• Ignacio Mayorga Alzate

Trenes y dinosaurios. Una charla a profundidad con 107 faunos


Tenía miedo de hablar con Javier Sisti Ripoll porque a uno de los mejores letristas de la actualidad musical argentina no le puedes preguntar cualquier estupidez. Nunca descuido una entrevista, apenas y ojeo la gacetilla de prensa, pero esta vez era aún más especial a nivel personal. Desde hace mucho tiempo mis ocasos se tiñen de la música de los faunos, una de las bandas más vitales y esenciales de Laptra, porque Javier Sisti tiene la habilidad de sintetizar en imágenes mundanas todo el peso de la existencia y su sin sentido. Con casi 15 años dando bombo, la banda se ha convertido en uno de los actos alternativos más importantes de la efervescente movida cultural porteña. Tiene sentido: su música le devuelve el poncho al gaucho que medita mientras otea el horizonte, pero lo viste de los colores del pop rock contemporáneo para que ya no sienta frío en una ciudad que le es ajena.


A principios de octubre la banda presentó El ataque suave, un enigmático oxímoron que guarda una polisemia de sentidos que me ha acechado en las noches de insomnio. Es un disco con visos de pop psicodélico más evidentes que en su antecesor Madura el dulce fruto, pero también tiene una introspección crepuscular para teñir las nubes de arabescos de humo mientras la ciudad de diluye en oscuridad y frío. Hablar con una persona que admiras es muy difícil. No puedes decirle, por ejemplo, que su disco te salvó de la ansiedad post pandémica o inter pandémica en la que nos acostumbramos a temerle al calor humano. Tampoco puedes decirle, ni más faltaba, que esta o aquella canción narra tu vida y le da un sentido nuevo a esa espina que se te atracó en el pecho. Todo el buen arte tiene la obligación de arañarte las entrañas con fauces de alimaña hambrienta, de revolverte los sentidos, de obligarte a pensar más allá de tu paradigma fantástico, esas coordenadas invisibles sobre las que estructuras tu cotidianidad. Hablamos, eso sí, de la crisis de buenas letras en el pop argentino contemporáneo, de por qué hay que seguir prensando álbumes y sobre la importancia de una actitud de escucha atenta. En el medio, hablamos de fantasmas, monstruos y alimañas nocturnas y la belleza de la colilla de un cigarrillo al lado de la vía del tren. Hablamos de dinosaurios y trenes porque a Javier, como a mí, le encantan los trenes. Me hace mucha ilusión compartirles esta entrevista en el marco del lanzamiento del que, para mí, que no soy nadie, es el disco argentino del año.


Quisiera empezar hablando de la manera en la que dialoga El ataque suave con Madura el dulce fruto. Hay una correspondencia entre cortes que cambian completamente de un álbum al otro.


Cuando vimos que teníamos esa cantidad de canciones, que en un principio eran 32, pensábamos que eran demasiadas para sacarlas en un solo disco. Las veíamos de a pares, veíamos que había unas canciones que se parecían a otras. Cuando empezamos a concebirlos como dos discos, en el imaginario de la banda veíamos que una canción tenía una correspondencia con otra en el otro disco. Instalamos ese imaginario hacia dentro de la banda y creo que un poco lo seguimos viendo así todavía. Esa correspondencia por ahí en la mezcla final de las canciones hoy en día no es tan evidente o es un poco forzada o directamente es algo que imaginamos. Dentro de lo que es el pop rock, la paleta es variada, no es tan homogéneo lo que sucede en todas las canciones. Aunque sí hay correspondencia, por ejemplo, entre “El ataque suave” y “Lunas de enero” o entre “Pterodáctilo plano” y “Besar la medallita”. O entre “El baile del fantasma” y “El baile del fantasma” que eran la misma canción, pero hecha de dos maneras diferentes, una más parecida al noise y otra más new wave.


Hablando de este diálogo entre álbumes también podríamos hablar de transiciones y transformaciones. ¿Cómo se planteó la banda el sonido de El ataque suave con relación a Madura el dulce fruto? ¿Cómo entienden ustedes esta idea extraña de la que habla la crítica? Personalmente, pienso en transiciones o mutaciones. No creo que algo sea mejor necesariamente que el producto inmediatamente anterior, pero sí siento que El ataque suave tiene un sonido más pop y psicodélico.


