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Molinos de viento y revolución: en defensa de Mägo de Oz

Foto del escritor: Ignacio Mayorga Alzate
Ignacio Mayorga Alzate
2 sept
6 min de lectura

 

Cómo van a silenciar al jilguero o al canario

si no hay cárcel ni tumba para el canto libertario

 

En un mundo atravesado por la codicia y el egoísmo, apostar por la sensibilidad es una empresa quijotesca. Conforme la vida moderna intenta confirmarnos que la existencia es una carrera solipsista para alcanzar unas metas trazadas por otros, el arte nos reafirma en la necesidad empática de sabernos parte de una comunidad. Comunidad de afectos, comunidad estética, coro de voces que se unen al unísono para cuidar su piel de las sucias garras del odio, del frío refugio en las monedas de oro. Es un ejercicio que aboga por llevar el corazón en la mano, el grito en la garganta, el bien mayor en la mirada que elucubra la ruta de vida. Es un ejercicio revolucionario, es una revolución de la ternura: es el ethos de una banda histórica como Mägo de Oz.


Volvamos la mirada hacia atrás, con la Rosa de los Vientos en la solapa. Mägo de Oz apareció cuando promediaba la codiciosa década de los ochenta en Madrid. La ciudad era entonces una urbe convulsa que, superada la fanfarronería de la Movida Madrileña ("si no sabes tocar, monta un grupo; si no sabes pintar, expón") y agotada la estética del macho alfa del metal obrero de agrupaciones como Barón Rojo, se atrevía a recorrer un camino de baldosas amarillas que eventualmente los llevaría a llenar estadios. En medio se convertirían en un referente internacional del folk metal y llegarían a conquistar el corazón de millones de jóvenes de habla hispana, marginados por soñadores, maltratados por distintos, que hicieron de sus canciones el arma blanda para enfrentarse a un mundo que siempre ha sido hostil y discriminatorio. Quizás aún más durante el alba de los cínicos y hastiados noventa. Apenas esta es una arista de un legado vivo que continúa escribiéndose. 


No es este el lugar para contar la historia de un grupo delirante de músicos como saltimbanquis que abrazó desde el primer momento el don de la ternura, que soñó con un mundo distinto en el que un violín y una flauta honrasen el liderazgo luminoso y revolucionario del astro rey. Esta es la defensa de una agrupación que no necesita ser defendida, pues siempre ha echado en saco roto las críticas de puristas y perniciosos, muchas veces la misma persona, y ha navegado las complejas aguas de un mundo convulso en un navío hecho de sueños e ilusiones. Es, quizás, un recordatorio de su importancia formativa en mi educación musical, misma que hoy me permite vivir de mi pluma pero que, a fuerza de sofisticar sus aprendizajes, ha olvidado que, ante todo, la canción es un refugio, no el objeto de una tesina de fría intelectualidad.

Tenía poco más de trece años cuando me encontré con el trabajo de Txus y compañía y, durante muchos años la agrupación se convirtió en parte fundamental de mis obsesiones musicales, junto con Bunbury y Calamaro, pero en un nivel más primordial, toda vez que aún no conocía las engañosas mieles del amor que años después me llevarían a emborracharme entre balbuceos que intentaban seguir las estrofas de “Paloma” o “Aunque no sea conmigo”. En cambio, ya conocía el dolor en la herida del rechazo, de una soledad no solicitada, pero diligentemente conseguida, que había convertido mis recreos en silenciosos peregrinajes a la fantasmal biblioteca del colegio, en la que me refugiaba entre libros que no habían salido de los estantes desde hacía años. De regreso a casa, encontraba consuelo en el Fölktergeist, álbum en vivo de la agrupación, que quizás le compre al man del afro del Tower Records de Andino o que mi padre consiguió en la desaparecida Antífona, para escándalo de mi madre, quien encontraba en las ilustraciones de Gaboni motivo de censura al estar saturadas de copiosos y grotescos falos en medio del paisaje fantasmagórico paisaje de un cementerio que parecía la mejor fiesta del mundo. No podía saberlo: a mí no me invitaban a ningún festejo. 


