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  • Foto del escritorIgnacio Mayorga Alzate

Los cinco álbumes esenciales de Andrés Calamaro


Los cinco álbumes esenciales de Andrés Calamaro

La historia musical latinoamericana y, en general, de todo el rock en castellano tiene un capítulo entero dedicada a la figura de Andrés Calamaro. Nacido hace más de seis décadas en Buenos Aires, el salmón, mote que lleva con orgullo, es una de las figuras esenciales del rock en español. Con Los Abuelos de la Nada y Los Rodríguez logró dar forma a una cantidad de canciones centrales a la educación rockera de los territorios de habla hispana, además de empezar a forjar una carrera solista inaugurada en 1984 con el injustamente subvalorado Hotel Calamaro. Desde entonces, el gaucho imbatible ha sido artífice de una plétora de canciones desperdigadas en 16 álbumes de estudio, a los que se suman siete álbumes en vivo, más de una decena de compilaciones, álbumes celebratorios y colaboraciones con artistas tan esenciales como Jaime Urrutia, Enrique Bunbury, Loquillo, C. Tangana, Ilegales, Luis Miguel, Juan Gabriel, Lila Downs, Miranda!, entre muchos más.


Este año, con motivo de su presentación en el Festival Cordillera, Andrés Calamaro regresa a nuestra geografía para un show clave como cabeza de cartel en el que presentará más de cuatro décadas de canciones, las cuales ha venido recopilando juiciosamente en cada uno de sus esfuerzos discográficos. A propósito de su regreso a la capital colombiana, presentamos algunos de los discos esenciales de la trayectoria de este salmón que ha nadado contra corriente durante toda su carrera, revolucionando el sonido de su Argentina natal e influenciando a todos los que han tomado una guitarra de palo para empezar su recorrido sobre seis cuerdas versionando “Flaca”, “Paloma”, “Media Verónica” o “Cartas sin marcar”. Aquí una selección de nuestros álbumes favoritos.


Por mirarte (1988)


No hablamos mucho del Calamaro ochentero, pero deberíamos. Es el Calamaro que se arriesgó a ser vocalista y líder, es el músico que se encuentra con su compinche guitarrero Ariel Rot, quien lo acompañaría en su aventura ibérica con Los Rodríguez, y el momento más rockero de su carrera. Por mirarte es el espacio que encontró Calamaro para adentrarse en el mundo del rock, luego dos álbumes marcados por el espíritu de pop electrónico de los ochenta. Aquí Calamaro incluso tuvo la audacia de versionar a Chuck Berry y traducirlo al castellano con una nada desdeñable interpretación de “Johnny B. Goode”, en la que el músico demuestra su amor por el rockabilly y su experticia para interpretarlo.


Por mirarte no fue un éxito de ventas, pero incluía intuiciones que luego desarrollaría con experticia Calamaro en futuras entregas: ya en “Cartas sin marcar” el salmón aunaba la idea de la suerte y el azar a las relaciones afectivas, que llevaría hasta el punto máximo en “Crímenes perfectos” con su magistral verso de “La moneda cayó por el lado de la soledad”. Es un disco en el que el músico respira más libre y se encuentra con Ariel Rot, además de invitar al legendario León en “Me olvidé de los demás” y al fallecido e ilustre Marciano Cantero de Los Enanitos Verdes en “No te bancaste”. Es un disco clave para entender al Calamaro que vendría, al que aprendimos a amar más adelante.




Nadie sale vivo de aquí (1989)


El cuarto álbum en solitario de Andrés, después de su trabajo en Hotel Calamaro (1984), Vida cruel (1985) y Por mirarte (1988), fue aclamado como la obra cumbre del argentino hasta la llegada de Alta suciedad en 1997. Esta distinción fue totalmente merecida, ya que con el respaldo de músicos como Ariel Rot (guitarra), Gringui Herrera (guitarra), Ricky González (batería), Alejandro Schanzenbach (bajo) y Jordi Polanuer (saxo) —la misma banda que grabó Por mirarte—, Andrés Calamaro se transformó en un serio compositor con un repertorio de canciones excepcionales. Este álbum marcó de alguna manera el preludio de su etapa en España con Los Rodríguez, en la Rot se convertiría en su colaborador musical más cercano.


La música fluía, franca y honesta, al mismo tiempo que desbordaba sofisticación y se manifestaba en composiciones notables como "Pasemos a otro tema", "Pero sin sangre", "Adiós, amigos, adiós", "Dos Romeos", "Vietnam" (con la colaboración de Gustavo Cerati y Fito Páez), "Con la soga al cuello" (con Vicentico como invitado), "Ni hablar" o "No me vuelvas la espalda por eso". Este disco se grabó en medio de un período complejo de la economía argentina y marcó el camino hacia su consagración total, que llegaría con su siguiente producción. Las canciones de Nadie sale vivo de aquí probaban que Calamaro era un compositor y autor formidable, profundamente humano, que entendía cómo funcionaban las interacciones entre individuos y los problemas de comunicación a los que nos enfrentamos como sociedad. Una joya poco admirada.




Alta suciedad (1997)


Después de una exitosa temporada española, Calamaro regresó al continente latinoamericano para presentar probablemente su mejor álbum, el reputado Alta suciedad. Para ello, Calamaro viajó a Nueva York para reunirse con el productor Joe Blancy, quien había asistido al también enorme Charly García. Aquí el músico se desprende de sus ropajes latinos para coquetear con un montón de referencias que terminan en el disco, desde la ranchera a la balada pop. Es, sin lugar a dudas, el álbum más cargado de sencillos exitosos, pues incluyó siete promocionales que le permitió a Calamaro esculpir una figura de mármol para posarla para siempre en el panteón del rock argentino: “Loco”, “Flaca”, “Alta suciedad”, “Crímenes perfectos”, “Media Verónica”, “Me arde” y “Donde manda marinero”. Es decir, de catorce canciones contenidas en una obra ocho segundos más larga de la hora, el salmón presentó siete como sencillos, produciendo tres videos que gozaron de rica circulación en cadenas como MTV.


