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  • Foto del escritorIgnacio Mayorga Alzate

Kaleema, síntesis de mundos y lenguajes

Actualizado: 2 jun 2023



Entrar en el misterioso mundo de Kaleema es adentrarse en una selva de elementos familiares que, reunidos en el mismo paisaje, generan una sensación de extrañamiento y sorpresa reconfortante que nos reconecta con la vida. Es como encontrar una flor con el color del magma enclavada en la espesura de una vegetación tupida y boscosa o como recorrer en puntas de pie un castillo de cristal que solo vimos en sueños y que se erige entre nubes malva. Combinando toda una vida de aprendizajes musicales que van del impresionismo onírico de Debussy a la síntesis de electricidad de Herbert Meider, pasando por un respetuoso acercamiento a diversas formas del folclore, Kaleema ha construido una persona artística que se regodea tanto en el ejercicio lúdico de la interpretación musical como en el muy esquemático proceso del diseño sonoro.


Kaleema, cuyo nombre real es Heidi Lewandowski, es una artista argentina que combina elementos de la música electrónica, la música folclórica y las influencias étnicas para crear su propio estilo musical único. Nacida en Buenos Aires, su pasión por la música comenzó desde muy joven y la llevó a explorar diversas formas de expresión artística, comenzando por el violín que empezó a estudiar desde muy joven. Kaleema se destaca por su habilidad para fusionar diferentes géneros y sonidos, creando paisajes sonoros envolventes y emotivos de una factura delicada y expresiva, como si enterrase las manos en la tierra y con paciencia antes que con violencia extrajera de su seno húmedo las joyas más sorprendentes y desconocidas. Sus composiciones están impregnadas de elementos orgánicos y digitales, combinando instrumentos tradicionales con texturas electrónicas y ritmos contagiosos que funcionan en espacios eruditos y académicos como en pistas de baile y raves a cielo abierto cuando el mar misterioso se traga el orbe de fuego en su espesura ancestral


Además de su trabajo en solitario, Kaleema ha colaborado con otros artistas y ha participado en proyectos colectivos, ampliando aún más su influencia en la escena musical. Su talento y dedicación le han valido reconocimiento en la industria, y ha sido invitada a presentarse en importantes festivales y eventos musicales en distintos países. Sumando a su amplio recorrido, Kaleema nos visitó en la pasada edición del BIME, primer mercado cultural en el que participaba y que sirvió como primera fecha de la gira de Velo, el fascinante EP que nos ofrendó el año pasado. Aprovechamos su regreso a Bogotá, en donde ya había vivido entre 2009 y 2012, para hablar sobre las dificultades de aunar sus referentes vitales, la importancia de seguir construyendo espacios plurales y corales, además de por qué llevar coletas en el pelo no es impedimento para abrirse paso en una escena que, pese al importante aporte de las mujeres, sigue restringiendo sus espacios de mayor visibilidad.



Kaleema en el BIME. Cortesía de Noise Press


Quería comenzar hablando de todos esos lugares que informan tu música, desde la formación clásica, pasando por todos los procesos que devinieron en las composiciones a las que hoy das forma.


Desde muy chica toco música. No tan chica, pero empecé a tocar el violín a los doce años. No tan chica para el instrumento. Estaba fascinada por el sonido. De la nada, porque tampoco tengo padres músicos, empecé a meterme ahí y a estudiar mucho. Participé de orquestas, me metí al conservatorio. Pero, de un momento a otro, me cansé. Me encantaba leer partituras, me encantaba el contexto académico y siento que una parte mía resuena muy fuerte con eso, porque soy una persona muy estructurada en mis cosas, pero necesitaba algo nuevo y algo que pudiera crear. Me encantaban las obras de Beethoven, de Debussy, son mis héroes de la vida, pero necesitaba hacer algo propio en mi vida y experimentar. Me di cuenta que lo mío era crear. No tanto ser instrumentista. Porque ya tocaba unas siete horas al día y para llegar a otro nivel en un instrumento como el violín necesitaba tocar nueve horas. Ni en pedo. Necesitaba que mi vida tuviera otros matices, no podía ser sólo eso.


Para tener un recorrido como instrumentista tradicional necesitas ese nivel de entrenamiento, como una gimnasta. Decidí irme a Nueva York a estudiar Producción de Música Electrónica. Estuve un año estudiando y, al principio, fue muy difícil para mí porque no tenía idea de electrónica, ni de software, ni de MIDI. “¡Esta gente está leyendo música con estas liniecitas acá! ¿Dónde están las alturas? ¿Las corcheas? ¿La clave de Sol, la de Fa?”. Esos mundos demoraron como dos o tres años en integrarse. Durante el día estudiaba, tocaba piano y violín, iba a las orquestas, al conservatorio, a clases y en la noche hacía beats de dancehall y empezaba a trabajar en tracks experimentales. Para mí fue muy importante hacer ese recorrido, que sí fue duro y sí fue de muchísimo tiempo y dedicación a aprender sobre distintas herramientas, porque siento que hoy en día, después de muchos años, tengo herramientas para hacer lo que quiera.


