Uji, hijo adoptivo de la selva presenta un dinámico EP de remixes

 

Uji, proyecto solista de Luis Maurette, es hoy por hoy uno de los productores más alucinantes y versátiles de la electrónica enraizada. Este nómada musical nació en Buenos Aires y, desde hace varios años, se ha convertido en un vigía despierto de Latinoamérica, recorriendo sus senderos brumosos, sus selvas de lluvia eterna y sus desiertos de arenas cegadoras con una voracidad de aprendiz del Tíbet que busca llegar a un lugar más profundo, al núcleo en que duerme por siglos de abandono la esencia de las cosas, el sentido de la primera semilla. Tras dejarnos 5 discos con Lulacruza y la increíble película Esperando el Tsunami de Vincent Moon, Luis Maurette emprendió su búsqueda solitaria con su proyecto Uji en 2018. El resultado es un esfuerzo discográfico redondo de diez canciones en las que el argentino (al que más bien habría que mentar como latino en virtud de su locuaz conocimiento de las culturas del continente) explora una sensibilidad renovada, vital y de una factura exquisita.  

 

Alborada, nombre que recibió este primer disco editado bajo el sello ZZK, es un conjuro de sonidos que demuestran un profundo conocimiento de la música tradicional latinoamericana presentándonosla bajo la elegante estética de una producción electrónica impecable. Desde el lanzamiento del álbum en 2018 Uji no ha parado de viajar por el mundo presentando su ritual de baile y después de sus recientes giras por Europa, Estados Unidos y Asia, regresando brevemente a Colombia para tres show acompañado del local Cerrero en Bogotá, Cali y Santa Marta durante el mes de junio. Así mismo, el productor estuvo promocionando su nuevo EP, una serie de remixes con algunos de los nombres más interesantes de la electrónica mundial de su primer sencillo, “Jenga”, que fue la carta de invitación para que nos adentráramos en una vorágine de nuevos sonidos, texturas y estéticas. Hablamos con Uji sobre su relación con la naturaleza y el conocimiento de los pueblos primeros, sus visiones sobre la creación musical y este nuevo proyecto.

 

Después de tener cinco álbumes con una banda, ¿cómo te planteas tener un proyecto solista desde lo personal y lo profesional?

 

Bueno, con Lulacruza tocamos doce años, tuvimos un recorrido muy largo que empezó en el 2005 y en ese momento, cuando nosotros empezamos, no había en la escena nada parecido. Nadie ni se cuestionaba de combinar música indígena con música electrónica. No había ni artistas ni público. Y, bueno, tuvimos una larga trayectoria, fuimos abriéndonos el camino y, de alguna manera, descubriendo cosas. Después de doce años empezamos a tener diferentes necesidades. Nuestras búsquedas musicales empezaron conjuntamente y con el tiempo se fueron separando. En el momento que decidimos terminar, en 2016, yo seguía con mucha hambre, con mucha sed, de expresar cosas. Todavía siento que tengo mucho para decir. Inmediatamente, de la muerte de una cosa surgió el nacimiento de otra. Ahí empezó mi carrera solista. Fue primero encontrar una nueva identidad, reinventarse un poco, explorar nuevas cosas. Cuando uno tiene un conjunto este conjunto empieza a tener una identidad sola, hay ciertas cosas que ya no entran en esa identidad, aunque sean de uno. Esta música, este sonido, no es ya un sonido de Lulacruza. Fue un cambio muy natural. Descubrís que es una libertad absoluta para la creación. Al estar solo yo soy mi propio límite de lo que quiero. Encontré una flexibilidad y velocidad en la creación que no tenía en Lulacruza.

 

De acuerdo. Hablemos entonces de este primer lanzamiento solista, de Alborada, ¿qué hay detrás de la identidad de este álbum y de la palabra que le da nombre, este momento en el que empieza un nuevo día o continúa la noche para algunas personas?

 

La alborada es ese momento entre la oscuridad y la luz, es cuando se empieza a asomar la luz del sol, pero antes del amanecer. Y alborada también significa la música y la poesía para ese momento. Para mí la palabra como que encapsulaba mucho el movimiento interno que sentía como artista, como de pasar de la oscuridad a este asomo de luz. Como que renacía algo. Tenía un sentido de renacer, empezando un proyecto solista y, por otro lado, marcaba un cambio en vida. Estuve todos mis veinte y parte de mis treinta muy metido en búsquedas, con mucha sed de búsqueda. Viajé mucho por Latinoamérica, participé de muchas ceremonias y estudié música electrónica de fondo, desde la programación. Tenía una sed de buscar algo, de alguna manera de adentrarme en el misterio, desenmascarar el misterio. Y este cambio, el empezar una carrera como Uji, como solista, también coincidía con un momento en la vida en el que esa sed era no un ansía de buscar sino un ansía de compartir todas esas cosas que fui recolectando con los años. Hay algo también con la luz y la simpleza que, después de muchos años de búsqueda, volver a encontrarse con la simpleza, la luz del día que lo muestra todo es maravilloso, porque hay una sabiduría detrás de eso por todo el recorrido trazado. No es lo mismo el día sin haber pasado por la noche. Cuando pasaste la noche y llega el día hay otra sabiduría. Entonces, para mí, la palabra toda encapsulada era algo que me estaba pasando.

