• Ignacio Mayorga Alzate

Gabriel Ríos: la música como un ejercicio de memoria e identidad


Cortesía de @mostros @carloshenao.o


Hablar de Gabriel Ríos es dar cuenta de un rara avis in Terris. Con una carrera musical que se extiende por cerca de dos décadas, este puertorriqueño ha construido un catálogo excéntrico de canciones en las que, de alguna u otra manera, siempre está presente la música latinoamericana. Ríos emigró a Bélgica cuando apenas tenía 18 años y allí construyó un nido para dar forma a canciones sobrecogedoras, a veces espectrales y siempre emotivas que lo han convertido en un intérprete clave en el país europeo. No es extraño entonces que hasta ahora Latinoamérica haya posado la mirada en su carrera y se haya empezado a contagiar de sus canciones. A principios de mes pudimos verlo dos veces en vivo, primero en el marco de los showcases del BIME y luego en un concierto íntimo junto a Las Áñez, Lucio Feuillet y El León Pardo, Dani Boom, entre otros, cortesía de Biche.


A partir de la enfermedad de su padre, quien le enseñó a tocar la guitarra y le infundió la prerrogativa de siempre ser original, Ríos regresó por primera vez en años a Puerto Rico como uno más de sus hijos, dejando de lado la visión del turista y recorriendo las plazas y calles de su infancia, mismas en las que la salsa, el bolero y el son componían la banda sonora de sus días amenizados por el arrullo de un mar Caribe diáfano y eterno. En este regreso a la raíz se sembró la primera semilla de Flore, su disco de 2021, en el que junto a su productor Rubén Ríos reversiona el cancionero latinoamericano para crear una joya ominosa y gótica cargada de sentimiento. Así, “El ratón”, “Ausencia” o “Panteón de amor” reciben un tratamiento novedoso que las desviste de sus extravagancias tropicales para convertirse en esqueletos vivos de una belleza sobrecogedora. A propósito de su paso por Colombia en el marco de la primera edición latinoamericana, hablamos con Ríos sobre la memoria, la salsa neoyorquina, Leonard Cohen y el eterno acto funámbulo del emigrante latinoamericano: el de no ser de aquí ni ser de allá.


Quisiera comenzar hablando de la música en tu proceso de desarrollo personal. Habiendo tenido una vida nómada, ¿cómo te acompañó la música antes de emigrar a Bélgica?


Sí, para mí, cuando estaba en Puerto Rico y como cualquier otro adolescente, a los quince o dieciséis, conocí la música punk y el punk rock. Esto es antes del Internet. Los muchachos que eran mayores que nosotros ya tenían el arsenal de casetes con todos los grupos cabrones como Fugazi, los españoles, como Eskorbuto: lo que fuera más lejano a Puerto Rico es lo que estaban escuchando. Lo que me interesaba más era toda la música que fuera de afuera, que fuera extraña y retadora. Entonces lo puertorriqueño llega por mi abuelo y por mi papá. Había un bar en la esquina de donde vivía que se llamaba Aquí se puede y todas las noches sonaban los éxitos del continente, muchos de ellos salieron en el disco. Obviamente el boom de la salsa de los sesenta y los setenta era parte de nuestra cultura: me entró por ósmosis.


Me di cuenta recientemente, muchos años después, que nosotros nos sabemos esas canciones sin haberlo ni pensado, ni ensayado. A mí lo que me interesa de la música de Puerto Rico es que nos entra por el inconsciente, casi por la piel. Hacer este disco fue entrar a un sueño de la memoria y hacerlo de manera indirecta, porque no queríamos hacer tributo frontal, auto referencial de “vamos a cantar esta canción de la manera que siempre se canta”. Para mí fue casi que cerrar los ojos y empezar a improvisar con los arreglos de cierta manera. A veces alejándonos mucho de las ideas originales. Irónicamente me siento que de esa manera llegaos más cerca a las composiciones originales, por alguna razón. Si hubiéramos intentado formalmente hacer algo latino con ellas no hubiera sido lo mismo. Es flow con el que los puertorriqueños han trabajado las formas cubanas, en la diáspora de Nueva York con el son montuno. Hay esa actitud en Puerto Rico, de hacer un whatever con una canción, capaz que nos conectamos con eso. Lo que pasa también es que no tengo comunidad latina aquí para hacer un conjunto con vientos y percusión. Estamos Rubén y yo. Es la manera de nosotros de estar en la luna y de rendirle tributo a esas canciones.