Siempre sigo estudiando y el aprendizaje es elíptico, no es de un punto a otro al que llegas. Hay un punto de regreso y vas aprendiendo a integrar más herramientas que van más allá de la música. Agradezco mucho haber hecho ese camino y sigo componiendo. El piano se fue transformando en sintetizadores y me fui metiendo más en el diseño sonoro. Diseño los sonidos con los que luego compongo. Por eso mi música tiene un sonido característico, porque me encargo mucho de ese momento. No es tomar de cualquier VST o cualquier instrumento para hacerlo sonar en una composición, sino que lo diseño para crear una atmósfera que estoy buscando. Es un doble juego de componer, producir e interpretar con mis propias herramientas que disfruto mucho. Hay violín y muchas cuerdas, que siguen siendo parte de mi identidad musical.




Estaba pensando que toda esta posibilidad de construir atmósferas y generar estos paisajes está muy informada por este aprendizaje clásico. En últimas son músicas han cambiado la historia de la humanidad en el sentido de que, de una manera muy inteligente, todos estos compositores lograron transmitir sensaciones de una manera narrativa, no literal. Eso, siento, que permite que tu música tenga la posibilidad de construir atmósferas que nos envuelven.


Me acuerdo que fue difícil en su momento porque donde estudiaba, en el conservatorio, había carreras como Dirección Coral, Composición, las pesadas. Hacía Composición y paralelamente hacía Producción de Música Electrónica. Eran enemigos. “A ellos les sacás la partitura y no saben qué tocar”, decían los productores electrónicos y, los compositores decían “Esta gente que hace música con computadoras no sabe nada de música”. Para mí era un tema de “No, no, no, chicos. Es en los grises donde hay que encontrarse. No en los polos opuestos. Esto puede convivir y eso es lo rico: explorar cuáles son esas aguas en el medio”. Porque la música académica tiene un montón de cosas muy interesantes. La experiencia de tocar con setenta músicos al unísono en una orquesta me cambió la vida. Lo extraño mucho. Pero no estoy dispuesta a pasar nueve horas sentada con un instrumento, porque descubrí que me gusta una actividad más lúdica con la música. Me gusta crear, me gusta construir sonidos y experimentar y componer. Pasa que la música académica es competitiva y yo era un sapo de otro pozo. Llegaba a la orquesta con mis zapatillas rosa medio rotas, mis dos colitas en el pelo y mi ropa súper oversized, pero con mi violín, y todos tenían su trajecito. Había gente también cool, pero igual muy severa. Fue difícil, pero fue un aprendizaje maravilloso


Me recuerda a Wendy Carlos, quien grabó uno de los primeros discos de electrónica versionando a Bach. Es otra forma de entender la música electrónica, lo que tú o Ela Minus hacen, que no es el Ultra Fest hasta el culo de molly, sino entender que desde acá hay una posibilidad de narrar y de construir cosas muy bellas. Darle esa dignidad a la música electrónica es muy importante.


Siento que estoy entre mundos, a los bookers también les cuesta, porque no saben muy bien dónde ponerme, si es un DJ set o en un festival de artes digitales. Siento que el formato puede ir cambiando conforme a la narrativa que quiera contar. Lo importante es comunicar. La música es un idioma como cualquier otro. Luego está el tema del formato: si es un DJ set, un live o lo que sea, que es una posibilidad para transmitir y comunicar diferentes atmósferas y diferentes propuestas. Está bueno tener las diferentes herramientas para hacerlo, porque hay gente que no pasa de un DJ set, y está buenísimo. Pero, quizás si tienes ganas de experimentar otras formas, ganas. Ha sido intenso y también he recibido muchísima discriminación de parte de mis colegas, como si fuera una nerd del conservatorio únicamente. A mí me gusta aprender. Soy una nerd total y sigo estudiando, me sigo preparando, porque siento que es infinito lo que podemos aprender e incorporar, pero sí en el hacer. Compartir es algo que para mí es identitario.




Volviendo sobre este tema de lo identitario y pensando en un contexto de ZZK que ha sido tan importante para el continente, ¿cómo ha sido la aproximación a estos sonidos andinos, afrolatinos? ¿Cómo llegas allí?