No quiero ahondar en el patetismo natural de un preadolescente algo más excéntrico que el resto de sus compañeros de clase. Recordando esos días es claro que no todo fue tan malo, pero entonces parecía definitivo, fatal. Dejando de lado el lirismo y la hipérbole, el punto es claro: la música de Mägo de Oz fue un refugio temprano que me prepararía para posteriores eventos canónicos (Dios te bendiga, Camila) y, paradójicamente sirvió también para entablar lazos con otras personas de mi entorno que, por una u otra razón, habían llegado también al sonido de los madrileños. Así, como siempre, la música se convirtió en un puente entre individualidades, un espacio seguro para socializar ideas sobre la banda, para compartir canciones llenas de virus por MSN o para comprar idénticas y espantosas camisetas en el mercado de las pulgas de Cedritos. ¿Que Dimmu Borgir era más peligroso? Seguro. ¿Que Iron Maiden sí tenía intérpretes virtuosos? Podemos discutirlo después de escuchar en silencio la versión en vivo de “Satania” compilada en el primer disco en vivo de los españoles. ¿Que Mägo de Oz es apenas la puerta de entrada a un mundo más complejo y arcano? ¿Qué hay de malo en permanecer en el umbral entre mundos? ¿Por qué insistir con radicalizar cada gesto?


Conforme atropello estas líneas, vuelvo al catálogo de la agrupación madrileña y recuerdo esos días con emoción juvenil y lágrimas en los ojos. Hay algo de bochornoso en el gesto de quien escribe, sin saberse a cabalidad adulto, con nostalgia de sus días adolescentes y se sabe indefectiblemente distinto. Conforme ha avanzado mi vida, he caído en los mismos vicios con los que he contrastado la bondad y ternura de Mägo. Me he tornado arrogante, he permitido que la envidia abra un hueco de larvas en el centro de mi pecho, me he añejado en agrio vinagre antes que en vino vital. En fin, ha pasado el tiempo: he cambiado.


No es lugar para mentir: no oigo Mägo de Oz con frecuencia. Genuinamente, no lo oigo nunca. Pero no importa: todo cuanto debí aprender de ellos volvió a mí recientemente. En 2024, la banda de Txus y compañía cerró con flautas y platillos la edición 29 del festival público más querido de los bogotanos: Rock al Parque. Para mayor inri de puristas ataviados de cuero negro, quienes año tras año insisten en presentar su termómetro rockero para calibrar cuán true es X o Y agrupación, su presentación convocó una asistencia histórica que puso a saltar a decenas de miles de personas, consagrándose como una de las más concurridas en las tres décadas de pogos y taches en el Simón Bolívar. Fue suficiente: volvieron a mí los recuerdos de una juventud viche, rito de paso hacia una adultez rockera y desenfrenada. Habían pasado casi veinte años desde que había escuchado conscientemente sus canciones y cerca de quince desde que empecé a vapulear una trayectoria a todas luces rutilante y sembrada de éxito. ¿Qué adulto admite abiertamente que disfruta de cortes como “Fiesta pagana” o “Hasta que el cuerpo aguante"? La respuesta es sencilla: un valiente. Porque en un mundo enfocado en el odio, el amor es revolucionario.


Porque hay valentía en la cursilería deliberada. Porque hay sentido en la ternura. Me atavié con el antifaz para calzar la piel de la normalidad. Cuánta cobardía exuda esta cotidianidad impuesta. Cuánta charlatanería hay en el que censura la bondad como bandera. Mägo de Oz no es peligroso. Y somos mejores por eso. Porque en un mundo de rudos y malotes ellos decidieron ser hechiceros, piratas y juglares. Porque en un mundo de taches y violencia cambiaron las espadas por rosas, las botas militares por el vuelo acróbata de mariposas sobre el éter. En un mundo que cambió la fantasía por corbatas, Mägo de Oz hizo honor a su nombre y apostó por la infantil magia de descubrir las maravillas del mundo día a día. Seguramente, cuando nos dejen de manera definitiva, sus voces se convertirán en estrellas fugaces. Después de todo, como determinó hace décadas Alejandro Casona, los árboles mueren de pie. Dignos, incorruptibles. 


Mägo de Oz regresa a Bogotá para una presentación icónica en el Festival Cordillera 2026 y yo volveré a ser ese niño que hizo de sus canciones una lanza para enfrentarse a gigantes imposibles, a batallas de que no escogí, pero que a todos nos agobian: el primer desencanto amoroso, la partida de un amigo que emigra de nuestras fronteras y se pierde en otro huso horario. La de ver morir a mis ancestros y soñar con que alcanzaron el paraíso. Será una fiesta pagana, una celebración sin ídolos ni efigies, un concierto que teñirá a pinceladas de color el frío cielo metropolitano. Es una revolución del amor y la honestidad creativa. Esta no es una defensa: es un recordatorio. Mägo de Oz continúa su quijotesca hazaña de conquistar corazones, acorde a acorde, poema a poema. Derribando molinos de viento uno a la vez. Siempre con la sonrisa inocente del que se sabe por fuera de cualquier juicio de valor pues, al final del día, la canción siempre será un refugio. Y ello hace sentido.


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