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Virus, placer, locura y relax. Discografía de una banda esencial

Foto del escritor: Ignacio Mayorga Alzate
Ignacio Mayorga Alzate
4 sept
8 min de lectura

Virus apareció a comienzos de los años ochenta en una escena argentina que había construido buena parte de su identidad alrededor de la seriedad del rock como forma de resistencia. En plena dictadura cívico-militar, mientras la represión atravesaba también la historia de los hermanos Moura por la desaparición de Jorge Moura, la banda eligió otro lenguaje: canciones breves, cuerpos en movimiento, ambigüedad sexual, humor, ropa, baile y una relación con la modernidad que desconcertó a una parte del público y de la crítica. La provocación estaba también en negarse a reproducir las formas que el propio rock había establecido para representar el compromiso político. Esa posición encontró una formulación alrededor de Roberto Jacoby, artista y sociólogo vinculado al Instituto Di Tella y Tucumán Arde, quien colaboró estrechamente con Federico Moura y planteó la “estrategia de la alegría” como una respuesta posible frente al disciplinamiento social impuesto por el régimen.


La distancia de Virus frente a los consensos de su tiempo se hizo particularmente visible durante la guerra de Malvinas. En 1982 la banda rechazó participar en el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, que reunió a buena parte de las principales figuras del rock argentino, y convirtió ese contexto en materia para canciones como “El banquete”. Un año después, Agujero interior apareció el 10 de diciembre de 1983, el mismo día de la asunción de Raúl Alfonsín. El cambio político coincidió con otro desplazamiento en la trayectoria del grupo: aquello que durante sus primeros años había sido señalado como frívolo comenzó a encontrar un público masivo. La liberación del cuerpo, el deseo y el baile que Virus había defendido durante la dictadura adquiría un sentido distinto con la recuperación democrática.


Ese punto tampoco congeló a la banda en una fórmula. Entre 1981 y 1989, Virus pasó de la urgencia new wave de Wadu Wadu y la sátira política de Recrudece al sonido más rockero de Agujero interior, incorporó sintetizadores, secuencias y baterías electrónicas en Relax, alcanzó la expansión latinoamericana con Locura y llevó su exploración del deseo y del pop hacia Superficies de placer. La enfermedad y posterior muerte de Federico Moura modificaron inevitablemente esa trayectoria: Tierra del Fuego registró el paso de la voz principal a Marcelo Moura y, después de la separación de 1990 y la reunión de 1994, 9 intentó establecer qué podía ser Virus en otro momento histórico y sin su figura central.


Recorrer esos ocho discos permite seguir una transformación que también corresponde a la del país y su cultura: de la dictadura a la recuperación democrática, del rechazo inicial a la masividad, de las guitarras a la electrónica, de la provocación sexual a una forma propia de entender el pop y, finalmente, de la muerte de Federico Moura al intento de continuidad. Virus no llegó a esa posición retrospectivamente atribuida al grupo siguiendo una línea ascendente ni repitiendo una fórmula. Su discografía muestra una banda obligada a redefinirse varias veces y permite entender cómo aquello que a comienzos de los ochenta incomodaba a una parte del rock argentino terminó integrado a su propio lenguaje.


Primera etapa: provocación y dictadura


Wadu Wadu — CBS — 1981


Con quince canciones concentradas en menos de cuarenta minutos, Wadu Wadu presentó a Virus como una anomalía frente a buena parte del rock argentino de comienzos de los ochenta. El new wave, el punk, el ska, los teclados y las canciones breves y bailables convivían con una estética deliberadamente moderna y con las letras que Federico Moura comenzó a trabajar junto al sociólogo y artista conceptual Roberto Jacoby. “Wadu Wadu”, “Soy moderno, no fumo”, “El rock es mi forma de ser” y “Densa realidad” establecieron desde el debut una manera de responder al clima represivo de la dictadura mediante el humor, el movimiento, la ironía y el cuerpo.


