• Ignacio Mayorga Alzate

Volcán es magma y fuego en su segundo álbum, “Todo se quema”



Volcán salió al a la luz pública en 2019 con el lanzamiento de Grandes éxitos, volumen 2, un álbum cargado de energía rockera y sofisticación instrumental. Sin embargo, los miembros de la banda son parte de la movida paisa desde hace tiempo. Árbol de ojos, Código rojo, El nuevo coyote, Inwaves y Mowa marcaron cada uno las bases de un sonido dinámico cargado de experimentación influenciado por el sonido de la década de los setenta y los ochenta, con tintes de rock contemporáneo, convirtiendo a esta fuerza telúrica en una de las propuestas más frescas de la escena de Colombia. Con su primer álbum la banda paisa se fue abriendo un espacio en el amplio horizonte del indie nacional, presentando una propuesta de valor emocionante y enérgica que los llevó a varios escenarios importantes en la movida cultural de nuestro país. En 2020 la banda contraatacó con su segundo álbum Todo se quema, en el que su sonido toma una identidad más definida y sus intuiciones musicales empiezan a pagar en una estética explosiva y emocionante.


El álbum, que llegó en el último mes del pandémico lustro, abre con “Cañón”, una composición de melodías delicadas que canaliza algunos de los elementos de sus influencias punk en las voces secundarias que se adivinan a través de la mezcla. El primer corte del disco tiene unas guitarras inaugurales de lentos arpegios, a lo dream pop, que luego sobre la marcha de batería empiezan a tomar la forma del post punk revival neoyorquino, sumando sucios riffs. Es una melodía brillante que se refiere a las luchas personales de un individuo en una relación masoquista. Es una exhortación a la pareja para que nos destruya en un afán nihilista para sentir algo, para poder darle sentido a esta existencia monótona. La canción va creciendo en capas mientras alcanza un momento de épica autodestructiva, sumando voces y alaridos al fondo, a la manera del hardcore de principios del milenio, para luego desvanecerse en el éter.


Seguidamente, aparece “La sombra”, uno de los primeros sencillos que aparecieron de Todo se quema. Es una canción cargada de emociones y energía a nivel instrumental que describe la sensación de tener a alguien deseándonos mal. El corte enuncia varias preguntas y describe al ente oscuro que le da su nombre, una sombra que se cierne sobre nuestros corazones. La canción comienza y termina con iluminación propia, pero es en el medio que vemos la oscuridad, permitiendo el desenlace a partir de la liberación y la luz. La canción abre con unas guitarras poderosas y afiladas llenas de eco que concatenan de manera idónea con una estrepitosa batería. La base rítmica contrasta con la voz de Gary recorriendo imágenes de una riqueza poética emotiva y sobrecogedora. José Hernández en el bajo, mientras tanto, propone armónicos fangosos que le dan a “La sombra” un peso telúrico y emocionante que enriquece la mezcla con un peso corpóreo, que nos recuerda que la sombra es la proyección de un objeto tocado por la luz.


Es un disco marcadamente intimista y visceral, de lo que da cuenta el siguiente track, “Mis karmas”, corte en el que se hace patente la reminiscencia a Árbol de ojos. La composición es un llamado de atención de la voz poética a sí misma, mientras reconoce el hecho de que el hartazgo de cargar con sus equivocaciones le está pasando la factura a su existencia. Empero, hay un reclamo a una segunda persona del singular, un rechazo a la conducta de este otro hacia nosotros, como si parte de nuestro padecimiento llegase de afuera, de un agente externo y malévolo. El trabajo de la guitarra es emocionante, llevando la melodía hacia la parte más álgida y luego bajando la carga en paisajes instrumentales de ensueño. Gary canta en medio de un desespero explosivo, dinamizando su faceta herida para construir una textura que nos afecta e interpela, aunque manteniendo una sofisticación rockera que lo convierte en un ángel caído aún hermoso y vivaz. Parte del encanto de este disco es la creación de poderosas y evocativas imágenes poéticas que no abusan de la metáfora o que se plantean rimbombantes y fastuosas. En pocas líneas la banda logra crear un sentimiento certero y honesto que conmueve y emociona.


“Alcaloide” tiene una poderosa línea de bajo a cargo de José Hernández que conecta con un trabajo de guitarras espaciadas y de belleza contundente. El corte propone el dejar atrás una relación en el que el ambiguo objeto de deseo puede prefigurarse como un amor tóxico o una dependencia física a una sustancia prohibida. Tampoco es que exista mucha diferencia en el universo poético del rock and roll. Es un corte limpio e incisivo en el que las voces muestran poca manipulación en mezcla, acercándonos a una identidad en el sonido que es real y honesta, sincera y poco pretenciosa. La batería galopante de Rodrigo Canal es emotiva y le da una urgencia especial a un corte sobre el desprendimiento y la angustia. Es un corte conmovedor en el que el trabajo en las segundas voces le da una resonancia de soledad: para poder generar un eco es imprescindible estar en un espacio amplio y vacío.