 

Y, sonoramente, ¿cómo crees que queda plasmado ese tránsito? ¿Cómo evidencia la música lo que sentías internamente?

 

Lo que sentía era más libertad para pasar de lo oscuro a lo claro, de lo luminoso a lo oscuro, de lo denso a lo liviano. Más libertad para moverse en todo eso. En ese sentido, Alborada es un álbum que tiene muchas facetas sonoras. Por momentos es muy electrónico, momentos que se asemejan mucho al techno, pero después hay momentos que son un carnaval andino, momentos en la selva. Hay algo del viaje que se expresa a través de las canciones del disco.

 

Con relación al tema de la “electrónica enraizada”, en lo que Lulacruza fue pionera, pensando un poco también en lo que hace Cerrero, El Búho o muchas otras personas, ¿de dónde crees que nace esa intención? Porque claro, hay una cuestión de tendencia, pero también hay artistas honestos que tienen una necesidad de conectar con el núcleo, con lo secreto, con la tierra, versus la ciudad.

 

En mi caso particular lo que fue sucediendo es que venía de estar muy metido en la electrónica, y en ella sentía que podía expresar algo, pero no todo lo que quería expresar. Esa música, ahora cambió un poco, pero como que siempre evoca imágenes del futuro, de lo sintético, de lo irreal, lo alienígena, de espacio, de tecnología del futuro. Y yo me hacía la pregunta “¿Por qué no se pueden utilizar estas mismas herramientas para expresar otro tipo de cosas?”. Expresar la comunidad, expresar el ritual, expresar el trance, el campo, las flores, los animales conectados. Esa pregunta y esa necesidad de expresar algo que no tenía por dónde expresarlo fue la que impulsó esta exploración en la que siento que sigo, no se termina: va tomando distinta forma y se va ensanchando el tronco, pero que siempre nace de la misma pregunta. Pero hay otra cosa en mi caso. Y es que buscar en lo ancestral, en lo indígena y en lo tecnológico es más consecuencia de otra búsqueda, es la búsqueda de usar la música como tecnología de trance. Una herramienta para el ritual, para llegar estados por fuera de lo normal, para conectar con un plano más invisible. La música tiene ese poder ya sea electrónica o de cualquier otra manera, no es sólo que la música indígena sea dueña de eso. Diferentes músicas llegan a eso. A mí eso es lo que me impulsa a buscar en música electrónica y en la música ancestral, tener esa tecnología del trance, tener la tecnología del ritual. Explorar con eso y aprender a manejar la tecnología para lograr un estado. En mi caso la exploración con lo ancestral viene desde esa inquietud.

 

Y en ese sentido hay una pregunta por la máquina: ¿crees que en tu música la máquina está enunciando o dialogando con la naturaleza?

 

En mi música está dialogando. He puesto mucha energía y trabajo para desarrollar maneras para darle como una voz natural a la máquina, cuando quiero. Cuando quiero algo mecánico también se puede por ese lado. Pero siento que al fin y al cabo son instrumentos. Por ejemplo, la guitarra criolla no es nativa de estas tierras. Cuando llegó la tecnología de la guitarra era una tecnología nueva, la música indígena no la usaba y hoy en día el folclor la necesita, se fue incorporando. Me imagino que al principio era muy raro y después se fue normalizando. Yo siento que con las máquinas y los aparatos pasa lo mismo: la primera búsqueda de Lulacruza en ese momento era muy novedosa y ahora hay algo que ya se está asentando y queda la pregunta “¿Ahora a dónde vamos?, ¿Cómo podemos seguir utilizando este instrumento para borrar las líneas?”. En los noventa estaba el tema de si la música era hecha con máquinas o con instrumentos y ahora esa inquietud no importa en la sociedad. Casi que te diría que a la gente ni le importa si el cantante canta o si está grabado. En los ochenta Mili Vanili fue un escándalo gigante y hoy en día da lo mismo. Se va borrando esa línea y para mí hay una tierra muy fértil de creatividad.

 

 

Hablemos ahora del EP. ¿Por qué era importante este sencillo “Jenga” y por qué era importante la visión de otros creadores sobre lo que tú ya habías producido?