Yo también estoy en contra de aplicar ese darwinismo, esa teoría de la evolución a la música. Me parece que es un poco perezoso hablar de una evolución cuando se podría hablar simplemente de una transformación. También podríamos hablar de involuciones. Es normal en las bandas, y por eso se habla de evolución, que el sonido se vaya transformando hacia algo cada vez más prolijo o cada vez más estandarizado, depende de cómo lo veas. En este caso tuvo que ver mucho con el tiempo que nos dio la pandemia, los seis meses adicionales que nos dio la pandemia para hacer muchas mezclas de cada tema. Tengo acá una colección de remezclas de cada canción, seis o siete de cada tema. Trabajamos mucho las mezclas y eso se traduce tal vez en un sonido más cristalino, con terminaciones más prolijas en determinadas frecuencias. Creo que Madura el dulce fruto es un poco más rockero, más crudo, tampoco muy crudo, pero este suena más cristalino, más diáfano. Como vos decías. Hay un periodista que me pregunta cómo es la evolución y yo le digo que en realidad hacemos lo mismo, cada vez mejor. O hacemos lo mismo, pero cada vez es más escuchable para los estándares de la industria [risas]. Si vamos a hablar de evolución, hoy en día hay muchos menos prejuicios a la hora de escuchar música y el primer disco que sacamos, que en el momento podría parecer algo trasnochado y demencial, hoy en día suena como algo lo-fi de la época. Creo que hay una amplitud más grande de criterios a la hora de escuchar música.




En este disco empezaron a trabajar muy pronto luego del antecesor, ya me explicaste un poco por qué, pero quisiera saber, ¿cómo es la dinámica de 107 Faunos en estudio? ¿Cómo se van orquestando las canciones?


Suceden dos cosas. Las que salen en la sala de ensayo: vamos por determinada tonalidad y sale un riff o algo, o se suman diferentes riffs e ideas que tiene cada uno y ahí siempre hay un cuadernito para tirar una frase y convertir la melodía y darle más forma de canción. Y, la otra manera que usamos mucho para trabajar en este disco, es que yo hacía en mis canciones una pequeña maqueta con el Ableton Live, pero no toda la canción, un pedacito, y decía esta es la dinámica. Eso lo mandaba en la semana y después cuando nos veíamos cada uno tenía la idea de cómo era la canción, pero nunca mandaba la canción cerrada porque no me gusta esa manera de trabajar. Una persona que lleva una canción cerrada y listo no es como trabajamos. “El baile del fantasma” de Madura el dulce fruto, la que abre el disco, la compusimos en un ensayo y es muy difícil de hacer en solitario. Es casi imposible. Hubo también en tres o cuatro canciones, trabajamos en dupla compositiva Juan y yo o Félix, que es mi hermano, y yo también. Hubo más de esa dinámica grupal que se había perdido mucho en Los últimos días del tren fantasma y nos costó recuperar. Hubo también un cambio de formación en la banda y quedó esta dinámica mucho más cómoda.





Hablemos del situacionismo, de Guy Debord, la psicogeografía y la deriva. Siento que hay una relación muy fuerte entre la ciudad como protagonista y las voces que se enuncian en El ataque suave.


En El ataque suave recuperé muchos papeles y muchas cosas por las que en mi adolescencia había desarrollado una fascinación. Con Guy Debord y los situacionistas, además de con la Internacional Letrista, todo a partir del libro Rastros de carmín de Greil Marcus que lo leí de muy joven y me marcó para siempre. Con mi hermano Félix nos hicimos medio fans del situacionismo. Con relación a la deriva, hubo una época antes de que existiera Google Maps y todo estuviera geo referenciado y que tuviéramos en tiempo real nuestros movimientos, de que llevásemos el pulso en los teléfonos celulares, hubo una época en la que salías por La Plata y no sabías qué te ibas a encontrar. Tiene mucho de esa deriva. En “Besar la medallita” está un poco eso y en todo lo demás estuve pensando mucho en eso. Parte del material gráfico paralelo que publicamos junto al disco que está en Instagram o en un fanzine que hizo Primavera Label, tiene un mapa de una deriva mía del año 2000 sobre un mapa de La Plata con todos mis circuitos durante un mes. Igual aquí las derivas son un poco aburridas porque es una ciudad demasiado racional como para perderte. Pero es la idea un poco de perderse, sacarle un poco esa cosa teleológica y funcionalista a la música de decir “hacemos esto para ganar plata” o “hacemos esto para meter un hit y hacernos populares”. Nosotros hacemos lo que hacemos para ver qué pasa solamente, como una reacción a la industria. Creo que hay determinadas decisiones que tomamos que directamente las hacemos para ver qué pasa o para molestar. Para ver qué dicen. Es verdad que gran parte de la música que se escucha hoy en Argentina tiene una tendencia muy retrógrada. Lo que veo que escucha la juventud hoy me parece que no tiene ningún elemento disruptivo en ningún orden. Es como la música que escuchaban nuestros padres, pero ultra pasteurizada. No tiene nada, nada. Me parece un horror total. Y a mi hermano Félix, que es mucho más cabrón que yo, le parece mucho más horrorosa. Como situacionistas universitarios, 107 faunos es nuestro canto de cisne, de cisne negro, contra todo eso. Pero, concluyendo, hubo un regreso más fuerte a las épocas situacionistas de la adolescencia.


