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  • Foto del escritorIgnacio Mayorga Alzate

Los sueños de Pálido adiós




Nuestra cultura utiliza la palabra sueño en dos acepciones. La primera se refiere a las imágenes y fantasías que nos visitan cuando dormimos. La segunda se refiere a los deseos que nos obsesionan cuando estamos despiertos. Cantos para entrar en un sueño a cualquier hora del día, el álbum debut de Pálido adiós, parece querer con ambas definiciones en simultáneo, construyendo una colección de siete canciones que orbitan en torno a experiencias muy reales, fìsicas, con instrumentaciones cargadas de elementos hipnóticos y fantasiosos que hacen de la experiencia de escucha del álbum una de las más satisfactorias para quien se da el permiso de escuchar atentamente. 


María Paula Vásquez Sepúlveda, la voz detrás de Pálido adiós, fue una niña solitaria. En su hogar, la distancia generacional que tenía con sus hermanos mayores le permitió conocer los dones del silencio, la observación y las meditaciones. “Siempre me encerraba a cantar en mi cuarto”, recuerda María Paula. “Cantaba sobre cosas que veía en las noticias o todos los días. Era como un juego para mí y eso fue como calando. Como si la música lo fuera todo. La compositora había experimentado una formación musical temprana cuando empezó a tocar el violín, motivada por el deseo de emular a su hermano, quien también es compositor y toca la guitarra clásica. Por ello, a la hora de decidirse por un futuro profesional, se decantó inmediatamente por la música, que es también su más longeva compañera de vida. “Me sirve para transformar emociones, para lidiar con la vida. La música es un acompañamiento. Aunque una no es muy consciente de eso, es la función que tiene”, reflexiona. 


Pero, además de la delicada factura de cada uno de sus temas, las canciones de Pálido adiós se caracterizan por la exploración de una fértil veta poética, una serie de reflexiones que adorna con bellas palabras que versan sobre el sueño, la muerte, el deseo, el tiempo y la tierra. “Lo que pasa con la voz es que es el único instrumento que tiene el don de la palabra y eso para mí es mágico”, explica sobre su relación con la escritura. “En cuanto a la poesía, desde chiquita escribía mis poemas. Es algo que me interesa mucho”. Por ello, su proceso natural de composición nace primero de la palabra. “Sl componer siempre empiezo por el texto, siempre empiezo por las letras. Yo sé que hay mucha gente que compone música y letras juntas. Yo no puedo”, confiesa. 





Las zafras, investigación y celebración del canto


Cantos para entrar a un sueño a cualquier hora del día bebe de varias influencias estéticas. En primera instancia, María Paula estudió canto jazz durante la universidad, por lo que inevitablemente algunas de estas influencias terminan calando en el álbum, además de que varias canciones nacieron de su experiencia académica como ejercicios que sirvieron como primer punto de partida. Sin embargo, es interesante descubrir que gran parte del álbum está influenciada por la fuerza ancestral de las zafras del departamento del Bolívar y Córdoba, música que la bogotana descubrió por casualidad y que se convirtió en una reflexión sobre el lugar del canto en su experiencia personal, pero también en un contexto social. “Estaba en la búsqueda de mi sonido, de lo que me apasionaba y empecé a estudiar sobre las zafras, cantos del Caribe, de Bolívar y de Córdoba. Son cantos a capela que no son muy conocidos. Pero son muy importantes. Me encantó”.


Las zafras nacen en un contexto rural, por ello llevan el nombre coloquial para las parcelas destinadas a la siembra. Son cantos que acompañaban a los campesinos durante sus extensas jornadas agrícolas y que servían, también para despedir a los difuntos en el momento de su entierro alumbrando a los sepultureros con dos mechones de fuego. “Empecé a componer canciones inspiradas en estos cantos. También me gustó mucho la manera de cantarlos, pues tienen unos saltos súper particulares de los que me enamoré”, explica María Paula. 


“No soy ninguna experta. Hice una tarea de investigación propia, entonces tampoco es que lo sepa todo”, explica la compositora sobre su relación con estos cantos. “Hay zafras que de entierros, zafras lloronas, que acompañan al rito de la muerte, pero no para llorar,, sino acompañar la muerte. Pero son súper fantasiosas, porque acompañar a la muerte es el acto más fantástico de la vida.  Allá vamos todos, pero sigue siendo super misterioso”, añade sobre una investigación que hizo a través de los archivos del Banco de la República. “Generalmente son cantados por hombres a capela, pero es una sola persona quien las canta, no es algo coral y lo particular de estos cantos es que obedecen mucho al ritmo de la poesía y de las palabras. No tienen una métrica, sino que obedecen a la poética y yo me enamoré de eso: quiero hacer canciones que el ritmo y todo el sentido salga de las letras del texto”. 


