• Ignacio Mayorga Alzate

Los Maricas rompen cráneos y corazones en “Álvarez”, su segundo álbum de estudio


Los Maricas llevan ochos años en el circuito subterráneo de bares y galerías de Bogotá. En este tiempo han presentado varios EPs cargados de ironía, humor negro y, sobre todo, un sonido cargado de energía en que converge el punk como sólida base rítmica con exploraciones sobre influencias del garage, el hardcore, el post punk y el noise. Desde su fundación han buscado salir de los lugares comunes de un género que a veces peca en exceso al volverse fórmula para hablar sobre el aburrimiento y la denuncia social, subvirtiendo estos tipos discursivos con una actitud meta referencial y auto crítica. Después de mucho tiempo dando de qué hablar en nuevos santuarios de la movida independiente como la Galería KB en San Felipe o Rat Trap, el cuarteto bogotano presentó en 2017 Escupiendo tulipanes, su primera larga duración en esta historia llena de pogos, cerveza y aburrimiento existencial. El disco fue lanzado en Asilo, templo de la estridencia capitalina, en compañía de Las Hermanas, DJ Pasajero y The Kitsch, que también ha cruzado el umbral de los cincos años en este 2017. En febrero de este año, luego del lanzamiento en 2019 de su EP IV, la banda subió para un nuevo asalto al ring, publicando su segundo álbum de estudio, Álvarez, el último día del mes más corto del año.


Álvarez comprende trece cortes que nacen de un año de exploración musical en la que Los Maricas se atreven a ir un poco más lejos de sus influencias, coqueteando con nuevos sonidos, pero manteniendo una veta existencial y explosiva que ha caracterizado todos y cada uno de sus lanzamientos. Las canciones de esta placa transitan varios momentos en una suerte de micro viaje sonoro, apenas sobrepasa los veinte minutos, que hace de la producción de Los Maricas un recorrido enérgico para hacerle un quite al aburrimiento, para prenderle fuego a la monotonía de una ciudad caótica y asfixiante en la que las identidades se diluyen en un gris hormigón perpetuo, desdibujándonos bajo la lluvia eterna de esta capital agobiante. Pleno en alaridos y coros para rasgar la garganta con sevicia, Álvarez se convierte en un documento clave de este nuevo momento que atraviesa el punk y la estética DIY en la capital colombiana, contaminándose de guitarras shoegaze, saxos meditabundos o raps imaginativos sobre un círculo de porretas en algunos cortes.


Álvarez fue grabado en InMotion Studio por Camilo Rengifo (Árbol de ojos). La mezcla y la masterización estuvo a cargo de Jimmy Bautista (Bestiärio) de Walking In Circles Records. Además, en la producción colaboraron con varios artistas locales que no necesariamente hacen parte de su circuito inmediato, dándole al álbum varios matices que engordan la posibilidad rítmica de un proyecto de por sí ya versátil y emocionante. El cacrecore de Los Maricas explota en tu cara con potencia, para después aplicar bálsamos reparadores sobre el tejido muscular expuesto. Hay momentos de extrema violencia, pero también de una belleza extraña, como un insecto imposible congelado en el ámbar siglos atrás que ahora aparece convertido en signo de poder.


El álbum abre con guitarras ensoñadoras y una batería sincopada en “Aversión”, un corte reflexivo de 1:40 en la que se plantea un desdoblamiento del ego que deviene en una melodía explosiva y pesimista que retrata la derrota personal. “No somos iguales” plantea un sonido más cercano al repertorio al que estamos acostumbrados de Los Maricas, rompiendo la mirada new age optimista que hermana a todas las personas, apelando al hecho de que no tenemos que querernos o siquiera respetarnos. Continuando la veta misantrópica, la composición es explosiva y demoledora, planteando un aire de pesadumbre anti-social que cae perfecto en la época en la que el yoga y el mindfulness se tomó de rehén las insta stories de todos nuestros perfiles. “Secuoya” tiene unas reverberaciones en la guitarra muy a la manera de Sonic Youth y una batería furiosa mientras se reflexiona sobre el desprendimiento. En “Buenos Aires” aparece Daniela Parra de Las Yumbeñas contraponiéndose a las voces masculinas. “Rionegro” encuentra Marco Fajardo del Frente Cumbiero en las labores del saxo, mientras que Ángel Dumile intenta rapear en la orquestación de “Mientras pasa el porro”, uno de los momentos menos logrados del álbum que, por demás, es excelente. Sin embargo, para gustos los colores, tienen más de una decena de canciones para elegir.


Álvarez es un esfuerzo poderoso y titánico de una de las bandas más emocionantes del punk colombiano contemporáneo. La apuesta de Los Maricas les permite abarcar el emo, el hardcore, el grindcore y el rock en una estética rabiosa y nihilista. No es un álbum para sonreírle a la vida, pero, en estos días, ¿cuántos de nosotros nos aburrimos de la máscara optimista que nos obliga a llevar la cultura del emprendimiento y el “Yo puedo”? El álbum es un recorrido por el lado menos emocionante de la vida, esos días en los que estamos podridos de tanta vida y tanto encierro. Aunque salió antes de la pandemia, Álvarez se ha convertido en la banda sonora idónea para darnos contra las cuatro paredes en las que nos han obligado a residir desde marzo. Qué se jodan los vecinos, vamos a perder los pulmones con sus trece canciones. Porque, hoy por hoy, la rabia parece ser el sentimiento más natural y puro. Y a la mierda tu yoga, tu dieta ayurbeda y tu enternecedora mascota. Voy a hacerme un ovillo en mi cuarto. Y que el mundo se vaya al diablo.


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