Me pareció interesante porque acabo de releer Todos los caballos del rey. Y, “Sedán discreto” tiene un poco esa crítica a las maneras de la industria. ¿No es así?


Absolutamente. Tratamos de que se filtre en todo lo que hacemos una especie de manifiesto en contra de la industria. O al menos que se comprenda que no vamos en esa dirección. O al menos que se comprenda que hay otras direcciones posibles. Es mostrar que entre la música se pueden trazar puentes con otras cosas, la psicogeografía, la literatura, la política, la sociología. Puede sonar pretencioso, pero quizás se entienda. La idea es que no sea entretenimiento.





Lo lúdico y el juego está muy presente en la propuesta de 107 faunos, casi como una práctica surrealista de susceptibilidad hacia la belleza convulsa, ésta que se manifiesta de manera espontánea. Es un ejercicio muy serio para encontrar la belleza de lo prosaico. ¿Cómo perciben estos juegos con el lenguaje (literal y escrito) en la construcción de los cortes? Siento que hay momentos de una inocencia infantil en cortes como “Cuando la fantasía se acabe”


La verdad si hay algo infantil en lo que hacemos es que yo no tengo una formación musical muy amplia, soy autodidacta cien por ciento, para mí parte de la gracia de hacer música es no saber hacer música, es jugar sin saber. Abusamos un poco del metalofon en este álbum, es un regreso a Creo que te amo, el disco de 2010, en el que también usábamos mucho metalofon. Teníamos una chica que lo tocaba muy bien en las presentaciones de ese disco. En algún momento, no sé por qué, compramos uno y había un señor que los hacía y era muy lindo. De repente lo quieres poner en todos lados. Es una canción bastante oscura a nivel temático, la progresión armónica está llena de acordes menores, medio oscuro y lo que dice la letra es bastante desolador. Pero nos gustaba hacer esa bajada de la guitarra con el metalofon para romper un poco ese clima de solemnidad porque también lo que es demasiado oscuro y solemne no nos llama. Está bueno buscar el contraste. Hoy, si me lo preguntas, no estoy seguro si lo volvería a hacer, pero ya lo hicimos y en su momento fue divertido tocarlo y es mi canción favorita del disco, así que no me importa más nada. Hay algunos contrastes entre elementos más asociados a cierta cosa lúdica o cosas más fantasiosas del plano de lo brillante y lo soleado y hay cosas más oscuras que tienen que ver con la duda y con lo existencial. Es contemplar el sinsentido absoluto de la existencia desde una canción. Si vamos a hablar de eso, que al menos haya unos sonidos brillantes para que presten atención. Está bueno, llama la atención.


También hay una construcción de collage en las letras del disco, de citas prestadas de otros autores.


Sí. Hay bastantes. Todo es prestado [risas]. Es una resignificación, la intertextualidad. Encontrar citas en la música es el juego. Me parece que por ahí va la cosa. Si hay algo de erudición en un género tan popular y, digamos, tan pedestre como el rock hoy en día, es justamente ponerle un poco de intertextualidad y jugar con otros lenguajes y otras disciplinas, teniendo en cuenta todas las herramientas que tenemos hoy en día. Se puede poner en juego el contenido de las canciones y de la música y eso que abordaste desde algún lugar con algún posteo de Instagram en el que das alguna pista. Estás un poco en esa cosa de los retos de quién adivina qué hay acá. Es un poco eso sin ser explícitos, aunque a veces lo hacemos un poco a ver si la gente adivina y juega. Creo que el próximo disco viene por ahí más todavía.


