Los Rolling Ruanas regresan con una placa que pone a arder la sangre

 

Los Rolling Ruanas han dado un largo viaje desde que por primera vez se tomaran las redes para versionar en clave de carranga canciones de rock and roll. En marzo del año pasado el cuarteto de neo carranga y nuevos ritmos folclóricos presentó su primer larga duración, La Balada del Carranguero, un recorrido de diez canciones que retrata ese mágico universo en el que colindan la ciudad y el campo, las músicas tradicionales campesinas con una inteligencia rockera heredada de los grandes íconos de la cultura pop, una actitud irónica con el más profundo respeto de nuestro folclor y nuestro vínculo inmaterial con la tierra que nos brinda el alimento y el refugio. La banda llegó con este álbum a la pasada edición de Rock al Parque, una plaza que les permitió hacerse con los corazones de miles de asistentes que quedaron sorprendidos, pues no esperaban que una guacharaca, un tiple, un requinto y una guitarra fuesen capaces de poner a brincar a toda una fauna ataviada de negro y camisetas desteñidas de Iron Maiden, Mötorhead y Anthrax. En la tarima más pequeña lograron demostrar por qué su música y su apuesta es relevante y necesaria en este momento, por qué su propuesta es tan fresca como la brisa sin tiempo de las montañas y los valles.

 

Ahora, más curtidos y maduros, la banda confirma su lugar en la nueva música colombiana con su segundo álbum de estudio, Sangre caliente. Después de tomarse el país con una gira por pueblos, ciudades y municipios los Rolling Ruanas están el mejor lugar de su carrera, que sólo augura éxitos debido a la virtud de sus interpretaciones, la fuerza emotiva de sus letras y su respeto total por una tradición que nace del mismo suelo del que emerge la papa que nutre nuestra gastronomía, en las veredas nebulosas de la región andina colombiana. El disco, presentado en un espectáculo multitudinario en el centro de Bogotá a principios de mayo, encuentra a los Rolling Ruanas tomando los mejores elementos del género al que dio vida Jorge Velosa hace casi cuarto de siglo (la ironía, el afán ecológico, la lírica pastoral) para fusionarla con elementos tomados del rock and roll. Es destacable que el conjunto entiende que las bases de este género provienen también del folclor campesino norteamericano, aunque el indie nos haya vuelto la mirada hacia la metrópoli y las lógicas convulsas de las grandes ciudades.

 

En ese sentido, Sangre caliente no se pega tan fuerte a su influencia más inmediata, sino que juega con una serie de lenguajes que enriquecen trece composiciones y nos recuerdan que la esencia de cuerdas, desnudas de todo ropaje electrónico, pueden ser tan rockeras como cualquier lanzamiento de Metallica: es una cuestión de actitud, y los Rolling Ruanas la tienen toda. Con riffs que recuerdan los primeros momentos del género en el Delta del Mississippi y un afinado oído que rescata las tradiciones culturales de nuestro país del centro mismo de la tierra, los Ruanas han creado un híbrido poderoso que es entretenido de cabeza a fin. En el álbum convergen los sabores cundiboyacenses con elementos del pop, el bambuco, el torbellino e, incluso, el rap en una notable participación del Rap Bang Club, una de las apuestas más temerarias del género urbano que ha demostrado desde el día número uno que están listos a medírsele a cualquier reto que les permita expandir su sonido.

 

Sangre caliente abre con “Fan Django”, que hace algunos días fue nuestra canción de la semana, que presenta a la banda reinventando la estética del fandango con su identidad prestada de las músicas campesinas y reinventada a la luz del momento cultural que vive Latinoamérica. La canción retrata una tradición oral de nuestra idiosincrasia en la que el Diablo se toma la pista de baile en el espacio carnavelesco. Este mito, que recuerda tanto a Robert Johnson como a Rafael Escalona y hasta el violinista italiano Niccolò Paganini, se siente fresco y siempre fascinante en la interpretación acelerada de los Rolling Ruanas. “Al caer el sol” tiene un dejo de milonga porteña fascinante que cala hondo con la riqueza de las cuerdas de la guitarra, el tiple y el requinto, mientras que la banda extiende los brazos por debajo de sus ruanas para transformarse en cóndores para “La edad primera”, junto a Inti Illmani, uno de los temas mejor logrados de esta placa, no solo por la orquestación preciosa y precisa, sino por la riqueza poética detrás de su esqueleto lírico. Entre los Andes y el Mississippi, esta colaboración con la legendaria agrupación chilena es una maravilla estética.

 

Y así, cuando creemos que la banda se vuelve a calzar la ruana en cortes como “Patecumbia”, nos sorprenden con un requinto eléctrico (aún en etapa de prueba) que Fernando Cely explora como si se tratara de un corte de Jack White para un solo fabuloso que explota rockero en medio de la algarabía que genera la guacharaca y la voz de Juan Diego Moreno. Destacan todas las composiciones, pero conmueve significativamente “Caballo de acero”, un patriótico grito de combate dedicada a la larga tradición colombiana de ciclistas, desde Lucho Herrera a Nairo Quintana y Rigoberto Urán, un deporte que nos hincha el pecho de orgullo, pero al que muchas veces olvidamos cuando Falcao se viste con el 9 del Mónaco y que finaliza de manera blusera tras una narración deportiva que recuerda los tiempos en los que nuestros padres pegaban el oído al transistor para acompañar a nuestros héroes en sus asensos vertiginosos —figura retórica del triunfo— por tierras extranjeras.

 

Producido por Mario Galeano de manera análoga, quien por primera vez se aventuró a trabajar con un ensamble de sólo cuerdas, Sangre caliente fue grabado en bloque y en vivo, conservando la esencia enérgica de las presentaciones en vivo de la banda. Registrado en cinta y con equipos que datan de décadas atrás, el disco tiene la fuerza de la nostalgia y la energía de este momento cultural, en el que afortunadamente hemos aprendido a volver a la raíz de nuestros ancestros. Sangre caliente es un clásico instantáneo, una configuración musical genuina y conmovedora que no bebe de la cursilería para crear un puño de barro y madera que nos aprieta el corazón con su fuerza telúrica y nos revitaliza la sangre con el calor que transmite. Los Rolling Ruanas han creado una joya como una esmeralda de Otanche, la han extraído de la tierra, la han pulido y la han hecho brillar para la mirada incrédula de quien vuelve el rostro hacia afuera antes que fijarse en todos los colores que ofrece nuestro suelo.

 

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