Bodega Club: una aventura binacional entre Valparaíso y la pista de baile
- Ignacio Mayorga Alzate
- hace 5 horas
- 3 Min. de lectura

Bodega Club empezó a tomar forma en Valparaíso en 2023 en el laboratorio de producción musical de Balmaceda Arte Joven. Toronja, músico chileno, y Dan Colmena, colombiano, coincidieron ahí y trasladaron ese encuentro a una práctica sostenida de ensayo y presentación. “Ahí comenzamos a hacer tareas y trabajos juntos. Luego apareció la oportunidad de presentarnos y, entremedio de todo eso, surgió el vuelo de trabajar juntos”, recuerdan. La ciudad operó como un entorno activo dentro de ese proceso: circulación de conciertos, cruces de escenas y una dinámica nocturna que se filtra en la manera en que el dúo organiza su música. “Valparaíso es una ciudad muy creativa y musical. Hay mucha fiesta, cruce de gente y sonoridades”, señalan. Esa condición aparece luego en el desarrollo de su primer larga duración.
Antes de ese cruce, ambos venían trabajando en proyectos individuales con trayectorias distintas. Colmena había pasado por circuitos de rock en la ciudad, con presentaciones asociadas a sellos como Leviatán y arrastraba un recorrido que incluía el folk punk y el psychobilly. Toronja, por su parte, mantenía un vínculo cercano con el teatro y la música, en un tránsito que también se incorpora al proyecto. Ese punto de partida define el modo en que se arma el sonido: una suma de herramientas previas que se reorganizan en función de un formato nuevo. El uso de instrumentos como el contrabajo o los teclados responde a esa lógica. “No fue una búsqueda inicial”, explican, sino la continuidad de prácticas que cada uno ya tenía incorporadas.
El nombre aparece después. “Fue un nombre escogido al azar… y fue posterior al nombre que empezamos a crear sobre él y pensar en conceptos”, dicen, en una dinámica que se refleja también en lo visual: la bola disco como elemento inicial que luego pierde centralidad a medida que el proyecto avanza. En paralelo, el sonido se organiza alrededor de un cruce entre nu-disco, house y música latina, con sampleo y ejecución instrumental en vivo. Las referencias aparecen en capas: merengue, salsa, electrónica y repertorios de los años setenta y ochenta, integrados en una estructura pensada para la pista de baile.
El primer registro de ese proceso es el EP Mundo al revés, publicado en mayo de 2024, que funciona como un espacio de prueba. “Fue mucha exploración. Nos metimos a trabajar en el EP sin tener una idea tan definida de lo que íbamos a hacer”, explican. Ese trabajo deja una inercia que se proyecta hacia el álbum debut Bodega Club, lanzado en agosto de 2025, en el que el dúo establece reglas internas de composición y consigue un conjunto más cohesivo, coherente y efectivo. En ese tránsito también cambia la percepción del proyecto. “Se nos hacía más difícil definir el proyecto si sólo era el junte de nuestros proyectos personales. Al momento que se transformó en algo separado agarró una identidad mucho más certera”, añaden.
En su corto vuelo, el dúo ha pasado por escenarios como el Festival Volar en 2023, el aniversario de Disco Intrépido en Trotamundos en 2024 y un circuito nacional durante 2025, además de un showcase en el Centro Cultural Gabriela Mistral, enclave cultural esencial de Chile, hacia finales de ese mismo año. Por ello, el concierto se convierte en un laboratorio de exploración permanente. “En vivo es una experiencia completamente distinta… hay un componente interactivo que nos encanta explorar”, explican, situando la relación con el público como parte del funcionamiento del proyecto.
El paso por distintos circuitos también ha introducido variaciones en la recepción. La circulación en Colombia, en particular, ha ampliado el marco de lectura del proyecto. “Ver la respuesta de la gente y cómo cambia y cómo también hay cosas que son transversales a localidades ha sido muy bonito”, comentan, señalando un comportamiento que se mantiene estable: el carácter bailable de las canciones. En ese punto, el dúo define su línea de trabajo hacia adelante en términos operativos. “El objetivo principal es encontrar música que haga bailar”, explican.
En ese proceso, Bodega Club ha consolidado un modo de operación que se reconoce en la repetición del escenario: un repertorio que parte de estructuras de club y se reorganiza en vivo con instrumentos que no suelen ocupar ese lugar, como el contrabajo, integrado a secuencias, sampleos y capas electrónicas. Las canciones se han ido ajustando en función de su comportamiento frente a la gente, en festivales, salas y circuitos donde el margen de error es inmediato y la respuesta se mide en el cuerpo. “Sentimos que es música bien bailable, bien fiestera”, concluyen. El proyecto se sostiene ahí, en esa práctica continua de tocar, observar y corregir, en el que el cruce entre house, nu-disco y repertorios latinos deja de operar como referencia y se vuelve un sistema de trabajo que se reconoce en la ejecución, en la forma en que circula y en la regularidad con la que vuelve a la pista.










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