Bonito eso del ejercicio de convertir las redes en otro juego situacionista.


Es otro desafío el de las redes, porque cuando empezamos con esto no existían las redes y ahora primero son las redes y después es todo lo otro que sale. Hay que llevarlo, pero no hay que descuidar lo que es uno. Es el ADN de uno, de lo que está compuesto uno. Eso es fundamental. En el camino de conseguir más seguidores, pegar más hits, ganar más plata no puedes olvidar quién eres. Cuando empezamos nosotros no existía el circuito de la música independiente. Estaba medio del país en ruina por la crisis económica esa, y más allá de Cromañón, no había lugares para que tocaran las bandas nuevas. Nos costó muchísimo tiempo crecer más el circuito. Y después empezaron a haber, no quiero sonar como un viejo gruñón, pero empezaron a haber bandas que llegaban al mundo con todo eso funcionando y ya armado. Entonces van al primer recital que tocan y dicen “bueno, nosotros cobramos esto”. Y yo decía “¿nosotros cobramos? Pero nosotros no hacíamos así las cosas. Nosotros construimos los cimientos de lo que hay”. Y me parece bien que quieran cobrar su dinero, pero ahora va a estar difícil.


El ataque suave está lleno de monstruos, demonios y criaturas nocturnas. Hay como una suerte de fascinación gótica por lo que debe ser mostrado y quizás por demostrar que el enemigo invisible está dentro de nosotros. Aunque el álbum empezó a trabajarse en 2019, ¿sientes que estos enemigos ocultos se resignifican a la luz de la germen-fobia de este año de mierda?


Sí, absolutamente. Está muy conectado. La banda siente en su retórica, por más que nos asocien con algo que va para arriba, que es soleado y que es alegre y que usamos cowbells y que tenemos un arengador delante de la banda, creo que todo el contenido de las letras y su retórica de la banda es de un pesimismo muy marcado. La primera gacetilla de la banda, la que está en la página de Laptra [sello de 107 faunos en Argentina], dice “dirigida por un oscuro optimismo”. Es un optimismo bastante oscuro que tiene que ver con las condiciones de producción de la música. Cuando me pongo a hacer canciones o cuando nos juntamos a hacer música o a grabar es en el atardecer. Son atardeceres de invierno. Son momentos en los que no espero lo mejor del planeta. Al contrario: me pongo introspectivo, me pongo oscuro, me agarra cierta paranoia. Fumamos marihuana y me da como esa cosa así de empujarle muchos significados a todos y creo, espero que se note, en las letras. Y estos dos últimos discos siento que tienen ese síndrome crepuscular que a mí me agarra mucho. La experiencia de estar en el estudio a mí me pone muy crepuscular y también tenemos nuestra parte veraniega, pero es en la gira, cuando ya no hay que pensar tanto y es reproducir lo que se hizo. En cierta medida, nuestras canciones sirven para estos momentos de pandemia. Pueden hacerte bajar o pueden hacerte subir, pero también te pueden hacer pensar. Eso es lo importante.





Al final, tantos días encerrado te obligan a enfrentarte contigo mismo porque no tienes nadie más con quien interactuar. Ahí es cuando te das cuenta si tu cabeza está en orden o si tienes que seguir subiendo historias de reiki y de fitness al Instagram para encontrar una suerte de validación externa.


Exacto. Tienes que estar contigo mismo y buscarle sentido a todo. Es el viejo ejercicio de la filosofía, pero aplicado al día a día, y sin ningún estímulo externo que el que nos puede dar el arte. El arte en cualquiera de sus formas. A mí me ayuda mucho leer, mirar películas, escribir y escuchar música. También, qué sé yo, una lluvia, pisar las hojas, una ducha caliente son cosas importantes en estos momentos de la vida. Nada que sea encajar. Mientras tú estés bien con la naturaleza en sus propios términos, está bien. Esa es una definición muy buena de salud.


Siento que el álbum es muy narrativo, hay una continuidad melódica entre cortes que cuentan una serie de historias conectadas. En ese sentido, hay una valoración del álbum como opus pleno. En la era del streaming digital ¿cómo ven la figura del disco, no ya físico, pero si como una suerte de texto para escuchar en un orden específico?