Es un disco revolucionario que se apoya fuertemente en un puñado de músicos de primer nivel que fungió como acompañamiento a la poesía delirante del bonarense. La guitarra fue ejecutada por Hugh McCracken, un músico que ha compartido escenario con destacados artistas como Steely Dan, Billy Joel y Bob Dylan, y que también contribuyó al álbum Double Fantasy de John Lennon. Los impresionantes solos de guitarra fueron obra de Marc Ribot, otro virtuoso que dejó su huella en el poético álbum Rain Dogs de Tom Waits, además de haber colaborado con músicos de renombre como Elvis Costello, Caetano Veloso, Marianne Faithfull y el saxofonista John Zorn. El tercer guitarrista en este proyecto fue Eddie Martínez, un músico versátil que ha desempeñado un papel fundamental como guitarrista de sesión en grabaciones con Mick Jagger, Blondie y Robert Palmer. En cuanto a las percusiones, fueron magistralmente interpretadas por Steve Jordan, miembro de los X-Pensive Winos, la banda liderada por Keith Richards de The Rolling Stones. Alta suciedad contó con la participación de dos talentosos bajistas: Charly Dryton, conocido por su colaboración con Keith Richards, y Chuck Rainey, cuyo impresionante currículum incluye actuaciones junto a figuras legendarias como Cannonball Adderly, Janis Joplin y la inolvidable Aretha Franklin, la Reina del Soul. Además, en el álbum, se sumaron voces notables, como la de la talentosa cantante argentina Celeste Carballo, el versátil cantante y productor Palito Ortega, y el respetado ensayista español Antonio Escohotado. Nunca tan bien acompañado. Es la obra maestra de Calamaro.




Honestidad brutal (1999)


Recogiendo los restos del naufragio que fue su relación con Mónica García, la musa de sus mejores canciones que además, indirectamente, ocasionó la ruptura amistosa con Charly García, Calamaro tenía la cabeza plagada de canciones que cristalizarían por fin, para el alivio de Joe Blancy, en un álbum doble estrenado en 1999. Ad portas de un nuevo siglo, Calamaro estaba en el momento más exitoso de su carrera y también el más decadente y bohemio. Honestidad brutal se divide en dos discos que contienen 37 canciones en las que Andrés volcó su desidia y ansiedad, esa vida que empezaba a convertirse, como reza una de sus canciones, en días de “Clonazepam y circo”. Grabado en tres ciudades distintas, es un esfuerzo notable en el que Calamaro cristalizaba su amor, de nuevo, por Bob Dylan, construyendo su “No tan Buenos Aires” alrededor de los acordes de “Like a Rolling Stone”.


Pese al grueso número de canciones, no sobra un acorde en un disco en el que participan celebridades de la talla de Pappo y el propio Diego Maradona, quien ahora marca goles entre las nubes, bendita sea su estampa. Es un disco crudo, herido, penitente, salvaje. Ahí está “Paloma”, de la que reza la leyenda que el poeta español Benjamín Prado corrigió borracho durante una de las correrías bohemias en las que indefectiblemente terminaba el salmón, ahora convertido en un pez cuyo hábitat era el licor ambarino de caras botellas de cristal. También está esa misiva de despedida enorme que fue “Te quiero igual”, además de “Cuando te conocí” y “La parte de adelante”, quizás la única canción de amor de este puñado de casi cuarenta canciones que la cultura woke ahora quiere cancelar. A tomar por culo, diría Andrés furioso, este es su testimonio definitivo del amor fugado.




El Cantante (2004)


Quizás Joe Blancy no pudo resistir el ritmo frenético de escritura de Calamaro o simplemente el argentino necesitaba un cambio de aire pero, para su regreso en 2004 tras esa copiosa aventura de un centenar de temas que fue el álbum quíntuple de El salmón, el músico delegó las labores de producción a Javier Limón, quien había trabajado con las leyendas del flamenco Diego el Cigala y Enrique Morante. En este álbum nos encontramos con un Calamaro más sosegado, menos guitarrero, más orientado a la construcción melódica de la nostalgia que a grandes himnos de estadio. Versionando nueve composiciones del cancionero latinoamericano, entre las que se incluye el corte que bautiza el disco inmortalizado por Héctor Lavoe, pero escrito por Rubén Blades, Calamaro se mueve entre la poesía de otros como un pez en el agua.


Calamaro se enfrentó a una odisea de la que resultó airoso. Después de todo, para un ícono del rock adentrarse en las ignotas tierras de la salsa y el bolero no es tarea fácil. Y lo hace con tranquilidad. Siempre honesto, no ya brutal, Andrés recorre con una voz agobiada por la soledad tangos como “Volver”, “Malena” o “Sus ojos se cerraron”, además de la canción titular y “El arriero” de Atahualpa Yupanki. En medio de todo, el música ofrenda tres perlas de su cosecha que se han convertido en clásicos por mérito propio: la dolorosa “Estadio Azteca”, la nostálgica reflexión de “La libertad” y el poema de desamor de “Las oportunidades”. En la piel de otros, el salmón también podía encontrarse.





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