrá —La Metro—, quedaba un mes para el concierto. “Claro que íbamos a aceptar”, dice Ricky. "En un mes montamos todo lo que escuchan en el vinilo. Fue un arduo trabajo. Y es allí donde yo doy crédito a La Metro y a todo el equipo que los rodea para sacar esto adelante".
La sincronía no fue un accidente. Alejandro Vázquez, director de La Metro, les cuenta en los primeros ensayos que su hermano mayor le presentó a Estados Alterados hace veinte años. Había músicos en la orquesta que no sabían quiénes eran; había otros que los conocían por sus padres, por sus tíos. Cuando llegaron al lugar de ensayo, los recibieron con venias: “Hola, maestros”. Ricky los frenó de inmediato: “no nos digan así que nos asustamos más todavía”. Desde ahí, el tono está claro: sesenta músicos en una sala, egos aterrizados, un solo criterio para elegir las canciones: al menos una por álbum y que al menos el ochenta por ciento de la gente que sigue a la banda las lleve en su ADN. "Si te das cuenta, hay un equilibrio dentro de ese pasado de Estados, dentro de esa etapa intermedia y dentro de ese final que reúne todos estos ingredientes. Y, a su vez hubo arreglos orquestales por parte de Alex Zuluaga, el orquestador de La Metro, que fueron un reto tanto para ellos en la ejecución como para nosotros. Ahí hubo retos a nivel musical muy poderosos porque, nuevamente. la situación era que en un mes había que montar todo esto y son 12 canciones. Eso no fue nada fácil".
Decirle que no al Medellín Music Week en 2021 habría sido un error histórico. La propuesta era simple y al mismo tiempo imposible de ignorar: unir a Estados Alterados en escena con La Metro cuando quedaba un mes para el concierto. El encuentro tuvo lugar cuando la ciudad todavía usaba tapabocas, cuando los aforos eran una negociación permanente con la incertidumbre, cuando estar en una sala con setenta músicos era en sí mismo un acto de fe. Lo que nadie calculó del todo fue lo que vino después: Luis Ángel —ingeniero de sonido referente en Colombia para todo lo que el mundo llama música culta— escuchó la grabación y le dijo a Ricky una frase que este no olvidaría: “Ahora empieza un desangrado”. Un año de filigrana milimétrica: limpiar los tracks de cada sección, de cada instrumento, de cada momento en que los micrófonos de cuerdas absorbían la batería o los sintetizadores se filtraban por los vientos de la filarmónica. “Era como armar un rompecabezas de esos cuando lo armás y decís: ¿dónde está esta pieza? Yo no voy a poder seguir sin esta pieza”, recuerda Ricky.
Se hicieron regrabaciones de secciones enteras con músicos de La Metro. Se afianzaron pasajes. Se trabajó capa a capa hasta que el álbum empezó a respirar. Cuando el material finalmente cerró, la cadena siguió: Mike Marsh —quien ha masterizado el trabajo de la banda desde Lumisphera— recibió las mezclas en Inglaterra, pero cerró la puerta al vinilo: ya no trabajaba ese formato. Marsh les dio un nombre: Miles Showell, en Abbey Road Studios. Showell pidió dos semanas para escuchar. Dos semanas después confirmó que quería trabajar en el proyecto y empezó a enviar los cortes uno por uno. “Oíamos y casi llorábamos de alegría”, recuerda Ricky. “Doce canciones sinfónicas. Ya con eso no nos paraba nadie”.
La decisión del formato físico llegó con una complicación técnica: las doce canciones no cabían en un vinilo sin sacrificar calidad. La solución fue elegante: diez canciones en el disco, dos como bonus track dentro de los insertos. El prensaje lo hizo la Fábrica de Discos en Medellín — que una ciudad colombiana tuviera la capacidad de prensar un álbum masterizado en Abbey Road no era un detalle anecdótico sino la confirmación de que algo había cambiado en la manera en que el país se relacionaba con su propia producción cultural. El resultado fue un vinilo de 180 gramos, negro, con portada gatefold, dos insertos y dos stickers.
El disco fue presentado durante el Record Store Day 2026 y Ricky recuerda a un chico de entre quince y dieciocho años que se le acercó con el Sinfónico bajo el brazo. Tenía otros tres álbumes comprados ese mismo día: The Clash, Dire Straits y Rick Astley. “Este es el sonido que yo siempre quise oír”, le dijo. La imagen decía más que cualquier dato de streaming: una generación que creció dentro del algoritmo eligió el objeto más analógico posible para acercarse a una banda que llevaba treinta y cinco años negándose a que le dictaran los tiempos. “El que se atreva a comprar un vinilo está haciendo un gran esfuerzo”, reflexiona Ricky, “es como el que entra a una librería y compra ese libro que por tantos años soñó”. En un momento en que las canciones se fabricaron con inteligencia artificial y los bootcamps prometieron la fórmula del hit en un fin de semana, tomarse cinco años hasta que algo estuviera listo fue, en sí mismo, una declaración de principios, un manifiesto que defendía con lanzas de neones la pertinencia de la independencia artística.
Lo que viene después será una gira sinfónica por varias ciudades del país, idealmente con La Metro, con la posibilidad de llevar el proyecto en formato de cuarteto o sexteto a municipios donde una filarmónica completa no ha llegado. La banda ya había probado ese formato en Circulart, la feria de negocios de la música en Medellín. “Tuvimos la gran oportunidad de llevar este proyecto hace dos años en un formato de sexteto y no te imaginas la respuesta de la gente”, recuerda Ricky. “Ahí estábamos en la mitad del camino de sacar Sinfónico, pero estábamos en la rueda, estábamos en el showcase y la gente quedó encantada”. La doble base de fans —la de Estados y la de La Metro— no se superponía sino que se sumaba, eran públicos que no se habían cruzado antes y que Sinfónico obligó a compartir una misma sala. Treinta y cinco años peleando con disqueras, cambiando de sonido cuando les daba la gana, grabando discos que nunca salieron, editando bajo su propio sello cuando el mercado no los entendió: para una banda que siempre antepuso el criterio artístico a cualquier otra consideración, setenta músicos en una sala y cinco años de trabajo hasta que algo estuviera perfecto no era una hazaña. Era la única manera posible de hacer las cosas. Sinfónico es el testigo triunfal de una trayectoria en perpetuo estado de reinvención.










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