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  • Ignacio Mayorga Alzate

Primera persona del plural: Andrés Guerrero, Las Luces y “Somos”



Andrés Guerrero ha viajado por el mundo, tocado la guitarra mientras hace sol o caen hojas mustias sobre los andenes de ciudades argentinas y brasileras. Hace cinco años este músico pastuso regresó a Colombia y se instaló en la capital, punto de encuentro de una diáspora creativa que, desde el sur, están apoyando a las nuevas generaciones de artistas a encontrar su norte. Guerrero ha trabajo solo y con agrupaciones, ha unido lazos con los que respiraron el fuego del Galeras y con los músicos que crecieron un Monserrate bañado en neblina espesa. Como gestor fue uno de los responsables de la creación de Aforo Total, un espacio que buscaba crear redes intelectuales entre artistas para poder solidificar la construcción de una escena musical independiente. El proyecto nos legó una serie de aprendizajes de orden pragmático y administrativo, pero fue un acierto para construir un lazo familiar entre las artes que colindan en la capital hostil. Ahora Guerrero llega iluminado de Las Luces, su agrupación, a Rock al Parque, por lo que aprovechamos para hablar con el músico nariñense sobre su vida en Bogotá, su familia extendida y el raro temperamento de las musas.


Han pasado cinco años desde que llegaste a Bogotá con Rinotopía I debajo del brazo. En ese sentido, ¿cómo has sentido el crecimiento de la oferta musical independiente en este periodo?


Creo que desde mi llegada me fui encontrando −y quiero que esta frase se tome en los dos sentidos, el de encontrar algo y el de encontrarse a uno mismo− con muchísimas perlas que me iban estallando y que me llevaban a otras. No llegué con esa intención, pues mi regreso fue tan muy intempestivo que no me dio tiempo para ver por qué es que había vuelto. Pero en ese acople y en ese renacimiento en la ciudad, fui rehaciendo vínculos, reencontrando gente que me iba mostrando esas perlas, o literalmente el algoritmo me las iba tirando cuando dejaba las canciones rodar en el celular mientras recorría la ciudad montado en la bici. El crecimiento de la música es estruendoso y con una belleza que nunca había visto, o que por ahí para mí estaba escondida no sé dónde. Es hermoso lo que pasa hoy aquí.


De igual manera, te desempeñaste como gestor en compañía de una plétora de bandas nuevas. ¿Cómo ves la figura de la colaboración entre bandas para la construcción de públicos?


Es clave. Sin embargo, hay un montón de estímulos diarios que hacen muy difícil esa cercanía. Cada uno anda en su mundo y esa utopía colaborativa se da de formas un poco limitadas al seguir tan reventados por tantos factores en esta matriz. Al final veo que, en este mundo, cada uno hace lo que puede para salvarse de la locura y por eso se hace difícil crear lazos estables que se sostengan más allá de las ganancias económicas. Sin embargo, se dan pasos muy bonitos que van armando eso. He intentado muchos proyectos colaborativos de diferentes índoles que al final se deshacen por falta de tiempo o dinero. Creo que mi conclusión es que a muchas personas les sigue haciendo falta un jefe o una jefa.





¿Cómo se han dado las diversas colaboraciones musicales en tus álbumes y sencillos con artistas nariñenses como Gabriela Ponce y Briela Ojeda? ¿Es fácil encontrarse en la canción con ellas?


Todas las colaboraciones que he hecho en mis discos han sido por sincronicidades que destellan solas o porque en esas perlas que fui conociendo, hubo algunas que me quedaron en la cabeza y decidí contactarlas para trabajar en algo. Con ellas dos hay una amistad bonita que a veces pasa a estos rumbos musicales. Todo se ha dado en la naturalidad de la música misma, en eso que nos conecta desde la canción misma. Por ejemplo, hoy con Briela estamos trabajando en algo que surge a partir de un sueño en el que soñaba cantando con ella una canción que es la que estamos terminando de grabar. Así que estas conexiones se crean desde esos lugares.


Probablemente en el contexto de la música alternativa seas uno de los artistas más prolíficos de los últimos años en nuestro país. ¿Entiendes a la música como una disciplina? ¿Cómo opera en tu obra la figura de la “inspiración”?


La música no puede ser para mí una obligación, aunque a veces me sacuda, esconda el celular y me diga “hay que tocar y practicar cosas”. Amo ensayar con los músicos y reunirme a tocar y cantar con gente, y ahora más que nunca le doy mucho valor a esa apertura y compartir. Creo que la única disciplina que podría tener con la música es que las canciones no se pierdan, son muchísimos cuadernos y libretas de los cuales recuerdo una parte solamente. Ahora lo que hago es tener el compu con el software abierto para grabar todos los detalles posibles de lo que estoy creando, así tengo a donde ir a revisar lo que hice. La inspiración para mí es algo que me asombra cada día más. Antes como que debía buscar un poco más de datos para crear algo. Ahora es impresionante: solamente agarro la guitarra o el piano y sale inmediatamente algo. Ahí la disciplina se usa para que eso no quede en nada, para recibirlo y agradecerlo, tratando de deshacerse de los mapas mentales que quieren que hagas esto o lo otro, o que te dicen “esto se está pareciendo a esto y debería parecerse a esto otro”. Es toda una batalla con lo trendy, las reglas, las influencias, el marketing, etc.


