Del noticiero al escenario: anatomía de un fenómeno llamado 31 Minutos
- Ignacio Mayorga Alzate
- 18 mar
- 14 Min. de lectura

La siguiente entrevista fue realizada en noviembre de 2025, en Bogotá, en el marco de la presentación de Don Quijote por 31 Minutos en el Teatro Colón. En ese momento, el proyecto se encontraba explorando una de sus extensiones más ambiciosas: trasladar su universo narrativo al teatro a partir de una adaptación del clásico de Cervantes que conservaba fragmentos del texto original y sus tensiones centrales. Ese contexto resulta clave para entender la conversación con Pedro Peirano, ya que evidencia cómo 31 Minutos opera más allá de la televisión, activando sus personajes y su lógica creativa en otros formatos y tradiciones narrativas.
Fue un momento glorioso para la televisión latinoamericana. Hasta entonces ningún programa que jugase con el formato para niños se había atrevido a tanto. Quizás por ello, más de veinte años después de su primera emisión seguimos hablando de 31 Minutos. Quizás también fue el hecho de que hasta entonces a los niños se les trataba con condescendencia, limitando el alcance de los formatos televisivos a este único público. En cambio, programa de Álvaro Díaz, quien interpreta a Juan Carlos Bodoque, y Pedro Periano, encargado de dar voz a Tulio Triviño, jugó con otras reglas y se permitió sortear los retos que ellos mismos se habían impuesto: crear un show que pudiera divertir a los más jóvenes, pero causar también un impacto en las generaciones que los antecedían, dando forma a una audiencia en la que padres e hijos podían compartir una afición.
El origen de esa estructura no está en la infancia, sino en la observación crítica del medio. Antes de Tulio Triviño, Juan Carlos Bodoque o Juanín, existió un laboratorio de humor en el que Pedro Peirano y Álvaro Díaz exploraron la parodia como una herramienta de validación narrativa. Plan Z fue un programa de culto en la televisión chilena que operaba desde la parodia agresiva y la incomodidad, desarmando los códigos de la cultura mediática con sketches que cruzaban lo absurdo con una crítica frontal a las convenciones sociales. El Factor Humano tomó un camino distinto y trabajó con material real: salían a registrar acontecimientos cotidianos con una cámara ligera y, al prolongar la interacción con las personas, dejaban que la realidad revelara su propia dimensión cómica y patética, afinando así una mirada que luego sería clave en la escritura de ficción. Mira tú, por último, respondió a un encargo institucional orientado a contenidos patrimoniales y adoptó un tono aparentemente sobrio para observar espacios y elementos desde ángulos inusuales, descomponiendo lo evidente en múltiples capas de lectura. En conjunto, estos proyectos consolidaron una metodología basada en la observación, la parodia y la relectura de formatos existentes, que más adelante encontraría en el noticiero de 31 Minutos su estructura más precisa y expansiva.
En paralelo, la fundación de Aplaplac marcó un quiebre en la manera de producir televisión en Chile. Más que una productora, funcionó como un espacio de autonomía creativa en el que Peirano y Díaz operaban como showrunners en un contexto que aún no comprendía ese rol. Esa independencia permitió controlar cada capa del proyecto: escritura, dirección, puesta en escena y resultado final. Aplaplac no llenó un vacío en la televisión chilena; lo evitó. Creó un ecosistema en el que el trabajo podía existir sin compromisos externos.
La expansión hacia formatos en vivo confirma esa evolución. El show Radio Guaripolo II, que llegará al Movistar Arena en simultáneo a su paso por el Estéreo Picnic, retoma la lógica del programa, pero la desplaza hacia un lenguaje escénico que combina música, narrativa y performance. Este tipo de expansión no es accidental y responde a una característica central del proyecto: sus personajes funcionan como actantes universales. Pueden habitar un noticiero, una obra inspirada en El Quijote o un Tiny Desk sin perder coherencia. Esa versatilidad permite que el universo se amplíe sin fragmentarse.