Cortesía de @mostros @carloshenao.o


En Bélgica estudiaste pintura, ¿cómo se relaciona esta formación con tu proyecto musical?


Estudié pintura, historia del arte, luego dos de escultura y luego me quité para hacer los primeros discos. Todavía pinto un poco y empecé, como mucha gente durante la pandemia, a pintar. Pero es una confrontación mucho más intensa estar solo con una pintura y desarrollar un lenguaje visual a través de años. Es una cosa tan íntima e intensa que, en ese sentido, no se parece a la música porque la música es inmediatamente parte del público y, cuando estás tocando, te estás imaginando algún tipo de conexión con un público. Además, existen estas formas de la música popular, y todos estamos tan influenciados por eso, que hay esa estructura como más ligera para hacer canciones, 3:15 minutos o lo que sea. La pintura es algo abierto y es una especie de vértigo y genera ese miedo al vacío.


Pero sí se parecen en la libertad. Eso tiene que ver con el punk rock. Pues la razón por la que empecé a tocar esta música fue por el permiso que me otorgaba ese tipo de música. Se ponía por alto el revolú de lo que te sale inconscientemente sin entrenamiento. Sin entrenamiento académico, quiero decir, pero sí era estar ensayando horas y horas y horas e ir haciendo cositas. Es una escuela privada, de uno mismo, pero siempre se vale de ese momento de expulsión de algo que quizás pasa al ser consciente y sacar lo más que puedas de tendencias que realmente no controlas o que no conoces de ti mismo. Por eso este disco tiene un poco de eso. Rubén, mi amigo el productor y yo, sufrimos un poco de déficit de atención. Nos aburrimos rápido. Teníamos que sacar arreglos que fueran retadores para nosotros y no cansarnos de las canciones que estábamos haciendo. Eso me recuerda a escuchar a Fugazi o a grupos de punk que ya estaban alejándose del punk como escuela por la cuestión de la creatividad.


Por eso me interesa mucho el expresionismo abstracto norteamericano. Es ese momento de que eso también puede ser un lenguaje: lo inmediato, la expulsión de acción. Obviamente estas canciones no son violentas en términos de distorsión o de volumen porque creo que eso ya se ha convertido en algo casi ensayado. Pero sí en el sentido de tratar de sorprenderte a ti mismo con un arreglo, con la manera de hacer una canción. Utiliza lo que está allá afuera, pero lo vierte todo y hace un revolú con eso a ver qué pasa. Como dice Rubén, mi amigo: “tíralo contra la pared a ver qué se pega”. Para mí eso tiene que ver con atreverse a pintar de esa manera. A mí, te tengo que ser completamente honesto, nunca lo pude hacer bien con la pintura porque lo controlaba demasiado. Tienes que ser bien atrevido, ese es el punto. Hacerlo tanto que confías en tu mano y en el accidente. En la música sí lo puedo hacer. Siento que lo he podido empezar a hacer con la música. La pintura es una confrontación más hardcore.


Hablemos de Ghostboy, que pronto cumple los veinte años. Ya existía allí un diálogo con la música latina. “Unrock”, por ejemplo, utiliza las trompetas de “La murga de Panamá”. ¿Cómo recuerdas esta primer aventura sonora?


