• Ignacio Mayorga Alzate

Elsa y Elmar sintetiza el encierro en “cuatro veces 10”


En 2015 Elsa Carvajal, el corazón poético, vocal y musical detrás del proyecto Elsa y Elmar, presentó uno de los álbumes esenciales del nuevo pop alternativo, Rey. Fue un documento musical que, sumado al Caótica Belleza de Esteman, Canciones sin ropa de Pedrina y Rio y Caja de Música de Monsieur Periné, confirmó el momento esencial que vivía un género que, antes de convertirse en una réplica de los sonidos comerciales de las fórmulas radiales, aprovechaba los colores de una música con la facilidad de la recordación para compartir mensajes complejos y líricas de primera calidad sobre la identidad latinoamericana, las decepciones amorosas y el extraño entretejido de las almas que cohabitan un mismo espacio. Rey, creado desde la distancia en la que reside Carvajal, contaba además con algunas de las canciones más poderosas que la música nacional (dentro y fuera del género) había visto en la década pasada. El acierto del proyecto de Elsa y Elmar es el de volcar con sinceridad el corazón en el papel y la partitura, permitir que su audiencia conecte con sus dramas amorosos y sus alegrías más personales. Tras mudarse a México hace un tiempo y lanzar desde allí se segundo álbum, Eres diamante, la cantautora de Bucaramanga se ha convertido en un ícono del pop independiente latinoamericano, permitiendo sumar a su propuesta estética los sonidos urbanos de moda sin alterar una identidad creativa potente y poética.


Eres diamante se convirtió para muchos en uno de los discos del 2019 y le permitió consolidarse a Elsa y Elmar como un proyecto con una base de fans importante en su país de origen. Este año iba a presentar este trabajo en las tarimas del Estéreo Picnic, lugar en el que ya había tocado cuando solo tenía un EP titulado Sentirnos bien, en el que había empezado a explorar su diferencial de marca: una voz prístina y armoniosa y unas letras imaginativas, pletóricas en imágenes de singular belleza. Ante la crisis que suscitó la pandemia mundial del COVID-19 en el mundo del entretenimiento, Carvajal tuvo que poner en pausa no solo sus planes de tocar en el Estéreo Picnic sino de dejar de tocar en vivo para todas las fechas que tenía programadas en 2020, hasta nuevo aviso. Esta crisis le permitió volver a su lugar creativo y asumir un rol como productora para auto gestionar un EP maravilloso y angustiante que ha bautizado cuatro veces 10. Es un trabajo DIY de una factura preciosa, que recuerda los ejercicios de Julie Ruin, el proyecto solista y minimalista de Kathleen Hanna luego de la disolución de Bikini Kill. Es un documento intimista de quince minutos y seis cortes, creado desde la habitación en Ciudad de México en la que vive Carvajal desde hace algún tiempo.


Sintetizar la dificultad anímica y espiritual que genera el encierro no es una empresa fácil. Para empezar, a todos nos ha afectado de distinta manera la cuarentena aunque, al final, es seguro afirmar que la población latinoamericana está ya podrida de ver las mismas cuatro paredes durante más de un tercio del año. El EP se presentó a principios de la contingencia, cuando los efectos apenas empezaban a notarse. Sin embargo, desde mayo, el proyecto se ha convertido en una propuesta relevante y necesaria que, desde mayo, nos ha acompañado en estos días insoportables. El EP también tiene la virtud de mostrarnos cómo trabaja Carvajal libre del equipo que la acompaña usualmente, lo que da un vistazo a su sensibilidad estética permeada de pop de dormitorio, sonidos electrónicos retro, una voz dulce y delicada además de desfiguraciones vocales que aprenden la lección de los trabajos más sorpresivos de Kanye West para transmutar la voz en un nuevo instrumento. Son seis canciones íntimas y emocionantes para bailar descalzos en nuestra pequeña parcela de soledad urbana.