“Me enamoré de las zafras también por sus letras. Me puse a reflexionar sobre temas que ya seguramente estaban ahí adentro mío, que me llamaban un montón: la muerte, los sueños, las emociones y yo al. Siento que el disco es una oda al canto también”, explica María Paula. Y es que entre la vertiginosa fusión de géneros, la compositora rescata el poder contemplativo de su propia voz para convertirlo en un instrumento que muta, se multiplica, se convierte en eco o susurro en función de la naturaleza del poema. Son canciones que nacen de un sonido melancólico y emocionante que ayudó a construir el músico Andrés Gualdrón en parte de la producción, pero mediado por el carácter meditativo y ensoñador del sonido que le interesaba a María Paula construir en su primer disco. 





Lo onírico y las fantasías del día a día


Desde que André Breton dirigió el movimiento surrealista, el peso de los sueños en Occidente ha tenido una importancia significativa. Ya Freud había desarrollado sus primeras teorías sobre la manera en la que estas imágenes proyectadas en nuestra mente durante el descanso estaban profundamente influenciadas por nuestro inconsciente. Así, el adjetivo onírico se ha convertido en una descripción manida, superflua, a fuerza de ser abusada en medio de la pereza discursiva de la crítica musical y cultural. Ahora, cualquier diseño de un sonido atmosférico es mentado como parte de un intento de mímesis sonora del misterioso mundo de los sueños. A pesar de todo, no hay un adjetivo que mejor calce al sonido de Cantos para entrar a un sueño a cualquier hora del día. 


“Creo que lo onírico está más en ese juego entre lo que es real y no”, explica la música sobre este apelativo. “Como cuando estás contando una historia y de pronto se difumina y se convierte en muchas cosas. Siento que eso igual hace parte de lo que son los cuentos colombianos. Esta comparación entre la muerte y el sueño, está súper clara”. Así las cosas, este idea recuerda ciertos cuentos tempranos de nuestro Nobel, como “Amargura para tres sonámbulos”, “Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles”, “Alguien desordena estas rosas” y el propio “Ojos de perro azul” que nombra la antología en la que están comprendidos todos estos relatos. “Es súper linda la relación de la tierra, la muerte y los sueños porque siento que se ve mucho como en mis letras. Mis letras tampoco son como súper narrativas, sino que son más una sensación, una emoción. Es más la sensación como en un sueño, o sea, que se difumina en el tiempo. Son ocho minutos de escuchar mi voz grabándose, re-grabándose y difuminándose en reverberaciones. Cada que recuerdas algo de un sueño, lo recuerdas más borroso y difuminado. Menos exacto. Es un juego también  con la memoria. 



El juego creativo, el rompimiento de las formas


No todos los sueños son iguales y así funcionan también las canciones de Pálido adiós, que no pueden encasillarse en una única forma. “A mí me gusta mucho jugar, no me gusta definirme dentro de ningún género y siento que eso es súper evidente en el disco porque todas las canciones son diferentes. Pero mis canciones siempre empiezan desde el canto. Entonces tengo mi poema y empiezo a improvisar, a cantar, me grabo hasta que encuentro una melodía que me gusta y de ahí empiezo a construir un discurso, a crear las sonoridades”, explica la compositora sobre cómo nacen sus canciones. Si en su primera infancia el canto era una suerte de divertimento para dar cuenta inocente de su cotidianidad, su relación con esta forma de expresión no ha mutado mucho. Se ha sofisticado, sí, pero sigue siendo un juego para la autora.


“En cuanto a los ritmos ahí sí me ayudó un montón Andrés Gualdrón, co-productor del álbum. Pues porque justamente por eso lo llamé”, recuerda sobre el proceso final del disco. Le decía ‘quiero en este tema una atmósfera de calma. Quiero una batería Drum and bass, pero hecha con puros sonidos de glitch’. Él me ayudó mucho a construir esa parte rítmica. Siempre es como una exploración y un juego, las canciones son diferentes y no estoy pensando en ‘hoy quiero sonar como tal cosa o tal otra’. Es más por donde me va llevando la misma canción”, explica sobre la aventura creativa y compositiva de su álbum. “Lo busqué porque es un gran amigo y también porque siento que tenemos muchas cosas estéticas. Siempre hubo un consenso, pero sabiendo que eran mis canciones”. 


Adicionalmente, existe también un juego traído de las formas del jazz para montar sus canciones en vivo, pues el proyecto es solista. Así, confiando en un equipo de músicos que ha reunido, María Paula comparte sus canciones y se divierte con sus amigos para ver cómo traducirlas a la experiencia del concierto. “Llega un punto en los ensayos que les preguntó cómo solucionarían algo o qué improvisarían sobre la melodía. Me interesa tocar con gente a la que le gusta la música, que no esté ahí haciendo la tarea o trabajando, sino que esté ahí de manera total”. 


El ejercicio de Pálido adiós es el de conectar íntegramente con su sensibilidad, unos ejercicios introspectivos que la han acompañado desde niña y que se han convertido en su principal instrumento para enfrentarse al mundo. Jugando sobre la partitura, el proyecto logra construir un paisaje sorpresivo y elocuente en el que se desdibujan las fronteras de la vigía y el sueño, de la fantasía y lo concreto. Pálido adiós es un proyecto creado con minucia de relojero, aunque su cantante intente escapar del yugo del tiempo, para compartir una serie de imágenes de una belleza poética estremecedora. Es una invitación a cerrar los ojos para encontrar los otros colores del mundo.



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