Ese planteamiento tendría después una formulación política en la llamada “estrategia de la alegría”: frente a una escena que asociaba compromiso con solemnidad, Virus proponía el placer y el baile como espacios de libertad. La operación inicialmente les costó acusaciones de frivolidad y una recepción comercial limitada, pero Wadu Wadu definió el territorio desde el cual la banda terminaría transformando el pop y el rock argentino: canciones inmediatas que podían funcionar en una pista de baile y, al mismo tiempo, contener una lectura menos evidente del momento histórico.



Recrudece — DG Discos — 1982


Si Wadu Wadu había introducido la provocación, Recrudece la llevó directamente al clima político de 1982. Grabado durante la guerra de Malvinas, el segundo álbum apareció en el mismo año en que Virus rechazó participar en el Festival de la Solidaridad Latinoamericana. “El banquete” respondió a ese episodio mediante una sátira que mezclaba comida, sacrificio y jerarquía militar, mientras “Me fascina la parrilla”, “Bandas chantas arañan la nada” y “Reportaje sincero y anticonvencional” ampliaban el repertorio de ironías hacia el nacionalismo, la escena musical y los discursos de la época.


La posición tuvo un costo. Recrudece recibió poca difusión, encontró una respuesta fría y quedó durante años relegado dentro de la propia discografía de Virus. Precisamente por eso ocupa un lugar singular en el recorrido: antes de que la democracia y la masividad volvieran más legible la propuesta de la banda, este fue el disco en el que su distancia frente al rock establecido y frente al aparato cultural de la dictadura quedó expuesta con mayor crudeza. El fracaso comercial no modificó esa dirección, antes bien, obligó a Virus a encontrar otra forma sonora de sostenerla.



Agujero interior — CBS — 1983


Virus regresó a CBS con un movimiento calculado hacia un sonido más contundente. Producido por Danny y Michel Peyronel, Agujero interior llevó las guitarras hacia el frente sin abandonar la capacidad bailable de los dos discos anteriores. “Hay que salir del agujero interior”, “El probador” y “En mi garaje” trasladaron además la provocación hacia el cuerpo, el deseo y una libertad que adquiría otro significado en 1983. El álbum apareció el 10 de diciembre, la misma jornada de la asunción presidencial de Raúl Alfonsín y del restablecimiento democrático en Argentina.


Esa coincidencia convirtió el llamado a “salir del agujero interio”» en algo mayor que el estribillo de una canción. El disco encontró finalmente la aceptación de un público que había resistido los primeros movimientos de Virus y llevó a la banda a su primera etapa de masividad. En las encuestas de 1983, el álbum y su canción principal ya aparecían entre los trabajos destacados del rock argentino. Después de dos discos en los márgenes de la legitimidad rockera, Virus empezaba a ocupar el centro sin abandonar las ideas que habían provocado el rechazo inicial.



Segunda etapa: transformación electrónica y expansión


Relax — CBS — 1984


La salida del guitarrista Ricardo Serra dejó a Virus convertido en quinteto y abrió una transformación que terminó definiendo su siguiente etapa. En Relax, las guitarras cedieron espacio frente a sintetizadores, baterías electrónicas y secuencias MIDI, recursos todavía novedosos dentro del rock argentino. “Me puedo programar”, “Desesperado secuencia uno” y “Amor descartable” muestran ese desplazamiento: canciones en las que la tecnología dejó de funcionar como ornamento para convertirse en parte de la identidad musical del grupo.


También cambió el mecanismo de escritura. Roberto Jacoby no participó en el álbum y Federico y Julio Moura asumieron las letras, mientras Virus terminaba de desprenderse de la necesidad de demostrar que podía ser una banda de rock convencional. Relax consolidó una gramática electrónica y pop que sería fundamental para el siguiente disco. Si Agujero interior había conseguido la aceptación masiva, Relax permitió que esa aceptación ocurriera bajo términos cada vez más propios: tecnología, sensualidad, baile y sofisticación pop.


Locura — CBS — 1985


Locura llevó esa transformación hasta la consagración. Grabado entre Buenos Aires y Nueva York, el quinto álbum reunió una producción más sofisticada con algunas de las canciones que terminarían definiendo públicamente a Virus. “Pronta entrega”, “Sin disfraz”, “Pecados para dos” y “Luna de miel en la mano” construyeron un repertorio abiertamente sensual, atravesado por el deseo, el encuentro sexual y una ambigüedad que Federico Moura llevaba también al escenario.


