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Estéreo Picnic 2026, el cómodo regreso al formato de los tres días

  • Foto del escritor: Ignacio Mayorga Alzate
    Ignacio Mayorga Alzate
  • 24 mar
  • 6 Min. de lectura

Acabamos de dejar atrás otra edición del festival privado más importante de la música en Colombia. Con una asistencia de más de 145.000 personas en las tres jornadas de espectáculos, la edición de 2026 regresó a la presentación usual de únicamente tres jornadas, toda vez que los cuatro días a los que nos habían acostumbrado desde hace algún tipo se tornaban profundamente agotadoras. Con un cartel diverso que reunió algunos de los actos más emocionantes de la música mundial y los puso en conversación con los más importantes artistas alternativos nacionales, la fiesta de la música se vivió en paz y de manera ordenada. A pesar de que continúan algunos problemas de orden técnico y logístico, Páramo aprende pronto de sus errores y presenta mejorías en cada edición. Empero, hay preguntas que sobreviven sobre la viabilidad del evento multitudinario y problemas que el público colombiano ha manifestado. No todo puede ser color de rosa. A la luz de los tres días que vivimos, y ya a medio camino en la recuperación física, presentamos un balance de la edición 2026, aquello que nos gustó y opciones de mejora para futuras ediciones.


Bueno: un cartel de nivel mundial


El recorrido de Páramo en el circuito musical ha permitido que la organización logre unir conciertos y festivales de la región, lo cual facilita que los artistas que están de gira sean, efectivamente, los mejores disponibles para presentarse en Colombia. Esta estrategia no implica que se descuide la curaduría, ya que cada año se evidencia una selección estricta y de alto nivel por parte de la empresa organizadora. En la edición de 2026, todos los actos presentados estuvieron a la altura de las expectativas, consolidando la reputación del festival. Adicionalmente, es importante resaltar que el festival es consciente de su importancia regional y mantiene actos que en la contemporaneidad son verdaderos fenómenos de redes, como es el caso de Sabrina Carpenter, encargada de cerrar el escenario principal el domingo. La experiencia acumulada por Páramo respalda su seriedad y profesionalismo, lo que facilita la negociación y presentación de artistas cada vez más destacados.


Además de los artistas principales, la participación internacional de otros actos fue destacable. Travis, Lorde, Deftones, 31 Minutos, Young Miko, The Whitest Boy Alive, Turnstile y Viagra Boys ofrecieron presentaciones equiparables a las de los headliners, llegando algunos a protagonizar momentos relevantes en escenarios secundarios, lo que garantizó una oferta musical diversa y de alta calidad desde el inicio del evento. Si bien pueden surgir inconvenientes técnicos, la experiencia y consolidación del equipo liderado por Páramo permitió enfrentar estos retos con eficiencia y profesionalismo, permitiendo que, salvo en el caso de Peggy Gou, el sonido fuera perfecto. Una curaduría de esta magnitud representa un desafío para los artistas locales, quienes deben innovar para captar la atención de un público potencialmente nuevo en este contexto.


Por mejorar: los nacionales


La presencia de una nutrida selección de artistas nacionales en las tarimas del Estéreo Picnic evidencia el firme compromiso del festival con la consolidación y el fortalecimiento de un público local interesado en la escena musical propia. Año tras año, el evento se consolida como un espacio fundamental para los talentos emergentes del país, quienes encuentran en esta plataforma la oportunidad de exponer su trabajo ante audiencias masivas y diversas. Este impulso al talento nacional trasciende la simple programación de conciertos. El festival requiere que los músicos locales trasciendan el método tradicional de preparación y adopten una perspectiva orientada a brindar presentaciones envolventes y de alta calidad, conforme a los estándares asociados con un evento como el Estéreo Picnic. De este modo, el festival no solo fortalece su programación, sino que promueve el desarrollo y la profesionalización del sector musical colombiano, contribuyendo a la creación de propuestas innovadoras y sólidas que generan impacto tanto a nivel nacional como internacional.


A pesar de ello, hay que señalar un problema evidente: nos estamos quedando con actor emergentes, pues las bandas que se convocaron para esta edición casi que saltaron de presentaciones en venues ínfimos a las tarimas del Simón Bolívar. Actos locales sin lanzamientos discográficos, —se sabe que vivimos en la era de los sencillos, pero siempre un álbum ratifica una propuesta estética—, dieron lo mejor que pudieron, pero esta es una carrera de aliento y es obvio que no estamos mirando donde deberíamos mirar, quizás porque un sector de la crítica musical joven en nuestro país insiste sobre las mismas propuestas, convirtiéndose en taste makers que muchas veces olvidan lo musical. No vale la pena señalar quién o qué nos resultó desastroso, pero no sentimos que las presentaciones locales estuvieran a la altura, salvo la histórica presentación de Nicolás y los fumadores, que compite como uno de los shows más impactantes del Picnic.