 

“Jenga” tiene un elemento importante que es las voces las grabé yo y es un idioma inventado. No es un idioma indígena de ninguna tribu, ni ninguna herencia. Y con eso lo que yo quería era jugar un poco con el tema de los mitos y de recrear mitos. Hay un respeto por la tradición, pero también nosotros mismos podemos inventarnos esa tradición. Entonces para mí “Jenga” habla de eso. La gente no entiende lo que dice porque de alguna manera no dice nada que se entienda, pero igual le transmite algo. Me parece una pieza fundamental en lo que es Uji, a diferencia de Lulacruza u otros grupos. Me pareció un buen tema para resaltar y aparte es un tema bueno para remixar porque la letra no sólo es de libre interpretación, sino que encima funciona con cualquier tonalidad y en cualquier velocidad: si le cambias toda la armonía igual funciona. Daba para un proceso creativo más libre para todos los artistas que participaron. Las versiones son muy diferentes. Armónicamente, rítmicamente. Eso es lo que me gusta, como que el tema da para muchas cosas.

 

Ahora has tenido tiempo para viajar, para reencontrarte con los amigos, ¿cómo sientes que está Colombia en términos de música electrónica y que has venido descubriendo de su riqueza cultural folclórica?

 

Desde la primera vez que vine en 2005 la riqueza folclórica de Colombia me atravesó. Creo que hoy en día es el folclor que más me ha influenciado, incluso más que el argentino. Tuve la posibilidad de ir al Festival de Bullerengue, fui al Petronio Álvarez dos veces y con el proyecto de Lulacruza del documental viajamos muchísimo y pudimos viajar con unos músicos increíbles. Hay algo de todo eso que es una de las fuentes musicales que me nutre. Llego acá y me encuentro feliz. Ahora estoy en la casa de Teto Ocampo, gran amigo, y escucho sus melodías en flauta, escucho lo que está trabajando y me inspira mucho. Me importa más la musicalidad que si es electrónico o no. Después, en lo que es electrónico, me parece que Colombia cada vez más toma las riendas de ese folclor y lo lleva a la electrónica. Ghetto Kumbé o Cero 39, el trabajo de Mucho Indio, ahora Montoya. Me parece que en general en Latinoamérica, y en todo el mundo, estamos en un renacimiento musical. Gracias a las plataformas de streaming y la conexión a Internet en las que cada quien tiene la posibilidad de publicar y distribuir su música, hay una competencia altísima porque hay mucha cantidad, y eso lo que está haciendo es que estén saliendo muchos proyectos súper interesantes de muchas partes. Que tengan más o menos éxito de popularidad es otra cosa. Pero hay una cantidad de proyectos súper interesantes, músicas que están buenísimas, que exploran desde otros modos estos cruces o ni siquiera, no sé. Yo en un momento, a principio de los 2000 escuchaba mucha música más techno y como que me parecía que no pasaba nada en ese rubro. Hoy en día están pasando cosas que me parecen buenísimas. En todos los géneros. Hay un montón de cosas y Colombia está en todo ello.

 

Ya para terminar quisiera saber, a la luz de los problemas ambientales contemporáneos, ¿por qué consideras importante volver al tema de la raíz y al hábitat primero de nuestra gente desde lo sonoro?

 

Es complicada esa pregunta. No sé si la solución sea decir que hay que volcarnos todos a la naturaleza, es más como que hay que integrarlo de una mejor manera, hay que crear mejores sistemas, mejores métodos para poder convivir con el planeta, la naturaleza, la selva y los ríos. Cada vez somos más humanos y de alguna manera es inevitable hacer daño. Dentro de lo que es la música me parece que uno de los aspectos más importantes que hay en estos proyectos es el poder reconectar con la naturaleza sabiendo que hoy en día la mayoría de la población humana vive en zonas urbanas. Hay como un anhelo, hay como una desconexión con los ciclos del día, de la noche, de la lluvia, incluso del clima. Parte de esta música tiene que ver con esto pero también tiene que ver como con una sed de conectar con algo más profundo, más real. También hay una parte de la sociedad que se está volviendo muy superficial, ya lo era, pero ahora es más grande eso. Más invasivo. Los teléfonos están en todas partes entonces hay un anhelo de conectar con algo más profundo. Sea yoga, sea la comida, sean las tradiciones, sean tecnologías del futuro. Cada quien busca cómo llenar ese vacío de profundidad con algo. No sé bien para dónde va la humanidad con esto, pero ojalá sea para un mejor lugar, que realmente nos demos cuenta que los recursos son limitados, que hay que cuidar al mundo.  

 

 

 

 

 

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