Conocí al productor de “Pump Up the Jam”, la canción famosa de los noventa, de Technotronics. Quien fundó ese grupo es íntimo amigo mío ahora, es realmente un hombre mayor que yo del que no te imaginas hace parte de la escena musical: es un doctor en filosofía. Él y yo fumamos puros todas las semanas y es como un mentor para mí. Lo ves como un señor mayor y logró ese hit mundial. Cuando lo conocí, todavía tenía en su casa tenía el equipo para hacer samples de los ochenta y los noventa, todos los teclados originales, el Juno también. Boté mis demos originales y empecé a pensar en estas canciones y las introducciones que tenían estos trombones de manera aislada, empecé a samplear eso y saqué canciones nuevas. Entré con unos demos completamente diferentes y terminamos con esto por yo haber visto los samplers que él tenía. Me dio el flow como de que podíamos inventarnos algo completamente diferente. Como él tenía esa experiencia con la música electrónica, construimos un disco básicamente con dos personas. Ghostboy se tardó bastante en completar porque lo estábamos construyendo básicamente desde la nada. Sin tener un grupo musical. La mayoría de las canciones latinas estaban basadas en samples de Rubén Blades, de Willie Colón. También en las letras fue un disco bastante caótico. A mí me encanta escucharlo ahora porque es algo sucediendo en Bélgica, pero haciendo revolúes con la música latina, totalmente anacrónico. Le tengo mucho cariño a ese disco. Pero ha pasado mucho tiempo. Fue antes de que cobrara consciencia sobre lo que es la letra, la estructura musical. Es como escuchar el examen para graduarse del bachillerato: el primer intento.




Y es bonito porque la salsa, de una u otra manera, es la convergencia de una serie de la comunidad latina que coinciden para crear algo propio. Siento que hay un interés constante de hibridar las formas, de crear mixturas, de presentar junturas poco probables en tu proyecto. ¿Cómo sientes en tu discografía esa necesidad de experimentar, de escapar de lo obvio?


Yo me críe con un papá que me hacía casetes con tantas canciones diferentes, los llevaba a la escuela cuando tenía 6 o 7 años, y era una mezcla tan ecléctica. Con mi hermana y conmigo mi padre hacía mucho énfasis en la cuestión de la originalidad, porque quería ver con qué cuento nosotros salíamos, con qué pintura. Había mucho acento en la creatividad y en crear cosas que no se parecieran a lo de los demás. Eso me traumatizó de una manera positiva [risas], lo tengo que hacer con todo. Es una adicción o un fetiche por hacer algo original porque también es lo único que puedo tolerar de mí mismo. Tiene que ser algo diferente. Recientemente la cuestión puertorriqueña de coger un estilo y hacer lo que quieras con él es algo que me interesa. No es una falta de respeto, es ver qué es lo que pasa. Hay una diferencia con la música cubana que para mí es una música terriblemente sofisticada y que los puertorriqueños la cogen y la pasan por los sonidos urbanos del pop, el blues, me imagino que, por ser la mayor diáspora latina en los Estados Unidos, y salió este híbrido. Obviamente, muy basado en lo cubano, pero mucho más directo en el sentido de que tienes que confiar en lo que te saca la calle. Eso solamente es posible en Nueva York.



Cortesía de @mostros @carloshenao.o


A mí me gusta pensar que, viviendo acá lejos, sin una banda latina, tuve que hacerlo con unas herramientas propias, lo electrónico. Me gusta que sea un disco artificial. Me gusta que se vea el pitch, queremos que se escuche el artificio. Quiero que sea algo obvio porque no te puedes esconder. Todo lo que tú eres se va a escuchar. Lo que me gustó de este disco es que todo está ahí. Es un sueño gótico lleno de humor y de memoria. Lo mejor que me han dicho es que el disco no le recuerda a la música de los padres, sino a ellos mismos escuchando la música de los padres. Se da a través del filtro de la memoria. Tiene una capa de ensoñación, fantasía o miedo. Esa salsita tiene eso, algo extraño.


Hablemos un poco del ejercicio del cover y la versión. Estudiando historia del arte me tocó ir a museos con una bitácora para copiar a los artistas expuestos, calcar esa forma ya intervenida de la realidad que es un cuadro. Indudablemente uno siempre termina volcando su propia sensibilidad en lo que estaba copiando. Pienso el cover como un ejercicio análogo al del estudiante de arte, de alguna manera. ¿Cómo ves el tema de hacer versiones sobre algo que ya está construido?


