• Ignacio Mayorga Alzate

Las “Canciones crudas” de La muchacha conforman un coro imprescindible



Isabel Ramírez Ocampo, La muchacha, es un fenómeno de la nueva trova colombiana. Con una inteligencia lírica sin par que igual y bebe de referentes claves nacionales como Edson Velandia, La muchacha logra conectar a través de su catálogo personal con una audiencia cada vez más ávida de honestidad y carácter. De la guitarra de La muchacha nacen melodías extraordinarias que no solo se resumen a la construcción melódica a partir de acordes, sino que se contraponen con una percusión creada con golpes sobre la caja de resonancia de su instrumento de madera. Las canciones de La muchacha, oriunda de Manizales, son conmovedoras hasta el llanto, creadas con una delicada factura en las que converge el discurso cotidiano con imágenes poéticas inteligentes y bellas. La muchacha es uno de los proyectos que revitaliza la tradición de cantautores en el país. Y se ha convertido en una necesidad tenerla presente, pues cada nueva entrega es un documento delicado de fiereza y emoción.


Tal es el caso de Canciones crudas, su segundo álbum de estudio de la mano de Incorrecto, que estrenó pocos días después de que nos dejara sin aliento con su presentación en la pasada edición del Festival Centro. Con una guitarra y su voz carrasposa, La muchacha sigue dando forma a un catálogo emotivo y emocionante en el que el campo, lo prosaico, la herencia y la semilla son la fuente de inspiración de una cantautora que tiene los ojos bien abiertos para ver la realidad verdadera del mundo, borrando los filtros de las redes sociales que pintan estrellas inexistentes, que llenan de corazoncitos cursis la porción ególatra de nuestro propio metro cuadrado. Con la sabiduría de una abuela que ha vivido los dolores que llegan con muchas lunas, La muchacha ha creado ocho canciones que manan vida, que recuerdan la noche de la hoguera, el canto que sanaba antes de que talásemos los bosques para robarle a la tierra analgésicos para producción en masa.


Decir que la música de La muchacha es de carácter telúrico es hilar muy poco: está allí la tierra siempre, tanto en su dimensión metafórica como en su matiz literal. No es difícil imaginar a La muchacha rasgando las cuerdas de nylon de su guitarra con las uñas sucias después de desenterrar del suelo el alimento vital. Hay un componente campesino en sus composiciones, un respeto profundo por la materialidad viva que es el prado de donde nacen árboles de frutas jugosas. No hay ingenuidad en sus canciones, sin embargo, como podrían pensar los citadinos que hoy languidecemos con la vista perpetua del hormigón al frente de nuestras ventanas desde hace casi cuarenta días. Por ello, no es una sorpresa que el álbum abra con “Que me devuelvan la tierra”, un canto de guerra que exige el respeto ecológico de nuestros recursos naturales a cargo de un gobierno que no se ensucia las manos con la tierra, pero sí con la sangre de centenares de líderes sociales cuyas voces se apagaron a fuego en la espesura de las veredas bañadas de niebla diáfana o en los pueblos polvorientos que el discurso oficial desconoce.


“El favorcito”, segundo corte del álbum, clama por el respeto de los artistas y de su oficio, en el caso particular de La muchacha lo hace retratando con una ironía mordaz las condiciones precarias con las que tienen que convivir los intérpretes, compositores y creadores de canciones. “Agüela” está dedicada a la abuela de Ramírez, quien llegó a Manizales a lomo de mula buscando mejores condiciones para su extensa descendencia. Es uno de los retratos más conmovedores del hambre, pero también un canto de agradecimiento a una mujer poderosa que tuvo que padecer en silencio el frío en los huesos, la desilusión de no poder dar a los suyos todo cuanto su amable corazón esperaba recompensarles. Es un canto por aquellos que no tienen voz y deben guardar silencio en medio de la miseria, del hambre y la desilusión. Entendemos, entonces, de dónde nace esa fiereza de La muchacha, teniendo una ascendencia tan tenaz y verraca, tan fuerte como cálida. Siguiendo las canciones aparece “La cara”, una reflexión llena de imágenes poderosas sobre la muerte y la descomposición de los cuerpos, que son apenas materia orgánica. Contrasta el mundo material (la sangre, la piel, el cuerpo) con el simbólico y tramposo del dinero y el capital. Es una delicada visión de cómo siempre estamos pagando para vivir, incluso en la muerte misma, cuando legamos nuestros huesos inermes a quienes nos suceden, los encargados de pagar por un hoyo en el suelo, por un cajón de madera, por el fuego para desaparecer lo que fuimos y convertirnos en cenizas sin sentido, en polvo ya jamás enamorado.


“Los ríos” es otra composición pastoril que propende por salvaguardar el locus amoenus de nuestro pasado campesino, realidad aún tangible para millones de colombianos que viven del cuidado de la tierra para abastecer con frutas de redondez imperfecta y hermosa las ciudades de nuestro país. La melodía delicada y repetitiva contrasta con la furia dormida de una mujer joven que ha tenido que ver, día a día, cómo nos han robado todo cuanto florecía, cómo han contaminado nuestros ríos sagrados y han prendido fuego al monte para explotarlo hasta dejarlo seco, monte de sal y yermo. Bellísima. Unos acordes lúcidos siguen para iniciar “Coplita de lluvia”, una canción de desamor y honda herida que recuerda los momentos oscuros de “Calavero”, de Velandia y la tigra. Sin embargo, tiene unas imágenes poderosas que recogen con inteligencia poética lo que se siente perder al bien querido en una traición. Mas el ánimo se eleva con “Chicles” una canción de empatía y reconocimiento al otro, dedicada a todos aquellos vendedores informales que nos salvan la vida después de una fiesta con un cigarrillo, un chicle o un minuto para llamar a nuestra persona amada. Encontrar la belleza de lo cotidiano es parte fundamental del arte poética de La muchacha, por eso “Chicles” resuena con honestidad. Cerrando el álbum está “Ranchera mariguanera”, una canción delicada dedicada a ese punto de trance y satisfacción que llega con humaredas de plantas sagradas y de poder. Es un cierre perfecto para un disco que nos lleva por varios momentos anímicos, pero que siempre nos lleva a la reflexión.


Con Canciones crudas La muchacha sigue demostrando que lo suyo es el oficio de crear himnos emocionantes y conmovedores. Hay gritos en la mitad del monte, recogimientos susurrados bajo árboles de frutas, una añoranza en medio de la metrópoli del campo que representa libertad, alegría y espiritualidad. La muchacha ha creado, de nuevo, un disco perfecto y redondo. La producción es pertinente y acertada en el sentido que respeta el color de la voz de Ramírez, sin trucar sus rugidos de fiera con tecnologías para manufactura de pop comercial. No dejen de escucharlo. Por favor.



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