El erotismo había estado presente antes, pero aquí dejó de aparecer como insinuación lateral. “Luna de miel en la mano» convirtió la masturbación en material para una canción pop y “Sin disfraz” llevó al centro una sexualidad que el rock argentino rara vez había representado de esa manera. El resultado fue también el salto comercial de Virus: Locura expandió a la banda fuera de Argentina y la insertó en la circulación latinoamericana que durante esos años amplificó a una nueva generación de grupos argentinos. La banda que cuatro años antes había sido recibida como frívola se había convertido en una referencia del pop continental.



Tercera etapa: madurez y transición


Superficies de placer — RCA Ariola — 1987


Después de la expansión de Locura, Virus se trasladó a Río de Janeiro para grabar un álbum que profundizó su sofisticación en lugar de intentar reproducir mecánicamente el éxito anterior. Superficies de placer reunió once canciones —entre ellas “Mirada Speed”, “Danza narcótica”, “Ausencia”, “Polvos de una relación”, “Encuentro en el río” y la canción que le da título— y llevó la combinación de electrónica, funk, pop y sensualidad hacia uno de sus puntos más elaborados. La grabación se realizó en Brasil y la mezcla terminó en Nueva York.


El disco quedó inevitablemente atravesado por otra circunstancia: durante el proceso Federico Moura recibió su diagnóstico de VIH. La enfermedad no fue presentada como concepto explícito del álbum, por lo que reducir sus canciones a una despedida anticipada sería insuficiente. Sin embargo, el paso del tiempo modificó su escucha: deseo, ausencia, identidad, placer y fugacidad adquieren otra resonancia ante lo que ocurriría después. Superficies de placer cerró así la etapa de expansión de Virus con un trabajo que terminaría ocupando un lugar central en su valoración crítica retrospectiva.



Tierra del Fuego — CBS — 1989


Tierra del Fuego comenzó a construirse todavía con Federico Moura, pero terminó convirtiéndose en el disco de la transición. El deterioro de su salud le permitió registrar únicamente “Un amor inhabitado” y “Lanzo y escucho” antes de pedirle a Marcelo Moura, hasta entonces tecladista y corista, que asumiera la voz principal. Federico murió el 21 de diciembre de 1988 y el álbum apareció al año siguiente.


Por eso su importancia dentro de la discografía excede las canciones individuales: registra el momento exacto en que Virus tuvo que decidir si su identidad podía sobrevivir a la ausencia de la figura que había articulado buena parte de su sonido, su imagen y su relación con el público. Marcelo no llegó como un cantante externo encargado de reemplazar a Federico, sino desde el núcleo musical y familiar que había construido la banda desde sus comienzos. Tierra del Fuego documentó ese relevo y permitió una continuidad que, sin embargo, sería breve: Virus se disolvió al año siguiente.



Cuarta etapa: regreso


9 — BMG Ariola Argentina — 1998


Ocho años después de la separación y cuatro después de su regreso a los escenarios, Virus volvió al estudio con una formación reorganizada alrededor de Marcelo y Julio Moura. Grabado en Circle House Studios de Miami, 9 incorporó a Patricio Fontana en teclados y Aitor Graña en batería y buscó insertar nuevamente al grupo en un paisaje pop que había cambiado radicalmente durante su ausencia. “América fatal” funcionó como primer corte, mientras “Extranjero” y “Lucy” estuvieron entre las canciones que encabezaron esta nueva etapa.


El regreso discográfico tuvo una recepción considerablemente más fría que la obtenida por los álbumes centrales de los ochenta. La ausencia de Federico Moura era estructural y también había desaparecido el intercambio lírico con Roberto Jacoby que había atravesado buena parte del catálogo clásico. 9 ocupa por ello una posición distinta dentro de la historia de Virus: más que intentar reconstruir la banda de 1985, registra la búsqueda de una continuidad posible bajo otras condiciones, con Marcelo definitivamente al frente. Fue el intento de comprobar cuánto de Virus podía existir después de Virus y, al mismo tiempo, el último álbum de estudio con material enteramente nuevo de esta secuencia discográfica.



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