• Ignacio Mayorga Alzate

Pablo Trujillo abraza su ser eléctrico en “Tiempo calavera”, su último álbum de estudio


Pablo Trujillo es un músico colombiano formado en Buenos Aires que lleva más de una década produciendo canciones. El artista nacional se ha fraguado un camino desde la independencia permitiéndose experimentar con una plétora de sonidos que van desde el folk de cantautor hasta coqueteos con el trap y otras modulaciones digitales. Este año, sin embargo, el capitalino ha producido su álbum más electrónico a la fecha, un esfuerzo de diez cortes con aires retros y sintetizadores juguetones que encuentra a Pablo Trujillo en su lugar más cómodo: jugando y experimentando con sonidos novedosos para su propuesta y con aires fiesteros que nunca había abordado en su larga trayectoria. Tiempo calavera es una reflexión sobre el valor del tiempo, el lugar de los ídolos del rock en la cultura, la fiesta y el romance en la era del amor líquido. Trujillo adelantó cuatro sencillos durante un proceso de varios meses y presentó el álbum, quinto de su carrera, a principios de octubre con un featuring brillante al lado de Juan Antonio Toro de Armenia. En esta nueva etapa Trujillo ha estado escudriñando el catálogo de referentes de la década de los ochenta y ha logrado construir un delicado sonido retro que es pegadizo y versátil, con sintetizadores robustos que se concatenan con su voz dulce. El resultado ha sido una serie de sencillos muy bailables que no dejan de lado la inteligencia sardónica que ha caracterizado sus lanzamientos más exitosos.


Tiempo calavera abre con “Corte superior”, corte que plantea una revisión a la veneración de las altas cortes militares, presentando personajes complejos que, vistos a profundidad, revelan un lado sensible, tierno y cursi. De esta manera, Trujillo revisa la estructura patriarcal implícita en la palabra patria y construye una crítica espinosa a los modelos de control que, sobre todo durante la pandemia, estuvieron en furor. Así mismo, “Corte superior” revisa otro tipo de mirada disciplinaria sobre los cuerpos: el chisme, el qué dirán y la falta de rigor en la construcción de juicios de valor. El sencillo encuentra a Trujillo explorando de nuevo la guitarra, llevándola a un nivel al concatenarla con su elegante mezcla de electro pop. Sin embargo, está construida desde el sintetizador y tiene un aire new wave con reminiscencias a Depeche Mode y Charly García. Es una manera elegante de introducir varios de los temas del álbum: por un lado, la deconstrucción de instituciones gubernamentales y populares y, por el otro, el sonido propio del proyecto que continúa la línea estética iniciada con Monos de 2018. Seguidamente, Trujillo plantea un feat. extraño de la mano de Gatiyo, músico under de la escena nacional, en “Un día, Sofía”. La composición corta encuentra a ambos músicos repitiendo un estribillo pegadizo con reminiscencias al nuevo indie mexicano. La guitarra de nylon aparece por única vez en esta melodía corta sobre todas las amantes que nunca fueron.


Seguidamente llega “Imagínate”, primer sencillo que Trujillo presentó durante esta nueva etapa, probablemente su canción más deliberadamente bailable y discotequera, no ya de Tiempo calavera sino de toda su carrera solista. Inspirada en el sonido de Beck, “Imagínate” presenta el sentimiento de anhelo optimista que todos sentimos a principio de la cuarentena. Coqueteando con un sonido retro, Trujillo lleva al máximo del delirio sus creaciones poéticas en una canción que explora una serie de imágenes fascinantes e irónicas. Es un ejercicio de creación libre sobresaliente en el que el músico explora todas las posibilidades de su mente inquieta con una serie de líneas divertidas y emocionantes, perfectas para la pista de baile para dentro de, ojalá, un par de meses. Así mismo, el músico no tiene miedo de jugar con su voz a través de los lenguajes digitales, manteniendo el color propio de su identidad musical, pero permitiéndose ecos emocionantes y estribillos pop en una composición que es compleja y dinámica. Estructurada de manera elegante, la canción va creciendo hacia una melodía frenética y explosiva que alcanza un punto álgido hacia el final de la composición, explotando entre capas de sonido digital retro. “Imagínate” abre de manera sopesada entre sonidos digitales y palmas divertidas, conforme la línea de los sintetizadores se concatena con una percusión seca sobre la que llueven tímidamente arpegios emocionantes. Sobre la primera estrofa el músico ha construido capas rítmicas contenidas y divertidas. Nunca Trujillo había sonado tan pop y emocionante.