Esa expansión también se hace evidente en Yo nunca vi televisión, un disco que funciona como puente entre el universo de 31 Minutos y la escena musical latinoamericana. El proyecto convoca a artistas de distintos países —Bengala, María Daniela y su Sonido Lasser, Francisca Valenzuela, Los Búnkers, Natalia Lafourcade, entre otros— para interpretar el repertorio asociado al programa, insertándolo en circuitos reales de escucha y producción musical. La participación de estas bandas desplaza las canciones hacia otros códigos estéticos y públicos, amplificando su alcance y complejidad. El resultado revela una operación más amplia: 31 Minutos circula simultáneamente como televisión, música y experiencia en vivo, con una capacidad de adaptación que sostiene su vigencia generacional.
Quería comenzar pues igual hablando un poco de cómo se incidieron proyectos anteriores como El factor humano y Mira tú a la hora de dar forma a la identidad 31 minutos.
Esa es como la base de todo, porque es un humor compartido con Álvaro. Hicimos incluso antes un programa que se llamaba Plan Z que aún más como de es como de culto, pero bien es bien conocido en Chile que nosotros actuábamos. Cuando empezamos a hacer típica parodia. Para mí la parodia es probar el humor. La parodia es probar si uno realmente ama lo que ama, si uno puede ser tan buen narrador como lo que quiere ser. Entonces, siempre empiezas con un poco de humor. O sea, si parodias las películas de terror es porque te gustan las películas de terror. Nunca uno parodia algo que no le gusta. ¿Me explico? Bueno, entonces al principio era un poco eso: parodiar la tele. Nosotros éramos fanáticos de la tele porque éramos hijos de la dictadura y nos pasamos viendo la tele durante toda nuestra infancia. Y con este weón, con el Álvaro, coincidimos estudiando periodismo en la escuela de la Universidad de Chile.
Al principio no teníamos tan buena onda, pero vimos que teníamos un humor parecido. Entonces empezamos a hacer cosas ahí, como una revista, programas de radio. Después surgió un canal de televisión hecho sólo por jóvenes, o sea, abominable, pero en ese tiempo a nosotros nos sirvió para entrar a la tele sin haber pensado nunca que íbamos a entrar a la tele. Yo soy dibujante, entonces yo en mi mente estudié periodismo, para dibujar en los diarios. En ese tiempo yo pensaba que esa era la razón por la por la cual estudié el periodismo, para dibujar con el típico humor editorial. Ese era mi rollo. Pero siempre amé los Muppets por sobre todas las cosas de la vida y siempre me gustó el humor absurdo más que ningún humor inteligente. El humor inteligente para mí siempre era un poco enemigo del humor verdadero. Como que no era curioso, era como oportunista, tenía que buscar la inteligencia, tenía que sentirse más inteligente que el resto y tenía que dar un cierto grado de elecciones al mundo de cultura. Y eso lo siempre lo encontramos un poco más débil que Muppets, que era un humor ridículo, pues huevón, una rana estaba enamorado de un chancho. Obviamente para mí eso era superior. No sé muy bien cómo explicarlo, pero eso era para mí siempre fue mejor.
Y, al final, sí terminé dibujando en los diarios y haciendo cómics para niños, que eran una locura así demencial, yo no sé cómo me dejaban publicarlo, ¿me explico? Porque era completamente ridículo todo lo que pasaba, pero es que ya estaba muerto el arte del cómic, entonces era como para rellenar páginas. Nadie me controlaba mucho.
Cuando salimos de la escuela nos juntamos con el Álvaro de nuevo y empezamos a hacer estos proyectos de humor, en general, incluso Factor Humano primero buscaba el humor de Álvaro. Factor Humano es mucho más Álvaro que yo. Porque yo soy más de guion y el Álvaro es más periodista.
El Factor Humano buscaba pescar cualquier pauta de la semana y nos repartíamos todos los días a un huevón con una cámara Hi8. Nos repartíamos las noticias que había en el día. ¿Una conferencia de prensa de unas viejas pinochetistas?, ya, genial. Obviamente uno le buscaba el humor, pero llegaba a ciertos grados de patetismo. Y una de las cosas más chéveres que encontré era que la gente, yendo con tu cámara y estando 2 horas con una persona en vez de 15 minutos, te empieza a decir verdades. Y, por lo tanto, te vas a dar cuenta de que la gente es la autora de su propio guion, Entonces para después para escribir ficción, creo que lo mejor fue El Factor Humano. Después hicimos ese programa que dijiste que se llamaba Mira tú. Era realmente latero máximo, era como el concurso más latero y aburrido de todo el Consejo Nacional de la Televisión, pero te daban plata para hacer una huevada que como que eh incentivara el gusto por el patrimonio.
