• Ignacio Mayorga Alzate

Los Cotopla Boyz no vienen a salvar la cumbia, pero todo lo que hacen está bien


Comencemos por una obviedad: la cumbia no necesita ser salvada. Que el centro del país la crea muerta y reservada para espacios de culto bailador como matik matik no quiere decir que la cumbia esté agonizando ni que los Cotopla Boyz son los encargados de salvar una tradición que está en peligro. A ver si dejamos de mirarnos el ombligo y volvemos la mirada sobre todo el resto del país, que no se acaba en las fronteras de los 1,775 km² de la capital. Dicho esto, Mamarron vol. 1 de Los Cotopla Boyz es un esfuerzo consciente por revitalizar, no rescatar, y redescubrir las bases de un ritmo que durante décadas ha sido uno de los tesoros patrimoniales del país. En el ejercicio de hacerlo, la banda ha creado uno de los trabajos más redondos y emocionantes de meses recientes, un documento de aguante y valor que podría convertirse fácilmente en nuestro disco favorito del año. Si los rolos no sabemos bailar, estos cuatro súper héroes igual y nos dan una base musical explosiva para que aplaudamos sonrientes, un dos, un dos.


Conformada por Andrea Hoyos (Kbellos de ángel), Sebastián Portilla (El raspafiestas del amor), David Sánchez (Davinson Sánchez) y Edgar Marún (EdgaJosé), la banda ha montado en su corto vuelo algunas bacanales explosivas en las que su actuación en vivo sobresale por la dinámica enérgica que aporta cada una de sus partes. Siempre emocionantes y radicales al combinar algunos de los ritmos más insignes del continente como la cumbia y la champeta en una propuesta sin par en el panorama colombiano, los Cotopla Boyz no se conforman con una interpretación virtuosa, sino que tienen la posibilidad de convertir cualquier anodina reunión en una poderosa celebración independiente. A su lado, el amanecer no es excusa para dejar de bailar. Con Mamarron vol. 1, un esfuerzo de siete cortes, la banda presenta su primer álbum de estudio, una fuerza vital que nos lleva por la noche bogotana en un tren cumbiero que no piensa detenerse en ninguna estación.


El álbum abre con “Plankton (Abanico Sanyo)”, una composición de cumbia introspectiva que sirve para presentar a la orquesta que, minutos después, podrá a bailar a todos los escuchas con sus cortes más rápidos. Sin embargo, el trabajo de guitarra de Sánchez presenta unos punteos altaneros que construyen una atmósfera introspectiva para luego dar rienda suelta a la locura sobre las teclas de Hoyos. Al final, resulta en una suerte de recorrido por la Amazonía colombiana, luego de haber comulgado con las plantas sagradas de los pueblos originarios, o de haber lamido un sapo de colores vivaces. Cada quien con sus maneras. Así mismo, la canción presenta un homenaje a “El abanico Sanyo”, composición avezada de Luis Enrique Mejía Godoy que celebra la pertinencia del electrodoméstico para varias actividades. Seguidamente llega “El peruanito”, cumbia de influencia peruana y esquizoide en la que los acordes se repiten hasta precipitar un clímax alocado y explosivo. El trabajo en el piano es sobresaliente: una economía de recursos musicales que construye un motivo reiterativo y maníaco, acompasado por la percusión siempre pertinente de Sebastián Portilla, baterista polifacético de varios proyectos colombianos. El cierre de la canción presupone la descarga cumbiera que llegará inmediatamente.


“Dame tu Wasap” encuentra a Portilla estrenándose como cantante, mientras narra entre alaridos una desafortunada historia de copas que devino en un romance fallido. Con el apoyo de Ana de Romero de Palo e’ Corozo y Andrea González en los coros, este sencillo estrenado en abril es un capítulo vergonzoso de la vida de Portilla, que rápidamente fue aprovechado por la banda para construir un relato entretenido y dinámico que resulta hilarante. “N’sync”, siguiente corte del álbum, podría pensarse como una suerte de continuación del relato anterior, en el que el hombre que se equivocó con su prospecto de pareja intenta, a toda costa, recuperar el contacto con ella a través del celular. El carácter de este sencillo es más introspectivo, permitiendo que los bajos respiren sobre una mezcla pulida con influencia del sonido peruano y ecuatoriano. Hoyos da rienda suelta a su imaginación, versionando libremente motivos musicales por todos conocidos. Portilla como cantante es ideal para estas historias: su carisma es sobresaliente y pertinente para estas reflexiones bufas. “Tren de cotopla” recoge grabaciones de sonidos de picó y cumbias espaciales para crear un motivo espaciado para el baile pegadito. Con sonidos de otro planeta, estamos ya inmersos en el Planeta Cotopla, en el que está prohibido quedarse quieto.


“Me malviajé con las ganlletas”, fue el primer sencillo que conocimos de la banda, una suerte de champeta psicodélica y progresiva que nos lleva por un viaje extremo y delirante en más de seis minutos de exploración sónica. Este sencillo se ha configurado como uno de los momentos más audaces y explosivos de su actuación en vivo, que es siempre emocionante y radical, al combinar algunos de los ritmos más insignes del continente como la cumbia y la champeta en una propuesta sin par en el panorama colombiano. La canción explora una experiencia traumática por parte de Hoyos, quien no se equivocaba al pronosticar que este gobierno a cargo de Duque sería una porquería. Véannos. Cerrando el álbum, apropiadamente, llega “Raspafiestas”, como una suerte de promesa de que la fiesta continuará una vez se haya acabado Mamarron vol. 1. Este sencillo, segundo que conocimos del álbum, resulta en una suerte de ethos de la vida, que invita a no perder el rumbo de la fiesta y seguir de remate hasta el amanecer. Con guitarras a la manera de la chicha peruana, este es su esfuerzo musical más denso y robusto, un viaje por varios momentos de la noche que se nos va de las manos.


Mamarron vol. 1 es un documento implacable de resistencia y creatividad. Los miembros de Los Cotopla Boyz sobresalen por su inteligencia compositiva y performativa, pero también por el carisma de sus personalidades y la posibilidad de generar empatía con sus historias. Es un álbum explosivo y sobresaliente: animado y de una cotidianidad reflexiva, plantea una suerte de etnografía de la movida alternativa bogotana, retratando a sus participantes en canciones coloridas y divertidas. No hay que pensar mucho las canciones, pues no son sesudas ni plenas en metáforas complejas que muchas veces devienen en retórica narcisista y vacía, sino más bien vivenciales y extrapolables al contexto urbano de todos en sus veinte o treinta. Es un álbum explosivo y necesario. Prendan el abanico Sanyo, que esta vaina se compone.




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