Seguidamente, aparece “Humo al aire, leña al fuego”, uno de los cortes más lentos y sensibles de Todo se quema, que se complementa con un trabajo de cuerdas y ecos infantiles como reminiscencias de una edad de oro perdida en el recuerdo. Es un corte minimalista construido sobre la guitarra de palo, cuerdas clásicas y samples de sonidos de animales y voces en la lejanía. Hay una correspondencia entre el “quiero acostarme cuando se ponga el sol” y el “quiero levantarme cuando salga el sol” para cerrar un ciclo melancólico e introspectivo. Es una canción lenta y vivencial con una riqueza de imágenes poéticas que nos sumergen en un doloroso vacío existencial, un meditabundo hartazgo de la vida que se convierte en humo y ceniza al alba, cuando nadie nos ve.


“Olvidarme de todo” aparece de la mano de Oso Pardo, cerebro central detrás de la banda Margarita siempre viva y es el tiquete para subirse a un vagón melancólico orquestado por un delicado cuarteto de cuerdas; que avanza cada vez en estaciones más profundas del rock y el dreampop, una colaboración con Oso Pardo, uno de los músicos más creativos de la actual Antioquia. La composición es un delicado viaje a la nostalgia con la fuerza armónica de un cuarteto de cuerdas que encuentra a David Ospina reflexiona sobre el paso del tiempo, el peso de los recuerdos y el hartazgo de habitar un presente que no nos satisface. Instrumentalmente, “Olvidarme de todo” es delicada y sopesada, permitiendo que las cuerdas jueguen con un motivo de guitarra que se repite durante la mezcla hasta que se alcanza una densa atmósfera rockera hacia el final del corte con coros pop y una batería seca y emotiva que se suman a la súplica para olvidarse de todo.





Ocupándose del mundo de las pesadillas, “Ciegas visiones” plantea toda la trama del inconsciente que se proyecta en el espacio onírico en un sentido literal, lo que se manifiesta en un ejercicio de psicoanálisis en una proyección de nuestra propia realidad, llenando de arquetipos y símbolos nuestra cotidianidad. Es un corte de esencia rockera y enérgica que nos lleva a un entorno gris y melancólico en el que el protagonista recoge su colección de naufragios y las suma en una tula que carga de sol a sol cada uno de sus días. El corte se complementa con programaciones digitales casi imperceptibles que se concatenan con guitarras poderosas y casi heroicas que, luego de ascender vertiginosamente, se desvanecen en arpegios lentos y melancólicos.


“Frío” tiene, por otra parte, una presencia más post punk, emulando olas heladas sobre una playa desierta. El trabajo de guitarra es sobresaliente, mientras Gary recorre una serie de imágenes que despojan de todo matiz de misticismo a ideas abstractas de la identidad humana como las predicciones, visiones e ilusiones. Es un camino del héroe a la inversa, un recorrido descendente a un infierno helado en el que el heroísmo languidece ante el blanco espectral de la nieve. Es un corte acelerado y cargado de angustia que sobrecoge con la fuerza de un bajo fangoso y la derrota lírica de quien se enuncia sin un porvenir, sin motivación alguna para continuar este camino vital tan absurdo y cargado de dolor. Hay una suerte de reminiscencia a Muse en el juego digital de los teclados, pero es sobre todo la identidad potente del sonido de Volcán el que prevalece.


El corte titular, “Todo se quema”, llega ya cuando promedia el álbum, presentándose como el antepenúltimo track del disco. La canción tiene una sofisticación grabada en el groove funky del bajo, mientras la voz de Gary se presenta entre modulaciones y ecos como un profeta del nihilismo. Es una composición que recuerda la existencia finita de las cosas, que condena la idolatría y la obsesión con el presente alegando que es el destino de las cosas el gastarse mientras existen. Es un memento mori sin el optimismo del carpe diem, apenas un recordatorio de que todo va a arder, para volver al polvo y el barro. Hacia el final del corte, llega un nuevo sentido que parece cambiar la enunciación del corte: no es una definitiva convicción del desastre sino el recuerdo al bien amado de que, a pesar de que el mundo arda, los amantes se amarán sin fatalidad, no se perderán en la ceniza sin sentido.


Cerrando Todo se quema aparece la épica digital “2°°”, un corte cargado de densas programaciones electrónicas y voces inquietantes que entre ecos recuerda el amor perdido, esa persona cuya ausencia se va haciendo más tangible conforme suceden los días. Es el espacio perdido el que nos recuerda que allí algo existió, como un rectángulo blanco en medio de una pared ornamentada que denota la ausencia de un lienzo. Es el corte más digital y futurista del disco y una forma perfecta para cerrar esta historia de lamentos, heridas abiertas y ausencias.


Volcán ha demostrado su versatilidad con un álbum fascinante y lleno de vida que evoca el sonido de varias de sus influencias, pero que lo hace propio y único en manos de sus integrantes. Es un álbum poderoso y doloroso, con algunas de las canciones más doloridas de tiempos recientes. Empero, el sonido es grandilocuente y fabuloso, pletórico en detalles de mezcla y producción que lo convierten en uno de los álbumes claves del rock colombiano del 2020. Es un esfuerzo lleno de vida a pesar de que su tema sea más bien una pulsión del Thanatos, de la muerte del amor y del peso del recuerdo, aunado a la imposibilidad de olvido. Todo se quema es heroico en su desidia, es épico en su herida aún sangrante. Esta es una de las bandas claves para entender el nuevo contexto del rock en Antioquia y resulta fabuloso ver el nivel de compromiso con este producto, que es explosivo y deprimente, en el mejor sentido de la palabra. Todo explota, todo se quema. El álbum de Volcán está que arde.