Continuando con las colaboraciones, Trujillo se reencuentra en “Solo tú” con Julián Mayorga, coterráneo residente en España con el que fue compañero de piso durante sus años de estudio en la Argentina. Bajándole el ritmo a la cadencia fiestera, los dos músicos conjeturan sobre una ruptura hipotética que, de cualquier manera, ejemplifica varios momentos de sus pasados personales. Es una de las primeras canciones que escribió el bogotano en esta nueva etapa electro pop, cuando dejó un poco de lado la guitarra para empezar a componer en el teclado. Con guiños a la producción del trap en las percusiones digitales y de corte minimalista, “Solo tú” es un lamento pop cínico y adolorido. Las voces de ambos compositores juegan en su registro más dulce para cantar sus penas y congojas. Un momento de explosión eléctrica llega hacia el clímax, pues la guitarra nunca saldrá de la vida de Trujillo, para volver sobre la sombría melodía electro pop de un teclado minimalista sobre el que Mayorga juega al doo woop retro futurista. Es una colaboración bellísima que saca a ambos músicos de su zona de confort y los lleva a un lugar emocionante y prístino. Envolvente de principio a fin.


“Tiempo calavera” es un electro pop pegadizo que deja de lado la sutileza para rodar por un fango espeso que le da un diferencial de entrada con toda la música que se está haciendo en la capital. El sencillo de casi tres minutos abre con unos sintetizadores gruesos que se concatenan con programaciones más ligeras, construyéndose rápidamente sobre elegantes programaciones que, a veces, incomodan al plantear un lenguaje más sucio, un sonido al que el electro pop no suele apelar, más cercano al noise o al industrial pero que, en la voz de Trujillo, calza perfectamente con la propuesta estética del sencillo. “La manifestación requiere incomodar”, explica el músico en “Tiempo calavera”, como si explicara su propia promesa de valor, una revolución musical en cada nuevo corte. Temáticamente, “Tiempo calavera” reflexiona sobre la manera en que empleamos el tiempo día a día. En el corte, el tiempo se convierte en una divisa valiosa cuyo valor los seres humanos ignoramos. Entregar nuestro tiempo a una empresa abusadora, por una compensación mínima, abandonando a nuestra familia y amigos para conservar un trabajo que de cualquier manera no nos gusta es la definición moderna de esclavitud. En ese sentido, reflexionando en la coyuntura del COVID-19, Trujillo se pregunta por el verdadero valor de las cosas teniendo en cuenta que ahora la vida se puede evaporar con un estornudo. Aún hoy de manera literal.


“Verde oliva (hey nene)”, siguiente en el álbum, tiene una delicada guitarra acústica que se entreteje con un sintetizador espaciado que nos invita a levitar sobre las nubes del romance y el amor. Sobre una melodía evocativa, Trujillo nos muestra el lado más romántico de su intimidad y nos presenta sus juegos personales, sus apodos, sus manías y sus estrategias para sobrevivir al encierro. Un bajo elástico apoya la mezcla de manera sofisticada y es quizás uno de los momentos instrumentales más emocionantes de todo el álbum, pues plantea en su armonía descendente toda la cadencia y los ires y venires de su relación. Trujillo coquetea más que nunca con las fórmulas del indie-pop, haciendo suyo un género que alcanzó su cenit a principios del milenio y que muchos han imitado sin lograr hacer propio su sonido. Un coro femenino se mezcla con la voz meliflua del cantautor y nos acompaña en medio del destierro en nuestras cuatro paredes propias. “Verde oliva (hey nene)” es un poema rítmico sobre la mirada, sobre la sensación de contemplar el objeto amado en sus momentos más propios: cuando ríe, cuando baila, cuando duerme, cuando se atavía con sus vestidos favoritos como un guiño al romance, la intimidad y el erotismo. Trujillo es un cantautor complejo, lleno de aristas creativas: lo mismo puede burlarse del ejercicio disciplinario de los gobiernos como componer canciones de amor maravillosas e íntimas.


En “Premio” Trujillo explora su lado más minimalista y evocativo, pese a que la composición se refiera a un problema de amplia pertinencia social. La canción se refiere a la figura de la recompensa y el premio que rodea la visión capitalista, invitando al escucha a reflexionar sobre cómo estamos en un sistema en el que el goce y el disfrute hace parte de una rueda de consumo y despilfarro. Gastamos nuestro tiempo en ahorrar para el gozo y, cuando recolectamos suficiente, dejamos todo atrás para podernos escapar para un lugar que nos han dicho es el destino soñado: gastamos en tiquetes, hospedaje, masajes con aceite de coco y parrandas vallenatas, volviendo a girar la rueda del hámster con cada acción. Así, Trujillo incluye una pista de Link de Ocarina of Time de Nintendo 64 para retratar el esfuerzo y la búsqueda de la recompensa (pueden ver al icónico personaje de Nintendo en la portada del álbum). Así mismo, es una crítica a las instituciones como los premios Oscar o los Grammy, un baile de los de siempre celebrándose sin mirar hacia afuera de sus academias. El corte es marcadamente funky, poniendo a la guitarra al frente, lo que le permite a “Premio” ser una composición divertida e inadvertidamente revolucionaria. Podemos celebrar con menos, se trata de no perder el norte de lo que realmente importa.


