El género en disputa, reflexiones sobre tres días de Rock al Parque 2018

 

¿Se nos asigna nuestro género al nacer o simplemente interpretamos uno con base a los valores que se nos han enseñado? Judith Butler, una filosofa, feminista y teórica del género exploró esta pregunta en 1990 con su El género en disputa. Butler cree que el género es performativo: que en vez de ser parte de nuestra naturaleza es una actuación. La crítica considera que nuestras definiciones de lo masculino y lo femenino son constructos, antes que una parte inherente a nuestra propia naturaleza. Pero, de manera aún más controversial, Butler añade que nuestro entendimiento de las diferencias biológicas entre el hombre y la mujer también son construidas de manera social. Este es un punto muy importante: la filósofa consideró que la supuesta obviedad del sexo como un hecho naturalmente biológico facilitaba la asignación de valores, juicios y creencias en torno a cómo el hombre y la mujer deben comportarse y sobre a quién deberían desear. En efecto: una vez el sexo biológico ha sido establecido como hombre o mujer, se convierte en una coartada para endilgar responsabilidades, imaginarios e identidades. La supuesta neutralidad de las diferencias biológicas de hecho sirve para imponer ideas sobre la identidad sexual. A pesar de que la mayoría de las veces pareciera que hay diferencias naturales, Butler argumentaría que no existen. Casi treinta años después de su publicación, estos problemas están cada vez más presentes en el discurso cotidiano, en la manera en que entendemos la cultura y en la forma en la que diversos colectivos o agentes han decidido emprender una lucha contra la discriminación y el rechazo por la diferencia.

 

Permítanme extrapolar a la luz de una trampa semántica: la no diferencia entre “gender” y “genre” al ser traducidas ambas palabras al castellano. Hablemos del otro en un espacio como Rock al Parque 2018 y por qué esta edición rompió toda una serie de paradigmas significativos por primera vez en 24 años de historia.  Empecemos por lo obvio: la participación en un festival de rock de un espectro grandísimo de ritmos e identidades musicales es vital para renovar la concepción que del festival se tiene. Si bien es cierto que el predominio del metal como género en la disposición de las bandas continúa siendo notable, tanto así que bandas partícipes de los ritmos más extremos del abanico musical cerraron el escenario principal en dos de las tres noches, lo cierto es que desde el pop electrónico de Durazno hasta la cumbia frenética de Chico Trujillo tuvieron un recibimiento importante por parte de una audiencia que cada vez más abre los oídos y la cabeza a un crisol infinito de melodías. Jupiter & Oakwess, Antibalas o Quentingas & los zíngaros presentaron shows absolutamente maravillosos que nos dejaron con la boca abierta y que, de seguir complaciendo las expectativas de una audiencia en la que el negro es el uniforme obligado, hubiera sido imposible en anteriores ediciones. Como desde hace varios años, la participación de agentes diversos de la cultura en el escenario Eco (el más pequeño de los tres) se convirtió en uno de los aciertos claves del festival. No olvidemos que en años pasados Pedrina y Rio, Elsa y Elmar, La Santa Cecilia o Salt Cathedral presentaron shows impresionantes en este entablado alejado. Bien ahí.

 

Continuando por esta línea, y justificando la larga explicación sobre el libro de Butler que abre este artículo, tres presentaciones vitales para la historia del festival se desarrollaron en el escenario Eco durante el domingo y lunes. Si durante el sábado este espacio se reservó a bandas nacionales de metal (gracias Skull por estos veinte años de historia), durante los días restantes las jornadas permitieron la aparición de actores importantes para transformar el imaginario que durante más de veinte años se ha cernido sobre el festival. Hacia las ocho de la noche del domingo llegó uno de los actos claves de la nueva vanguardia inglesa, HTMLD. Es cierto: la banda está compuesta por miembros todos hombres heterosexuales y, Dios mío, blancos. Sin embargo, la manera en la que su proyecto está necesariamente influenciado por la estética queer de la noche londinense presenta un punto de quiebre interesante a la luz de lo que estamos acostumbrados a ver en Latinoamérica. En Inglaterra sus shows provocan tanto la histeria como el rechazo y los botellazos, pero su visión artística que es fundamental para cada uno de sus espectáculos no se ve comprometida por la crítica y, antes bien, parece que cada vez regresaran con una estrategia más estrafalaria.

 

Ataviados de manera extraña, los HTMLD parecen el producto de una relación entre Siouxie Soux, Adam Ant, Boy George y David Bowie, pero son extremos en su sonido en el que no temen transitar el rock sofisticado de guitarras, el EDM (en serio), el punk y el trap. El resultado es una banda carismática y potentísima cuyo maquillaje parece ser más una pintura de guerra antes que una glamurosa declaración de principios sexuales. Es cierto: su profunda identificación artística y estética con el imaginario queer obliga a una pregunta sobre su identificación sexual y en qué lado del espectro de género se ubican, pero una vez olvidada esa duda (al final cada uno es dueño de su propio cuerpo y elige con quien compartir su lecho en la intimidad) la música se convierte en un motor poderosísimo de imágenes e historias que presentan una sofisticada visión en torno al arte, la cultura masiva y las lógicas de la melodía. Que coopten desde lo heteronormativo la identidad queer resulta un tanto problemático y podría verse desde el exterior como una movida oportunista, sin embargo, la visualización desde el mainstream de este tipo de imaginarios culturales resulta absolutamente necesario y se configura como un acierto estético al pensar en su música, pues amplía el horizonte de referentes inmediatos que podríamos imaginar al percibir su proyecto. Difícil encasillar su propuesta bajo el siempre útil (y en últimas carente de sentido) rubro de alternativo: la música de HTMLD es de otro planeta.