Volví a vivir a Argentina después de estudiar, luego de estar un buen tiempo afuera porque también había vivido en Colombia. Allí conozco a Chancha, conozco a otra gente del circuito y empecé a tocar con Chancha como multi-instrumentista, acompañándolo en las giras y se me abrió como un universo. Siempre fui amante del folclore, pero como dediqué más tiempo a la academia, tocaba más piezas de jazz o música clásica, al tiempo que me encantaba bailar dembow y hacer pistas de dancehall y hip hop. Cuando empecé a tocar con Chancha fue como aprender a tocar otros instrumentos, sumergirme más en el folclore, fue bastante expansivo ese aprendizaje y giré con Chancha como siete años, porque Pedro tenía su proyecto como DJ y productor, pero para salir a girar necesitaba armar una banda. Estuvo muy bueno, aprendí muchísimo al presentarnos en los mejores escenarios de Europa y del mundo, fue un entrenamiento de otro tipo.


También era una música muy autóctona y muy auténtica de nuestro país, entonces también me permitió entender la dimensión que eso tomaba y por qué la vida me estaba llevando por ese camino. Esta raíz es algo que me gusta comunicar, me siento parte y me hace bien. Fue un aprendizaje muy bueno. Ese fue un recorrido importante. Paralelamente estaba haciendo mi proyecto que también se desprende de Chancha y de ZZK, pero obtiene también otra dimensión. Siento que, si lo tengo que poner en palabras, esa fue como una escuela: los conservatorios, las orquestas, el tocar con Chancha tantos años, luego encontrarme con Lido, que la amo tanto.


Pensaba oyendo Útera sobre la sensibilidad de la mujer y lo femenino. Ahora que hablabas del conocimiento elíptico, como una suerte de visión cosmogónica de algunos pueblos originarios, pensaba que de nuestra raíz la mujer es tierra. Hay una fuerza telúrica muy sofisticada y fina que nutre también tu música. Hablemos de la sensibilidad femenina, la sensibilidad femenina de la mujer latinoamericana y la sensibilidad femenina de la mujer argentina.


Gracias por traer esto a la mesa. A mí me parece que lo esencial es que haya multiplicidad de voces, multiplicidad de propuestas, multiplicidad de discursos narrativos. Me pasa constantemente en las giras que hay como una tendencia a ser discriminadas en la industria de la música electrónica, pasa mucho que dicen “Es mujer, no va a tener esa fuerza que necesitamos para el dancefloor” o a veces llego con mis dos coletas y me preguntan si es que voy a tocar. Tienes que ganarte un poco el respeto. Siento que nosotras tenemos que pagar derecho de piso, porque hay una idea también de que no sabemos manejarnos con la técnica, como que estamos en falta. Lo que me parece importante es que es esencial que haya voces múltiples para contar una cosmovisión, una narrativa. Por eso es esencial que haya más mujeres en el escenario, no porque sean sólo mujeres, sino porque tenemos otras formas de ver el mundo.


Nos interpelan otras situaciones en la cotidianidad. Es importantísimo que eso tenga un escenario para ser contado en un festival. Porque es diverso y deseo que la música sea más diversa. Necesitamos que lo “no normal” se vuelva lo “normal”. Es lo que deseo y por lo que trabajo, porque también soy mentora de artistas emergentes, trabajo para Mutek Amplify, el programa de inclusión femenina. Es muy difícil a veces enfrentarse a todos los obstáculos que hay. Son muchos: o se te objetiviza, o se te pide que seas de una cierta manera, bonita y calladita. Bueno, no: venimos a decir otras cosas. Y está bueno que nos escuchen, porque esas cosas no las va a contar un hombre hetero cis. Él va a contar otras historias y no hay que ponerlo tampoco como enemigo, pero es necesario que se diversifique.


Hay que expandir y falta todavía mucho, mucho, para ser más empáticos y para expandirnos como seres humanos. Muchas veces me ha pasado que me llaman de un festival porque necesita cubrir la cuota femenina. No, mi amor, así no me invitas. Así no es como funciona. ¿Tienes ganas de tener una artista que venga a contar otra perspectiva? Eso sí. No se puede seguir reproduciendo una violencia, que es la que estamos tratando de contrarrestar. Ese es mi trabajo. Es una actividad muy individualista la del artista, pero siento que en este momento sí es un lugar que me gusta ocupar, el de poder denunciar las situaciones que no hay normalizar, poder dejar las mujeres que estamos vinculadas a la industria, Lido Pimienta o Li Saumet, un contexto más saludable para trabajar y para desarrollar su arte. Porque eso no está pasando. Y nos ha tocado pasar muchas situaciones muy desagradables y yo no quiero que una chica de 19 o 20 años pase por las mismas condiciones que nos tocaron a nosotras, que han sido duras. Deseo que las generaciones que están llegando puedan encontrarse más contextos de diversidad y de menos violencia.




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