Chicha Libre, el regreso. Una noche junto a la Sonora Mazuren

 

 

Tuvieron que pasar ocho años para que Chicha Libre, una de las agrupaciones pioneras de la nueva ola de cumbia sicodélica, volviera a presentarse en una tarima de nuestro país. Aquella ocasión fue en el marco de la segunda edición del Festival Centro. El viernes 26 de julio, el combo radicado en Brooklyn, con integrantes de todo lado, se presentó en el Teatro Colsubsidio, a propósito del festival Cumbia Dinamita. Los protagonistas de la noche: Chicha Libre y La Sonora Mazurén.

 

Al concierto le doy la segunda más alta calificación, sea en estrellitas o de uno a diez o en lo que se imaginen. La razón por la cual no doy la calificación perfecta es sencilla: antes de que La Sonora abriera la tan esperada velada por muchos aficionados al revival de cumbia sicodélica que se empezó a contagiar el mundo hace unos 15 años, el ambiente era muy extraño. No esperaba nada, la verdad. Solo silencio y gente entrando poco a poco. Quizás esperaba un jazz sutil sonando muy bajito, como para ambientar.

 

¿Pusieron música de fondo? Sí. ¿Fue un jazz sutil? No. ¿Fue al menos cumbia rebajada? No. Pusieron, cómo describirlo, una electrónica de mal gusto saturada con trompetas, digna de una fiesta en Piso 7 con Las Cardachians y Epa Colombia. Si bien el volumen estaba bastante bajo como para que pasara desapercibida, sí alcanzó para incomodarme mientras no hablaba con mi amigo. Es como si pusieran Kevin Roldán en Rock al Parque –aunque prefiero escuchar “Mr KR” o “Qué está pasando” antes que la publicidad de Transmilenio– o techno serio y contundente en Colombia al Parque. Lo que haría alguien que le preocupa seriamente cada aspecto del servicio que brinda sería contratar un curador musical –que yo hago, a la orden– o, en el peor y más perezoso de los casos, buscar una lista de cumbia en Spotify. Esto se vuelve peor si consideramos que el Teatro Colsubsidio es uno de los espacios más elegantes que existen. Me sentí tomando chamber en una botella de Zacapa. En fin…

 

Sale la Sonora Mazurén. Cabe aclarar que nunca había tenido la oportunidad de ver a los Mazurén en formación actual. Mi última vez con ellos fue cuando eran un cuarteto y la gente les pogueaba. No sé si con las dos mujeres y el que toca las congas aún se arme pogo. Espero que sí, no hay nada más liberador que un pogo. Acá no hubo pogo, hubo baile, más que todo en los pasillos. Algunos, me incluyo, bailaron en su puesto, sin pareja, sin formar el famoso círculo rolo, sin nada más que uno mismo, a lo Billy Idol.

 

 

 

Los pocos asistentes fuimos afortunados de escuchar por primera vez los primeros dos temas de autoría de los locales: uno compuesto por el guitarrista, Juan Lacorazza, y el otro, bautizado por el baterista Lucho como “Cangrejeando en el apocalipsis”. Cuando Carlos Iván, tecladista, acordeonero y especie de líder –no considero que haya líder en el conjunto, pero es Carlos Iván el que habla por el micrófono– del conjunto declaró que iban a tocar un tema compuesto por ellos mismos, algo dentro de mí se movió. Yo estuve con ellos desde el primer toque de la banda –en una residencia por el Centro– y me habían comentado que ellos no aspiraban a ser una banda dura, simplemente querían tocar y pasar el rato. Solo querían tocar covers, nada más. Bueno, ya estuvieron en Colombia al Parque, han tocado por fuera de Bogotá y sus presentaciones no pueden ser más profesionales y elaboradas. Mírenlos ahora, componiendo y tocando junto a Chicha Libre. Increíble que no se les haya tenido en cuenta para el Glastonbury.

 

Luego de una terapia de baile intensiva, vino Chicha Libre. Bueno, antes vino el entretiempo, pero ¿alguien honestamente quiere saber qué hice en el entretiempo? Lo que no sé es si siguieron con ese ‘zapateo’ infernal, pues abandoné el recinto apenas pude.

 

Pasaron los quince minutos de espera y el combo internacional se apoderó de la tarima bajo la oscuridad. Al ver las siluetas todos gritamos y aplaudimos. No sabría decir cuántas personas presentes lloraron esa mala suerte que los viene matando mientras bailaban –tristes y solitarios, obvio–, al son que comandaban estos cinco borrachitos, pero sé qué más de uno cumplió su sueño de presenciar por primera vez una de las bandas más representativas de la cumbia refrescada dosmilera. Al menos mi amigo y yo lo hicimos.

 

Fue un poco más de una hora, quizá hora y media de gozadera. Diferente a la gozadera de La Sonora, que lo invoca a uno a mover violentamente su cuerpo. La gozadera de Chicha Libre, si bien es bailable claramente, es más tranquila. Si con La Sonora uno se siente en el matrimonio de Enrique Delgado a las cuatro de la mañana en el oasis de Huacachina llevado del pisco, con Chicha Libre uno se siente haciéndole el amor a alguien que de verdad uno quiere. No sé si mi amigo piense igual. Un motivo de fuerza mayor me obligó a abandonar el recinto antes de que terminaran de tocar. Me perdí “Guns of Brixton” y “Popcorn Andino”. Lamentable, lo sé, pero al menos pude bailar “La danza del millonario” con los que eran.

 

Fue un concierto para pocos, pero lo supimos disfrutar. Una reflexión final: por favor no pongan techno en Colombia al Parque ni reggaetón en Rock al Parque.

 

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