Esa es una buena pregunta, porque realmente odio los covers. Cuando viajas un poquito para promocionar un disco siempre te piden que escojas un cover de los Top 40. Siempre lo he odiado porque las versiones originales son las mejores. Es una manera para que uno aprenda a construir canciones y aprenda a ver cómo es que se construyen esas canciones. Como en las pinturas: qué es el espacio, qué es la proporción. Uno puede cerrar los ojos y ver una canción como una estructura y cuando está fuera de balance lo sientes inmediatamente. Como con algo visual. En ese sentido, en mi cuarto siempre he tocado canciones de otras personas y he tratado de aprender de canciones. Son maneras de aprender. Ya de más de viejito no siento que valga la pena hacer covers de canciones. Me siento súper hipócrita porque con este disco obviamente es casi lo único que hice. Pero para mí esto fue diferente. Aquí tuve otra razón: abrir la puerta a mí mismo de cantar en español otra vez y de traer estas canciones a un presente. El ejercicio aquí fue, a propósito, hacer completamente diferente con ellas, que fuera un poco riesgoso y exagerado. No estábamos haciendo propiamente covers, son tan raros que sirven como una excusa para patear la puerta. En ese sentido me lo permití y me encanta tocarlas en vivo. Pero no es justo. Porque con canciones en inglés nunca lo haría. Es algo que siento que solo puedo hacer con canciones latinas, pues siento que le pertenecen a todo el mundo. Con canciones en inglés no me siento igual. Siento que les pertenecen a esos cantantes. Creo que es por mi niñez en Puerto Rico: esas canciones entraban por la ventana, por el carro, por las fiestas de cumpleaños o en los navidades. Son tan del pueblo y de mis oídos, que se puede hacer esto. Como es parte de mi niñez siento como que tengo permiso para hacerlo, es una cosa psicológica.


Pero antes de Flore ya habías versionado a algunos artistas. Con Natalia hiciste un cover de “Hallelujah”, de Leonard Cohen. Siempre he pensado que es una canción muy latina. No en el tema de los arreglos, sino la visión que plantea del amor. El padecimiento. ¿Cómo ves el tema del amor en las letras de los clásicos latinoamericanos? Es una hipérbole, como nuestras telenovelas.


Sí, nosotros nos criamos con las novelas prendidas todo el día en la casa de la abuela. Para mí, especialmente las que utilizamos en el disco, son canciones de amor de caricatura, desde el punto de vista del hombre. “Panteón de amor” es una murder ballad. El tipo la mató porque ella le estaba pegando los cuernos y él la está enterrando, aunque el compositor de la canción, al que conocí el año pasado en Puerto Rico, Aureliano se llama, me quería convencer de que él está enterrando su amor por la que le pegó los cuernos. Pero, obviamente, de manera inconsciente, el tipo la mató. En “Ausencia” está también ese amor desagarrado por la mujer que lo dejó. Muchas de esas canciones del boom de la salsa siempre hay una mujer malvada. No hay muchas canciones que yo conozca de la salsa que sean más profundas en el sentido de un retrato grisáceo sobre la complejidad de lo que significa amar a alguien. Y eso me gustaba para este disco: como estábamos haciendo algo casi gótico y exagerado y caricaturesco, habla mucho, a manera de introducción, a cómo los hombres se han acercado al tema del amor en Latinoamérica. Siempre es a través de lo negativo, de la mujer que nos maltrata. Uno sabe que ha sido al revés. A mí me da mucha risa esta victimización del hombre, porque es una caricatura. Por eso las escogí. Ahora, está el canon de la música latinoamericana en la que mucha gente, igual que Leonard Cohen, mejor que él o de manera increíblemente variada, han logrado retratar cómo se siente amar a alguien. Esas canciones no las escogimos para este disco [risas].