 

 

 

La presentación del colectivo ruso Pussy Riot, quienes se tomaron la tarima con veinte minutos de retraso tras el voluptuoso acto de los ingleses, marcó la historia de Rock al Parque en dos. Dejando de lado los problemas de gusto ─en lo personal encontré el show aburrido, soso y obvio, pero eso es tema para discutir en otro lugar─, lo cierto es que la presencia en el festival de un colectivo tan cercano a las políticas de género y tan preocupado por los derechos de la comunidad LGBTIQ plantea un criterio más amplio por parte de la administración pública, una mirad inclusiva e incluyente que sabe que las tarimas del Simón Bolívar son una herramienta en extremo poderosa para comunicar mensajes en torno a la unidad, al respeto de la “diferencia” y a la inclusión en la discusión cultural de muchos actores. Si el colectivo en pleno se presentó en la noche del domingo o sólo lo hizo una de sus miembros fundadoras poco importa: es momento de quitarnos ese complejo de inferioridad, de otredad y de poco aprecio que nos tenemos como país. Si las Pussy Riot dieron bombo a su show simultáneo en Edimburgo y no al del festival gratuito al aire más importante del continente, allá ellas. Poco debería importarnos si la eurovisión y el imaginario del “sudaca” estaba obrando sobre los lugares de enunciación de estas mujeres valerosas y sin pelos en la lengua, lo importante es el mensaje político que dejó su presentación, quizás por ello mismo hablar de la calidad de su música resulta intrascendente. Para Pussy Riot el punto es el mensaje, no el medio para comunicarlos. Tampoco justificamos su pobre actuación a la luz de que son artistas y no músicas, pues Chicks on Speed, Robots in Disguise o Bikini Kill (todas bandas feministas formadas por artistas) se preocuparon siempre por dejarlo todo en tarima.

 

Más allá de su la presentación fue aburrida, que lo fue, resultó en un valioso aporte a la cultura local. Muchas personas llegaron por la potencia ideológica de sus visiones de mundo y para ellas, las víctimas de la violencia de género, las feministas aguerridas, la comunidad LGBTIQ y demás órganos vitales de nuestro cuerpo social, el show resultó en un momento histórico. La tergiversación de los símbolos asociados a la feminidad en su inquietante juego de visuales colinda con reflexiones cercanas a las de Butler: el poder subvertir imaginarios como Hello Kitty y plantearlos como instrumentos poderosos de significantes cercanos a una visión más combativo del género resulta en un acierto potentísimo, más aún a la luz de la visión que tenemos del “sexo débil” en la geografía latinoamericana. Por otro lado, Las Tupamaras presentaron un performance provocador y enérgico que desbarata y cuestiona tantos supuestos culturales en torno al género y a la sexualidad que nombrarlas resultaría un ejercicio infinito. Impresionante. Si fue punk, electrónica, rock and roll o samba queda en un segundo plano cuando este colectivo trans defiende a voz en grito su derecho al “mariconeo” y al libre ejercicio de su sexualidad. Más de uno podría aprender del valor de estos agentes de cambio. Implacables.

 

 

 

 

Por último, el lunes, Liniker e os Caramelows se comieron la tarima del escenario Eco. El ver a esta reina trans en medio del gentío presentando una propuesta musical y estética absolutamente alucinante es uno de los recuerdos más gratos de esta pasada edición, no sólo por el hecho de que el arsenal de canciones fue dinamita pura y no les dio tregua a los cuerpos que, hipnotizados, bailaron hasta desfallecer y luego un poco más, sino por la potencia de ver por primera vez a una persona con identidad sexual no binaria reinando por sobre el prado del Simón Bolívar.  Desde que en 2015 la banda cuando la banda publicara su primer EP, era claro que la propuesta de Linikier era una cosa distinta. La voz carrasposa y el bigote de su vocalista contrastaba con sus faldas, labial y aretes y en su Brasil natal resultó en un acto clave que empoderó a un sector importante de la población carioca y pablista. Ahora, abrazando plenamente su identidad como mujer trans, Liniker rompió toda una serie de supuestos con el poder de su música.

 

El año pasado la banda había tenido una exitosa presentación en la Universidad de los Andes, pero la presentación del lunes fue monumental, tan estremecedora como conmovedora. Bellísima. Liniker es una mujer valiente y talentosísima, una diva absoluta llena de fuerza natural. Tan telúrica como espacial, su show fue un acto de resistencia pacífica en la que los asistentes pudieron ser partícipes de un quiebre esencial a la luz de la historia del festival. Quedan muchas preguntas para la celebración del primer cuarto de siglo, sin embargo, pues, ahora que hemos avanzado tanto, resultaría en un despropósito echar marcha atrás. ¿Seguirá relegando Rock al Parque esta potencia política al escenario más pequeño o se arriesgará por visibilizar estos agentes en tarimas más importantes? ¿Qué opinan los asistentes de siempre ahora que el festival ha dado este giro? ¿Seguirán firmes en su prerrogativa de atacar cada nuevo anuncio o entenderán que, así como los géneros musicales cada vez son más difíciles de catalogar, lo son también las identidades sexuales de sus promotores? Al final, ¿importa quién está cantando cuando el mensaje es tan poderoso y efectivo? Sea como fuere, lo cierto es que Rock al Parque está haciendo historia. Su pasada edición así lo confirma.  

 

 

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