La canción más épica del disco es “Dime tu nombre”, pues marca un desarrollo progresivo en el que, con cada línea armónica o melódica, se van sumando instrumentos y programaciones. En ella, Trujillo toma un riesgo poético, atreviéndose a utilizar un lenguaje metafórico poderoso, lo que lo lleva de vuelta a sus primeras influencias argentinas. Sin embargo, la apuesta paga, en el sentido de que la canción se convierte en una pieza poderosa, emocionante y contundente sin llegar a la marca de los tres minutos. La atmósfera inicial remite un poco a Serú Girán y, sobre todo, a Sui Generis, permitiendo que la voz vaya borrando la melodía que no desaparece, aunque se esconde entre capas de nuevos sonidos e instrumentos. Es una pieza delicada sobre la que se suman unos teclados con reminiscencias clásicas y programaciones de percusión. Es un juego armónico delicado y emotivo en el que Trujillo retrata el fin de una relación que ya ha agotado todos sus estímulos, que tiene que terminar. Empero, “Dime tu nombre” no es trágica, quizás heroica en el sentido de que reconoce que a veces es mejor soltar los pesos mutuos para que cada uno de nosotros pueda volar por cuenta propia.


Para nosotros, “Una en un millón” es la canción que mejor resume lo que pretende lograr Tiempo calavera. Para empezar, tiene muy marcado el juego con el teclado, pero recoge la guitarra para crear arpegios emocionantes que nos llevan un gozo irrepetible. Así mismo, es la última colaboración del álbum y el mejor encuentro entre dos voces dispares que se complementan armónicamente. Juan Antonio Toro de Armenia llega a su registro más bajo, mientras que Trujillo busca las notas más altas para construir un esfuerzo coral dinámico y explosivo en el que las voces se convierten en beats sobre la barra, complementándose con hi hats delicados. Trujillo había aprendido la lección del trap en el sencillo “He dejado”, puente entre el EP Monos (2018) y Tiempo calavera, utilizando oportunamente las claves de producción del género urbano para integrarlo a su nueva propuesta de electro pop. “Una en un millón” es uno de los cortes más antiguos del álbum (fue interpretada en Estéreo Picnic), lo que le ha permitido al bogotano foguearla en vivo, entendiendo qué requería y dándole el espacio para respirar libremente. Es sencillamente hermosa, heroica y plena en experimentaciones delicadas. Es una plétora de referencias que se concatenan para darle un ingrediente secreto a la mezcla, convirtiéndola en la forma perfecta para acercarse al final del disco.


Tiempo calavera cierra con “Ilusionista”, una canción con una belleza popera innegable. Aquí Trujillo encuentra los elementos mínimos para construir una pieza de delicada belleza sobre un motivo de teclados que guían la melodía y sobre los que se van sumando elementos digitales juguetones y coquetos. En el coro, la mezcla se hace más pesada y recurre a elementos del trap en los hi hats y del lado más oscuro del new wave ochentero para construir una atmósfera cargada de densidad anímica. El corte tiene una clara influencia en el piano del inicio de los cuatro de Liverpool, aunque otras influencias señalan al Miranda! de Es mentira y Sin restricciones, además de los momentos más electrónicos de Nine Inche Nails, como los EP Fixed, Not the Actual Events y Add Violence. Temáticamente “Ilusionista” cuestiona el lugar de los artistas en la cultura pop, desvirtuando el pedestal en el que consumidores los hemos erigido, mostrándonos que, al final del día, son seres humanos como nosotros. Solo que con mucho, mucho, mucho más dinero. Es un cierre pirotécnico con capas de producción que se contraponen a la esencia minimalista de la parte A del corte. “Ilusionista” estalla en el cielo con fuego y colores, dejándonos encantados y con ganas de más.


Pablo Trujillo ha construido un álbum emocionante y emotivo que no descuida la sensibilidad pop para convertir al género en un torpedo revolucionario que nos invita a reflexionar sobre nuestra vida, las cosas a las que damos valor, cómo gastamos nuestras horas contadas y la verdad de quién enarbolamos como bandera propia. Tiempo calavera es un álbum perfecto al que no le sobra un beat ni le falta un arpegio de piano. Con plena certeza es el momento más interesante del músico bogotano, aunque la senda está trazada para que siga sorprendiéndonos por años. Es muy difícil que este álbum no termine entre nuestros favoritos del año, pues su factura es precisa, elocuente y potente. Pablo Trujillo ha creado una joya de neón, un talismán fluorescente para sobreponernos a estos días raros. Es un disco que todos deberían escuchar. Y punto.