Siento que en Somos diste un salto emocionante con relación a tus trabajos anteriores. ¿Cuál es la idea detrás de este disco?


La idea detrás de este disco es la creación de esa comunidad de la que se habló antes. Pero esta vez como música en sí misma, no en el proyecto material de gestión y compartir espacios entre agrupaciones. En este caso es hacer la música en comunidad, y en mi caso que había trabajado un perfil solista, darle lugar a la música que me dan los músicos que me acompañan pero que ahora ya son parte de esa música con su propio lenguaje. Somos es la consolidación de esa comunidad en todo lo que hace y da vida, desde instrumentos, arte, arte visual, fotografía, estudio de grabación y lo que se sume a una obra.


Aquí nos explayamos con una libertad muy poderosa desde la misma concepción de la música, en una sala de ensayo −en pleno paro nacional− y después en el estudio de grabación. Algo parecido a Rinotopía, pero sin tanta regla, corte y forma. Las canciones tienen su estructura, pero tienen muchas zonas de juego en donde reconocemos profundamente el lenguaje que brinda cada persona que está dispuesta ahí. Si te das el chance hasta reconoces el espacio en el que fue grabado: El Alto estudio de Medellín, lugar que nos abrió Juan Galvis con su generosidad salida de todo límite y teoría. Si pones la atención, puedes escuchar ese aporte del espacio y la presencia de Juan. Como dice “El Instante”: Si fijaras bien de cerca tu mirada lo podrías ver.


Tu proyecto es el encargado de abrir la tarima de Radiónica. ¿Cómo has percibido la figura de la radio pública en la construcción de una audiencia?


Creo que la radio pública es un oasis en un desierto. Ese desierto híper arribista que no se ha dado cuenta de la importancia que tiene la música que hay en las calles, sino que siguen pasando la misma música de hace 30 años, que además se repite y repite las mismas listas. Es un poco lo que pasa en las mentes de las personas, que no pueden dejar de ser lo mismo que eran sus padres. Recomiendo la canción “Como nossos pais” de Belchior en la versión de Elis Regina.

La radio pública nos ha abierto un espacio de expansión para que alguna gente que no tocan los algoritmos se entere de eso que hacemos y se acople al escenario musical que seguro también les incluye. Creo que de lo que estamos hablando en las canciones, es algo que nos retrata profundamente, sin importar estratos o posiciones.


A la luz de los procesos de los que has sido parte no sorprende ver una participación nariñense tan extensa en esta edición de Rock al Parque. ¿A qué atribuyes el interés general de las nuevas audiencias por las propuestas musicales de tu departamento?


Creo que habría que preguntarle a la gente a ver qué siente con lo que expresamos desde esas latitudes. Sin embargo, desde mi visión, somos una gente que se quitó un velo muy pesado que cargamos desde ese lugar tan negado pero que debajo de esa negación esconde una magia desbordante. Creo que caímos en cuenta casi en sincronía y ahora lo estamos sacando, cada persona con sus detalles esenciales, pero que de alguna forma nos representan sonoramente o poéticamente, o hasta psíquicamente.


Hay otras manifestaciones como La Peña que hacemos mensualmente, en donde puedes ver claramente lo que generan las músicas que nos construyen en la otra gente, en la gente de Bogotá, les mueve todo y al toque ya están cantando igual que los sureños. Creo que cuando deshaces ese velo y puedes ser un poco más sincero, hay cosas más sinceras que se despiertan y conectan desde otro lugar. Seguro por eso la gente nos escucha más ahora que antes.


Para terminar, quisiera conocer la diferencia entre Andrés Guerrero y Andrés Guerrero y Las Luces. ¿De qué manera participa la orquesta que te acompaña en la construcción de tus canciones?


Justamente después de lanzar Somos me di cuenta de que debía deshacer ese límite. Andrés Guerrero no existe sin Luces, por eso estoy en la apuesta de concretar mi propuesta en ese conglomerado, sea que toque yo solo con una guitarra o con toda la banda. Siempre hay algo detrás haciendo posible lo que surge. En la construcción de las canciones en estudio o en vivo es esencial el lenguaje que brinda cada persona. Odio tener músicos de sesión a los que debo decirles qué hacer. De hecho, no quisiera hacerlo nunca. Aprecio lo que me dan y lo recibo. Estas canciones son de quien las tome.





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