“que tal que” introduce la atmósfera del EP, dando inicio al recorrido con una voz dulce acompañada de un sintetizador. Voces transmutadas por la alquimia digital se suman como coros conforme llegan unos rasgueos lentos de guitarra que se amalgama de manera delicada con el resto de la mezcla. La canción reflexiona sobre la máscara mediática que tienen que usar los artistas en la era digital. Carvajal se muestra desnuda y nos abraza con empatía para mostrarnos que no estamos solos, que el ser únicos es una meta injusta a la que la humanidad se rinde sin pensar en el sentido de la comunidad, del apoyo y la solidaridad. Así mismo, la canción presenta un eco lejano que reflexiona sobre la ansiedad y la tristeza que produce el encierro. “sola con mi gata” presenta un ritmo más dinámico, aunque no por ello se convierte en una canción bailable. El retrato mental que presenta la artista en este corte es sincero y humano, permitiéndonos acceder a las distintas etapas de la ansiedad que despierta este estatismo, guiándonos por la miríada de emociones que nos dejan pegados a la almohada con los ojos abiertos mientras, tras la ventana, la ciudad enmudece: sus calles vacías, las individualidades confinadas en un cuadrado luminoso dentro de bestias de hormigón.


Seguidamente llega “desamarte”, el corte más experimental del EP y quizás de toda la carrera de la bumanguesa. El uso de softwares de modificación de voz se convierten aquí en un meta lenguaje musical, permitiendo a la intérprete jugar con su voz para generar un efecto dramático antes que para ocultar las imperfecciones de su voz. En ese sentido, Elsa y Elmar reafirma el uso de su voz como un instrumento y un elemento teatral, brindándole a “desamarte” un aura de espectro digital, como un fantasma que se materializa en aparatos eléctricos a través de la invocación por el recuerdo. Este sencillo es quizás uno de los más viscerales y heridos del EP, pero también uno de los más conmovedores e intensos. Es genuino, mundano, universal. Carvajal regresa a un territorio conocido con “haciendo discos”, una pieza dinámica y divertida, colorida si se quiere, en la que la cantante explora los recuerdos de una relación infructuosa en el que los relojes de su anterior pareja y ella están desconfigurados, pues Carvajal es un animal nocturno que se entrega a su arte cuando ya no hay luz en el cielo, mientras su prospecto cumplía el horario laboral al que estamos acostumbrados.


Este sentimiento continúa en “palabras y miradaz”, un pop electrónico que recoge el optimismo musical de anteriores producciones, pero regodeándose en el sentimiento del miedo y culpa de un salto de fe que no se dio. La presencia de la guitarra vuelve a anteponerse a la mezcla con programaciones digitales. Aquí, la voz de Elsa y Elmar alcanza un punto conmovedor y emocionante, entretejiéndose con sonidos del dance pop del nuevo milenio. Sin embargo, la mezcla se torna ominosa hacia el final del corte, como una bruma. “fuerte pa volar” cierra con la misma intención del principio del álbum. Es menos enérgica y más intimista, solo la santandereana y su guitarra bastan para reafirmarnos que la vida continuará después de todo, que la luz se sobrepone a la oscuridad en un ciclo eterno. Que lo bueno y lo malo son solo momentos de la vida humana. cuatro veces 10 es un documento introspectivo que nos muestra a la Elsa y Elmar más vulnerable y sincera. A una mujer hecha de miedos y esperanzas que habla con sus plantas y su gata, que recuerda en las tardes frías la presencia de otro cuerpo que ya no yace junto a ella en su lecho. Es también el retrato de una mujer valiente y emotiva que no tiene reparo alguno en expresar toda su sensibilidad, reconociendo que la humanidad tiene un espectro de posibilidades anímicas que no acaban en la felicidad y el amor. Aceptarnos en nuestra fragilidad y necesidad de abrigo es una invitación que llega desde este EP y es reconfortante saber que no estamos a obligados a sonreír siempre.



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