Esas canciones creo que las tengo que escribir yo. Para mí lo más cercano es “Marinera”, original mía que da fin al disco. Ahí me acerco un poco a eso. Al hecho de cómo puede uno serle infiel a alguien sin acostarse con otra persona: no dándole atención, faltándole al momento uno es infiel de cierta manera. Puedes conectar con alguien y cuando tú cortas esa conexión, puede ser increíblemente doloroso. Eso me interesa mucho más. Me gustaría profundizar en eso en el futuro: esas son las canciones que realmente conectan con la gente. Honestamente, para mí “Hallelujah” conecta con la gente por la suprema soledad que implica, por el hecho de que no te puedes conectar con alguien. Es la añoranza por conectar, pero no llegas. A veces llegamos y luego se corta. Y es como si no hubieras llegado, porque tienes que abandonar lo que sentiste por alguien y tienes que abandonar el hecho de haber conectado. Perder eso es a veces hasta peor que no haberlo tenido. Creo que si hay algún tipo de servicio del artista es el de conectar con la gente y creo que las canciones de amor son las que más conectan. Pero en este disco no escogimos esas, escogimos todas las otras [risas]. Y eso se siente bien cantarlo porque es algo tan infantil, es como reírse un poco del punto por donde empezamos la trayectoria de amar, que es el punto más adolescente. Empezamos por el principio, que es el principio más banal, eso me da risa. Lo interesante es que, cuando uno las canta en vivo, las emociones son reales. Por más banales y mediocres que sean, las emociones son reales. Porque así nos sentimos a veces.



¿Cómo se relacionan estas canciones dentro de tu historia familiar? Hablábamos de la memoria y este es un disco relacionado directamente con una experiencia de regreso a Puerto Rico que te tocó todas las fibras.


Definitivamente. Yo he vivido más de 25 años en Bélgica, me fui a los 18, y cuando regresé a Puerto Rico hace como cinco o seis años a estar con mi papá que tenía Alzheimer. Estuve como cuatro meses ahí. Y te puedo decir una cosa: yo tengo 43 y lo que se despierta en uno es como un experimento. Tengo muchos amigos que han vivido toda su vida en Puerto Rico. Yo soy lo que pasa cuando tú te vas y, ¿qué les pasa a los puertorriqueños? Pasa que se duermen y no se dan cuenta que se duermen. Hay unas capas, nada más por lo visual, por la temperatura del norte de Europa, por las costumbres, lo que va pasando es que van descendiendo estas capas, te van aplastando un poquito, y se va durmiendo lo de las raíces de uno. No es algo doloroso. Es algo de lo que no te das cuenta, año tras año. Realmente no soy muy nostálgico, no me hacen falta las cosas, no tengo esa química en el cerebro. Me fui y me gustaba estar con gente que no fuera latina. Empecé con la de música cantando en inglés. Pero lo que me pasó cuando volví a Puerto Rico y me quedé más de dos o tres semanas que es lo que pasa cuando uno va de vacaciones, después del primer mes, hablando con los amigos, estando en la calle, me despertó el monstruo. No se puede dormir otra vez.


Por eso me estoy mudando a España, porque es lo más cercano en Europa a mi visión romántica de donde yo vengo. Lo interesante es que el lenguaje, el humor y el cuerpo están tan atados que cuando eso no está ahí te conviertes en otra persona, desarrollas otra identidad como el extranjero. Eso me funcionó muy bien hasta el momento en el que tuve el contacto con Puerto Rico y me di cuenta de que nunca, nunca, nunca voy a estar conectado conmigo mismo que como lo estoy cuando estoy en Puerto Rico. Es increíble. Te conviertes en otra persona. Es bastante doloroso porque no me lo puedo apagar y tampoco puedo vivir en Puerto Rico porque con lo de la música y lo de mi trabajo tengo que estar en Europa. Ese dolor que tiene la gente cuando se va yo no lo sentí cuando me fui, lo sentí ahora después de volver. Todo esto combinado con el hecho de que mi papá fue el que me enseñó a tocar guitarra, me enseñó todo lo que conozco sobre hacer canciones (The Beatles, Paul Simon, mucho jazz, The Police), pero también la música latina que le encantaba. Muchas canciones que están en el disco, que son canciones que mucha gente conoce, son canciones que a mi papá lo volvían loco. Era loco por todo lo excéntrico de Cuba, Puerto Rico y Latinoamérica. Me críe con eso directamente de haber estado escuchando esas canciones en casa y hacer este disco, te voy a ser súper honesto, a mí no me ayudó a lidiar con la pérdida de mi papá.


