• Ignacio Mayorga Alzate

Entrevista: en el juego de la vida de Mengers siempre vas a perder



Por definición, todo disco hecho durante la pandemia es un disco pandémico, en el sentido de que cada una de las bandas que estuvo trabajando en nuevo material musical hubo de adaptarse a las circunstancias de la nueva normalidad forzada por la contingencia sanitaria. Sin embargo, Golly de Mengers es uno de los álbumes más acertados para retratar este contexto viral, el agotamiento emocional de nosotros los sobrevivientes y la manera en la que la tecnología obra en favor o en contra nuestra en cada mínima decisión que tomamos. Ya hace algunos meses lo escogimos como uno de los álbumes centrales del primer semestre mexicano, pero quisimos aprovechar la cercanía con la banda para elaborar más la reflexión que nos legaron estas doce canciones. Ahora que la banda ha presentado algunas versiones en vivo en el EP Estrés y que lentamente la economía cultural se está renovando quisimos volver a ellos.


Mengers es un trío de la Ciudad de México que se nutre del ruido por medio del rock en su forma más incendiaria. Formados dentro del garage rock, el punk, el stoner rock y la música psicodélica, el sonido practicado por la banda ha sido el pilar de su esencia desde su formación a finales de 2016. Golly, es el disco con el que Mengers inauguró el 2021, luego de su debut en 2018, I. El álbum habla del hartazgo y el cansancio que produce la monótona existencia en la capital mexicana, marcada por una repetición musical que se presenta lúgubre y, más que melancólica, furiosa y aburrida. Es un disco con mucha fuerza en el juego de atmósferas, trayendo al centro algunos detalles que suelen quedar en el fondo de la mezcla para crear un ambiente ominoso y de peligro. Es un álbum radical y estrepitoso que nos lleva por el estado ansioso que nos han producido los últimos meses de existencia en este planeta infecto. Un disco nihilista en el que el ruido y el caos se tatúan en el ADN del hombre para llevarnos a paisajes distópicos de producción excelsa. Probablemente uno de los mejores álbumes latinoamericanos de los primeros tres meses del año, Golly conserva la identidad DIY del proyecto con reminiscencias poéticas del punk para crear un álbum redondo y escandaloso. Hablamos con Mauricio Sánchez, su bajista, sobre este disco impecable.


Comencemos hablando un poco de la banda, ¿cómo se formó y cuál era la dirección que buscaban darle al proyecto cuando empezaron?

Los tres nos juntamos a tocar en 2010. Pablo cumplió 15 años y le regalaron su primera batería, Carlos y Pablo Calderón son hermanos. Los dos tocaban guitarra y Pablo siempre había querido aprender a tocar batería. Mauricio es el mejor amigo de Carlos desde la prepa. Mauricio iba a la casa seguido y tenía un bajo por lo que empezamos a tocar juntos. Al principio nos juntábamos esporádicamente y no era un proyecto serio. Sólo tocábamos covers para pasarla bien. No buscábamos ni siquiera tocar en fiestas, sólo era para entretenernos un rato. Sin embargo, la necesidad de crear y hacer ruido nos llevó a crear música propia desde 2017 y de ahí hasta aquí.


En 2019 publicaron I, su debut discográfico. ¿Cómo fue la creación del disco, qué aprendizajes fueron útiles para el momento de su creación que no tenían cuando empezaron a hacer música?


El primer disco lo hicimos en una habitación pequeña, como de 3x3. Escuchábamos música de muchos riffs como Sabbath o Dead Meadow, muy espaciada. Dentro de ese cuarto muchas canciones sonaban muy bien porque eran un poco lentas y pesadas. El ruido era tanto que ni siquiera escuchábamos la voz. Al final quedó algo entre psicodelia y stoner que, aunque no estuvo mal, nos dimos cuenta de que podíamos hacer las cosas diferentes. Tocábamos sin tantos matices, la música era como plasta y no había un discurso sonoro y ni un discurso en las letras. Ahí nos dimos cuenta de que lo próximo que queríamos hacer tenía que ser más rápido y coherente. Decidimos cambiar el lugar de ensayo y empezamos a usar toda la casa para ensayar (perdón, mamá). Nos enfocamos mucho en las letras y en que el sonido fuera propositivo y que se pudiera mantener en las presentaciones en vivo. Quitamos pedales de nuestras pedaleras gigantes y nos quedamos con lo más básico. La batería pasó de ser un monstruo de elementos a usar solo un platillo. Quisimos renovarnos y hacer algo muy básico. Lo más importante que aprendimos es que nunca es tarde para cambiar, y que siempre es posible seguir creciendo y hacer música.


2020, es uno de los años más extraños de la humanidad. ¿De qué manera afectó la pandemia la escritura y la composición de Golly?