Nosotros concebimos los álbumes como álbumes y le damos muchísima importancia a eso, más allá de los cortes, del streaming, de todas las nuevas maneras de consumir música con el skip y el shuffle, de todas esas funciones. Es obvio, por las estadísticas que tenemos, que muy poca gente escucha discos enteros. Pero uno de los elogios que más se repitió y que más contento me puso a la hora de leerlo y de escucharlo era “al fin un disco con canciones para escuchar entero y muchas veces”. Lo pensamos como una obra completa, es verdad, para nosotros es importante y nos encanta que haya gente que se lo tome de igual manera y, si bien es importante ganar popularidad, creemos que nuestro público es el público más fiel. Que, para el género que hacemos hoy día, no es poco. El público valora y respeta y se atiena a la consigna que proponemos que es “escuchen el disco en orden, en máximo volumen y completo si se puede”. Es algo que yo hago con los discos que escucho y me parece fundamental ante la cultura del single, de sacar sencillos todo el tiempo para estar en listas de Spotify, me parece un acto de resistencia todavía. Se demoró un poco la salida del álbum en formato físico, pero en España ya sale en vinilo y acá estamos terminando el arte para hacer el casete y el CD. Ya que todos los formatos están obsoletos, pues hacemos todos. A mí me gusta mucho escuchar el vinilo. Todo el tema de sacarlo del sobre, abrir la bandeja, poner el disco, darle vuelta. Uno valora lo que está escuchando, le da otro valor, no es una cosa que sale de donde ni siquiera sabes y te va mandando cosas que sugiere un algoritmo. También es otra calidad sonora.


Además tiene ese hálito de ritual del que hablaba Byung-Chul Han en La desaparición de los rituales, te obliga a ponerte en la actitud de escuchar activamente un disco y no dejarlo de música de fondo.


Absolutamente. Ahora que consumimos todo compulsivamente, que está todo desritualizado de una manera aterradora en el ultra individualismo me parece una lectura súper válida y está bueno tomarte el tiempo de darte cuenta de que esa música que podría llegarte de la computadora en realidad ocupa un lugar en el mundo. Ocupa un lugar físico también. No la hizo un generador de onda, aunque podría hacerlo. El mainstream está siendo un generador de canciones y no nos damos cuenta. Un día estaba extremadamente sensible, estaba en una casa en la vía del tren y pasó el tren y se movió todo. Yo tenía el disco que habíamos sacado hacía poco en CD y me estaba preguntando para qué lo habíamos sacado y me dije “ese tren es tan real como este disco”. Es una pavada, pero me parece importante que esas cosas no desaparezcan, que ocupen un lugar en la casa, que haya un altar. No es un fetichismo, porque esa es una palabra negativa. Quizás que sea una adoración.



No es un fetichismo de la mercancía, porque también está todo el esnobismo del coleccionista, sino de darle un valor al artista que dedicó horas de escritura, de grabación, de ensayo. Yo sufro mucho cuando veo que los lanzamientos se pierden de una semana a otra, porque al final todo es el juego del algoritmo y de las redes. El darle un valor al disco y tenerlos es una forma de atesorar el proceso de las obras, la artesanía detrás de la canción. Tengo vinilos de mi papá de hace cincuenta años y suenan perfecto. Por tanto, es también un lazo emocional y espiritual con mis ancestros.


Me parece muy importante tener los discos que me gustan, me parece importante tenerlos porque, al comprarlo, le estás devolviendo algo a la persona que lo hizo. Prefiero comprar discos de artistas independientes, de cualquier lado, pero que sean independientes. En ese intercambio siento que es una muestra de gratitud y de amor. El tener ese objeto ahí tangible y escucharlo, la ceremonia que ello implica me parece algo inexplicable.


El ataque suave está lleno de claroscuros, “Sombras resplandecientes”, “Luz de la mañana rara”, etc. Hay resignificación positiva de la dualidad, como un contraste zen que reconoce las dos partes de la naturaleza humana. ¿Cómo ves esta figura en la poesía de 107 faunos? Es un motivo muy bello que está muy presente.