Me encantaría decir que fue como una terapia para conectarme más con él. Pero estaría mintiendo. La gente que conoce el Alzheimer, que conoce la muerte de un padre o de alguien cercano con esta enfermedad, no hay nada que realmente te ayude. Para mí no funcionó como terapia. Tenía que hacer algo con toda esa energía de pérdida y la metí de lleno en el disco. Pero se queda eso como una herida abierta que nunca cerró. Mi papá y yo teníamos una muy buena relación y le encantaba verme tocar en vivo. Así que cuando estoy tocando en vivo ahora es cuando siento que quizás empiezo a hacer la terapia en el sentido de que a él le hubiera encantado verme tocar esas canciones. Él no llegó a escuchar el disco. Lo utilizo como una razón para irme a tocar por el mundo e imaginarme que él lo está viendo a veces, pero sucede todo desde el vacío. Hay mucho vacío en ese disco. Ahí hay algo que no se arregla. Pero él tenía mucho sentido del humor y creo que lo disfrutaría.


Para cerrar, hablando de la “identidad latina” recuperada desde la diáspora, ¿cómo sientes que tu música está hablando desde Puerto Rico o dialoga desde el otro lado del océano con la isla? Es decir, ¿estás parado en la isla o estás mirando a la isla?


Hermano, esa es una manera chévere de decirlo porque creo que es más la segunda. Pero realmente son las dos porque soy de ahí y lo que tengo lo tengo en el código, lo llevo por dentro y soy de ahí. Pero, es raro, cuando le mando estas canciones a mis amigos de Puerto Rico la reacción de ellos al oírme cantar con el dialecto me dicen “¿De veldad vas a hacer eso, cabrón? Tienes que pronunciar un poquito mejor”. ¿Por qué carajos, si nosotros nunca pronunciamos la r? En ese sentido, es como si todavía estuviera en la isla porque yo canto como hablo. Pero he notado que los únicos que hacen eso vienen del género urbano, pero lo hacen con el reguetón, no con las canciones clásicas. Hay ese desespero por hablar correctamente, pero nosotros no hablamos así. En ese sentido, siento que estoy en Puerto Rico.





Pero, más allá de eso, tengo esta perversión por enseñar que nosotros los latinos somos de ahí y somos lo que la mayoría de la gente piensa de nosotros. Pero, en la mayoría somos algo que no puedes encasillar. Me gustaría enseñar las partes más excéntricas de nosotros porque cuando veo una película de Disney en la que muestran a la gente supuestamente latina me encabrona porque son los clichés. Es algo positivo porque les llega a los niños y tienen héroes para celebrar. Entiendo todo eso. Pero para mí no es chévere que nos reduzcan a cualquier tipo de cliché, así es que si puedo hacer cualquier cosa para darle la vuelta a eso, me siento muy bien. Porque me gusta apretar ese botón de lo inesperado. Porque todos los que hablamos en español somos diversos y múltiples, no solo de raza y género, sino en la imaginación y en la personalidad. Vale la pena seguir multiplicando la visión que tienen de nosotros. Me gustaría retar esa noción de la música latina, porque nosotros realmente nos criamos escuchando de todo y no tiene que caber en esas cajitas. Tú no tienes que pedir permiso para hacer lo que quieras en la música, ¿quién te va a decir algo? Acá esta gente no me entiende, porque los belgas no entienden lo que estoy diciendo. Entonces puedo decir lo que yo quiera. Como me dijo un amigo “Mano, si tú te hubieras quedado en Puerto Rico no habrías hecho este disco porque hubieras tenido muchas más fronteras para expresarte libremente”. Y creo que es verdad. Como me encuentro tan solo pues hago lo que yo quiera.


A mí lo que más me busca es cuando escuchas algo y sientes al ser humano en todo su apogeo. Pero también cuando muestra todo lo que no es cómodo de él. Hay que celebrarlo porque todos estamos tan solos a veces que me encanta escuchar algo que me reafirme que todos tenemos grietas. A mí me encantaría hacer eso para la gente, porque es como un servicio. Realmente todos somos un misterio y también todos tenemos luz. Si eso se puede expresar en la música, en los arreglos, en lo confrontativa que puede ser una canción, me encantaría seguir haciendo esto porque es la única manera de no sentirte tan solo.


A propósito, volvemos a Cohen: “There is a crack, a crack in everything. That's how the light gets in”.


Exactamente, brother.



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