Así las cosas, quedan preguntas incómodas para el futuro de la organización de este festival y su primo iberoamericano Cordillera. Páramo no puede seguir convocando a músicos con una trayectoria tan exigua, porque un mal show en una gran tarima puede ser la muerte estética de una banda con proyección, pero sin horas de vuelo. Quizás sea necesario salir de los círculos de siempre, ampliar la mirada más allá de dos o tres actos de otros departamentos, preguntarnos realmente a qué suena el país más allá de la burbuja de Chapinero, Santa Fe y Teusaquillo. Qué más está pasando fuera de la visión limitada de un puñado de opinadores, entre los que me incluyo, que están sesgados por unos sonidos demasiado específicos. No son los únicos que tienen una opinión.


Bueno: el compromiso con la historia


Esta edición se convirtió también en una celebración de la larga trayectoria de algunos de los artistas más queridos. Travis, desde Escocia, demostró el peso de 35 años de baladas rock con una presentación casi perfecta, a la que sólo le faltó el sol. A pesar de jugar en contra por no ser los artistas más conocidos del cartel, la banda supo ganarse al público con inteligencia y mucho amor. Los británicos interpretaron algunos de sus éxitos más notables (“Sing”, “Closer” o “Turn”), recordándonos a la generación del iPod la sencillez de un sonido que le habla cerquita al corazón.


Tom Morello, por su parte, demostró por qué es uno de los guitarristas vivos más interesantes de la historia del rock aunque, todo hay que decirlo, no era la tarima para promocionar su aventura solista si la gente estaba buscando escuchar en vivo las canciones que lo convirtieron en leyenda junto a Audioslave o Rage Against the Machine. The Killers, en cambio, sabían a qué estaban jugando y no abusaron de su catálogo reciente, antes bien coquetearon extensamente con los hitos de Hot Fuss y Sam’s Town. La gente quiere escuchar los cañonazos, no hay de otra. Finalmente, la llegada de Deftones fue uno de los momentos musicales más importantes de este año sonoro, toda vez que la banda de Chino Moreno es una favorita local para la generación que vivió su adolescencia entre los noventa y la primera década del nuevo milenio.

Malo: el escenario Lago


Es claro que el festival tiene que financiar sus actividades con la ayuda de patrocinios. Pero eso no quiere decir, en ningún momento, que una activación tenga más importancia que un escenario para los artistas convocados. Fue así con el escenario Lago, una tarima pequeñísima que parecía improvisada y que The Warning no aceptó por lo que uno de los shows más importantes del país, la presentación de Nicolás y los fumadores, se tuvo que adelantar para un momento en el que apenas estaba ingresando el público. La presentación fue hermosa, pero sobrevive un sinsabor para el resto de artistas que tuvieron que habitar durante su actuación una tarima ínfima. Mientras tanto, detrás del escenario, estaban las sendas activaciones de Coca-Cola, condones Durex y Sprite. Fueron espacios en los que pasaron muchas cosas, pero no parte fundamental de la organización, por lo que tres aciertos no reparan un error garrafal.


Por mejorar: la zona de menores

 

La zona de menores, o Zona Futuro, parecía una apuesta segura: prepara al público juveni


Aspectos para tener en cuenta para futuras ediciones


Como dijimos más arriba, no todo puede ser color de rosa y, desafortunadamente, siempre hay cosas por mejorar. En primera instancia el festival tiene que propender por presentar una curaduría nacional de peso, no proyectos tan verdes en el desarrollo de su propuesta musical y visual. Aunque las bandas debutantes hicieron todo cuanto pudieron, lo que habla muy bien de ellas, no estaban listas y eso es evidente. Es claro que ninguno de estos actos configura una decisión de compra precisamente por el hecho de que generalmente quedan relegados a los espacios más pequeños o los turnos más tempranos, pero se vale soñar con un festival en el que estos actos sean principales antes que decorativos.


No podemos cambiar el hecho de que existan activaciones monumentales que permiten mantener al festival a flote, pero muchas veces son invasivas con el resto de la experiencia de los usuarios. Así las cosas, para los que sí asistimos a los escenarios durante los tres días, interesándonos por la música, fue un poco desagradable tener juegos y dinámicas que contagiaban su ruido a las tarimas en las que se estaban presentando los artistas. Tiene que haber una mejor distribución de este tipo de espacios, toda vez que no son parte del ADN constitutivo del festival. A pesar de ello, fue una edición emocionante que buscó democráticamente la mejor experiencia para sus usuarios. No se puede cumplir con todo.

 

 
 
 

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