Es una figura retórica que me encanta, no puedo negarme cuando se me ocurre un oxímoron. Es como que colisionan dos conceptos y dan vida a un tercer concepto que es tácito y no tiene nombre porque estás uniendo dos opuestos. En esa serpiente mordiéndose la cola, en ese leviatán loco, me parece que sale algo que va más allá del lenguaje y es muy poderoso. “La mañana rara” es una canción muy triste que habla de una mañana muy triste que no tiene ese juego, pero, en general ya desde el nombre, El ataque suave, está planteada una cosa. Porque si es un ataque, ¿cómo va a ser suave? Es citar también una canción que me gustaba mucho, que en realidad es una canción del disco anterior que estaba robada de una canción de The Clean, “The Big Soft Punch” y también está en otras cosas como The Soft Cavalry, que es una banda, La ofensiva sensible, un libro. Está servido, todo el mundo lo va a usar.


Claro, porque la unión de dos conceptos opuestos genera un extrañamiento en todas las definiciones que damos por sentadas.


Eso me gusta. Un poco que se trascienda la dualidad para llegar a la síntesis. Y que esa síntesis no tenga palabras de este mundo. Esto es esto. Hay que no se pueden entender, hay que sentirlas. Uno cuando hace letras quiere llegar a un sentimiento. A mí me gusta presentar dos imágenes que den lugar a un sentimiento que tenga muchos significados. O unir una imagen a una sensación, cosas así. Hacer una letra de rock es algo bastante complicado. Hay muchas letras que son de relleno en la música, te das cuenta de inmediato, por eso trato de que mis canciones tengan el menos relleno posible [risas]. ¿Viste cuando te falta un verso y empiezas a buscar palabras? Es español es más complicado porque las palabras son muy largas. El rock en inglés está compuesto en su mayoría por monosílabos o bisílabos: “love”. Nosotros que hablamos un español italianizado tenemos una manera de escribir distinta y es muy complicado meter una palabra esdrújula o de ocho sílabas en una canción. Por eso me gusta decir “soy un pterodáctilo todo aplanado”. Ahí convertiste dos palabras larguísimas en muchas sílabas que pierden el sentido. La imagen no va a ningún lado o va a todos. Y lo peor es que no sé por qué dije eso, dije eso porque me salió y chao. Y a la banda le pregunté “¿cambio esta parte? Porque la dije por un impulso”. No, que quede el impulso. Siempre tratamos de que quede el impulso.


Es tremendo eso porque habla de un quehacer poético que no le importa el entretenimiento. La poesía en castellano tiene toda esta cuestión de la palabra justa, del adjetivo que no mate. Lo pedestre es una reflexión tremendamente elocuente sobre la cotidianidad en El ataque suave. No son los grandes temas, no es el amor supremo, no es la pasión desmedida. Se aleja de la fórmula. Nos hemos olvidado de los días de mierda en los que no tienes un pucho y un café y que la ciudad está fría. El mundo está hecho de esos momentos más que de los momentos épicos y por eso encuentro muy rico el ejercicio de creación lírica de este álbum por eso mismo.


Gracias, sí. La manera que tengo de hacer la canción que tengo es construirla con pedacitos sensaciones e imágenes. Hay una frase muy famosa que conocí por una canción de Television Personalities que dice “stop and smell the roses” y yo diría “pará y mirá lo que hay al lado de la vía, la colilla al lado de la basura”. Es igual de importante. Hay cosas que no son rosas, pero son parte de la vida y hay que darles importancia a todas. También hay otra cosa: toda la música pop está construida en torno a la segunda persona romántica, la chica o el chico que se fue y que no me llamó, qué sé yo. Mis canciones no tienen eso. Por ahí puede estar, pero está en cuarto plano. Mis canciones hablan de otras cosas. Todos sabemos lo intenso que es el amor, pero no quiero escuchar otra canción que hable de eso. Porque no es para tanto, al final. Ves un montón de películas, escuchas un montón de canciones y después, cuando te tiene que llegar el amor, dices “¿era esto? Nooooo. Me quedo con la película y la canción” y me quedo con otra canción. Con otra que hable de otra cosa. El amor es un invento de las películas. Hay una canción de Robyn Hitchcok que dice “I often dream of trains when I’m alone” y habla de todas las situaciones del día en las que piensa en trenes. Y me parece fascinante que piense en trenes. Me encantan los trenes, y los aviones también y los dinosaurios. Ese es mi humilde aporte a todas las canciones de amor.