Antes de que comenzara la pandemia ya habíamos terminado de grabar todos los instrumentos y la voz de un par de canciones, pero cuando inició la cuarentena tuvimos que grabar el resto de las voces desde casa. La mayoría de las letras ya estaban hechas, pero curiosamente, tomaron un significado coherente con la pandemia. Incluso varias se hicieron durante los primeros meses de la pandemia por lo que ese temor por lo que pudiera pasar quedó plasmado ahí.

Nos desanimó un poco no grabar en el estudio y sin todos presentes, pues creemos que esa emoción de estar en estudio juntos es motivadora. Sin embargo, la buena comunicación con nuestro productor y su destreza fueron claves para que lo que faltaba de la grabación saliera de la mejor manera.




El álbum es una reflexión oscura sobre la simulación y el mundo digital, ¿creen en la máxima del cyberpunk de que a “a mayor tecnología, peor calidad de vida”?

La tecnología nos ha permitido disfrutar muchas cosas, como hacer una videollamada en tiempo real con tu familia estando en un sitio lejos o conocer una banda emergente de otro sitio y escuchar su música. Sin embargo, nos hemos vuelto dependientes de ella. Todo el tiempo estamos metidos en nuestros aparatos y se ha perdido gran parte de nuestra libertad e interacción entre nosotros. La tecnología nos está haciendo inútiles y robóticos. Analfabetas disfuncionales, les llaman. Lamentablemente hacemos un pésimo uso de la tecnología. En vez de poder compartir música o ideas lo hacemos para denostar y rendir culto a los amos de las selfies. Los algoritmos en su búsqueda de maximizar el tiempo de uso de sus plataformas han promovido la desaparición de ideas contrarias a lo que nos gusta, haciéndonos creer realidades que no existen. Los que usamos las redes sociales, como gente que crea y comparte información, nos hemos vuelto un producto que está en manos de grandes corporativos cuyo fin último es encerrarnos en un ciclo eterno de consumismo.


La tecnología bien usada puede darnos una mejor calidad de vida pero, hasta el momento, sólo nos ha alienado más al sistema y cerrado a las discusiones y al diálogo. Justo lo que queremos plantear en nuestra música es eso. No sabemos qué nos depare el futuro, pero mientras podamos denunciarlo haciendo ruido lo haremos con todas nuestras fuerzas.


El tema del Game of Life es transversal al disco. ¿Podrían expandir sobre este concepto?


Golly es un algoritmo muy sencillo diseñado en los setenta que básicamente es una gradilla en la que las celdas se iluminan o se apagan con base a ciertas reglas simples. De esta manera, se pueden generar una gran variedad de patrones con comportamientos muy particulares, como si estos patrones tuvieran vida propia. Muchos han encontrado en Game of Life una posible explicación de la complejidad de la vida. Patrones complicados pueden porvenir de cosas simples. Esta idea fue la que nos llamó la atención: ¿qué pasaría si todo lo que hacemos diariamente estuviera programado, si fuera una simulación?


Estamos dejando los veinte y nos damos cuenta de que la vida no es como esperabas, que necesitas seguir una rutina para sobevivir, que nos está invadiendo la monotonía. Hemos vivido hasta ahora en la ciudad de México y le tenemos un cariño especial, es parte de nosotros por eso también nos inspiramos en sitios, ruidos, en el caos y contrastes. Todo esto quisimos plasmarlo en Golly a manera de psicodelia, disonancias, crudeza y punk.

Golly es un disco muy marcado, signado en gran parte por los sonidos más extremos del post punk revival de principios de milenio. ¿Qué intereses musicales colindan como influencias?


Golly fue un disco que hicimos en vivo, las rolas salían en el ensayo y las probábamos en las tocadas, y justo coincidió cuando hicimos un tour en 2019. Las rolas podían tener muchos cambios en un corto plazo. De hecho, grabábamos las canciones con el celular y para repasarlas las íbamos escuchando en el carro mientras íbamos en la carretera. Esa esencia de inmediatez y rapidez a manera de punk y garaje quedó muy bien plasmada en el disco. En esos tiempos también escuchábamos mucha música estruendosa, admiramos bandas como Osees y Ty Segall y todo el ruido californiano que se hizo durante la segunda década de de los 2000. Los Kinks, The Stooges también fueron grandes influencias, así como bandas de la escena mexicana como Belafonte Sensacional, El Hombre Perro, Sgt. Papers, etc. También para este disco nuestros amigos y el estar juntos fue gran inspiración. Verlos y platicar era romper con la monotonía y salirnos un poco del sistema.




Hablemos de la gestión de Hugo Quezada en el trabajo de Golly. ¿Cómo se relacionaron con él y de qué manera aportó al disco?


Un día escuchamos un par de canciones de Belafonte Sensacional y del Shirota, nos gustaron mucho y nos dio curiosidad dónde se habían grabado. Buscando en internet vimos que había sido Hugo Quezada el responsable de esos discos. Le escribimos mencionándole que estábamos interesados en su chamba y que nos gustaría hacer algo en su estudio, Progreso Nacional. Teníamos una tocada y creímos que era buena oportunidad de que nos escuchara, entonces lo invitamos. Llegó el día de tocar y cuando bajamos nos encontramos a Hugo, intercambiamos un par de palabras, pero algo que nos marcó fue cuando nos dijo que la banda que había visto en vivo era completamente diferente a lo que había escuchado de estudio. Fue ahí cuando todos entendimos que necesitábamos plasmar esa energía de la banda en vivo y Hugo lo hizo perfectamente. Le dio personalidad a nuestra música y se ha vuelto un gran amigo desde entonces. Progreso Nacional es una cueva, un pequeño laboratorio donde Hugo tiene tantos aparatos sacados de la basura pero que suenan increíble. Además de eso, nos ayudó a salir de una zona de confort/bloqueo que veníamos arrastrando. Sin duda dimos con la persona indicada en el momento indicado, y estamos agradecidos infinitamente.

Siento que el sonido está entrelazado con elementos retro y futuristas, aunque distópicos. ¿Qué identidad estética buscaban darle al disco?


Cuando estábamos componiendo Golly queríamos que fuera un madrazo de disonancias y crudeza. Queríamos que sonara como si juntaras todo el ruido y caos de la ciudad, todo esto por medio del fuzz que es nuestro ruido favorito.


Cuando llegamos a Progreso Nacional Hugo nos enseñó que tenía las herramientas ideales para todo esto, también es fanático del ruido y los sonidos raros, y es un gran sintesista entonces eso explica que Golly tenga ese elemento como de guitarras pasadas por sintetizadores futuristas. Cuando escuchamos todo eso nos dimos cuenta de que sonaba horrible y nos gustó. Era como si la basura de toda la ciudad tuviera sonido. De ahí que decidiéramos que la portada debía de ser el basurero de la ciudad de México (el bordo de Xochiaca). Toda la identidad estética empezó con eso, pensando que de la basura podíamos extraer ruidos e imágenes.


Trabajos como Golly le devuelven una identidad fangosa al sonido del DF. ¿Cómo ven el futuro de la escena musical en su ciudad?


Nos emociona mucho que están surgiendo cosas increíbles, que se está comenzando a escribir una nueva historia en la música nacional. Están surgiendo bandas y discos que van a trascender y eso nos motiva mucho. Se está retomando la música en español, incluso bandas de rock están dando cátedra de cómo componer en nuestro idioma y es bellísimo. Bandas como Diles que no me maten y Belafonte Sensacional, por mencionar algunas, la están rompiendo y su música ya está rebasando fronteras. Sentimos que se ha perdido el verdadero significado del roc. Aquél que nació para ser molesto y contestatario y se reemplaza por poperías baratas y añoranzas del pasado. Si algo compartimos con muchas bandas de la escena nacional es esa relación de amor/odio que existe con el rock, esas ganas de renovar su significado y de romper con el pasado sin dejar de lado aquellos elementos que nos han hecho sentir libres.


Por último, y a pesar de la fuerza cruda del sonido del disco, hay un componente muy lírico en las letras. ¿Cómo reconcilian el lenguaje del cantautor con el sonido del rock de nicho?


Escribir las letras ha sido muy difícil, casi siempre es lo último que hacemos al componer una canción. Se nos ha facilitado adaptar la lírica una vez que la música está definida. Por un lado, escribir en español, se ha convertido en una necesidad personal y colectiva. Desde que escuchábamos a Pescado Rabioso, Serú Girán, Rockdrigo o El Haragán, algo despertó en nosotros. Sentíamos una conexión especial con esa música por el simple hecho de que estaba en español. Además, es un reto. El español lleva acentos, palabras de muchas sílabas que lo hacen complicado de meter en canciones. En inglés las palabras no tienen ese problema. Por último, en el fondo también lo hacemos para revivir al roc. Componer en inglés es ayudarlo a morir. Es impulsar esa idea de que el roc sólo puede hacerse en un idioma, con un tipo de sonido, con una misma forma de tocar. Es darle la razón a esa gente que cree que sólo teniendo una guitarra Les Paul y un amplificador Marshall ya haces roc. Es apoyar un cliché que no puede mantenerse por más tiempo. El roc es ruido contestatario y emocionante. Lo más importante: es ruido sincero y hablar en un idioma que no es el nuestro le quita en automático esa sinceridad. La lírica en español es algo que nos ayuda a conectar con esa idea de renovar y que en el fondo nos hace sentir mejor.



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