Y yo justo vi un documental que era la dirección de una casa. Por ejemplo, no sé qué cuál es la dirección de tu casa, pero ese era el guion. Entonces, mostraban la casa de todo el mundo, de todos los mundos posibles, el jardín, la electricidad, como qué tipo de casa era, quién era el arquitecto que la inventó, pero también los bichos que viven en la casa. Todo. Entonces dije, "¿Por qué no vemos un patrimonio así " Fuimos a la iglesia más antigua de Santiago y la subdividimos en todos esos temas. De alguna manera, tenía ese trasfondo. Era algo no necesariamente humorístico, pero ya el hecho de mirar una iglesia como un lugar en el que viven ratones ya puede ser algo más divertido.
Con Plan Z nos detestaba el Consejo Nacional, porque habíamos hecho como 100 000 chistes inadecuados: por ejemplo, una Barbie que era mapuche, entonces era la sirvienta de la Barbie rubia. Hoy en día mi mamá se acuerda. Bueno, entonces no nos querían ni un poco, pero con Mira tú, la cosa cambió. Al siguiente año decidimos que, como habíamos ganamos ese premio, íbamos a ir por el premio más grande que era hacer un programa infantil. Y ahí como dijimos “Puta, títeres, por favor”. En realidad nunca se me ocurrió nada tan bueno, pero el Álvaro sí. Quería hacer como una nota súper seria, pero con un sapo que yo tenía cuando era chico. Como si fuera títeres, pero no tenía nada de humorístico. Solo lo único humorístico es que era la misma nota seria la hacía un sapo en vez de un periodista. Ya sólo eso era gracioso. Dijimos, "Bueno, si una noticia funciona, ¿por qué no hacemos un noticiero entero?, Ahí empezó la idea del noticiero.
Acá en Colombia han existido varios programas que parten precisamente de la parodia de del del noticiero y pues ah claro, después tienes toda esta esta gran colección de humor negro en los Estados Unidos, pero incluso también The Anchorman y todas estas otras películas. ¿Qué crees que es tan atractivo desde el formato de noticiero para parodiarlo?
Si eres periodista, sabes que es lo más. Porque todos somos unos miserables de mierda y los conoces perfectamente. Pero, aparte, había solo un estudio en que nosotros nos fijamos y era que los niños en esa época, no sé, probablemente no ahora, pero en esa época, para los niños este era el único momento que tenían en el día para juntarse con los papás y era a ver las noticias, pero la hora como a las 8 de la noche. Entonces era como un formato que todos conocían. Una cosa es cuando tenías que proveer algo que te gusta, o que entiendes, o que conoces. Pero otra cosa es que para que la pared funcione el público tiene que conocer el formato. Este era un formato que conocían los adultos, los grandes y los niños. Era mucho más fácil contar historias dando por hecho el que tú conocías el formato. Después nos dimos cuenta de más ventajas todavía. Una era que todo cabía haciendo noticias. Si tú no crees que no es una huevada, una noticia es una noticia.
¿Por qué no ponemos un periodista de espectáculos que presenta las canciones? En realidad son puros huevones que como por debajo le pasan plata para sonar como en un medio corrupto. Entonces podemos poner canciones porque son noticias de espectáculos. Empezamos a decir “ya, ¿qué cosa no cabe acá? ¿Podemos poner guerra?” Podríamos poner guerra si hacemos una guerra de tarros y se tiramos todos los tarros unos contra otros y a nadie le importa quién gana. Supongo que se entenderá lo ridículo que es la guerra. Ya, bueno, sí. Y así, como que casi casi nada no cabía en el mundo del noticiero. Y te podías ir de un mundo a otro en 2 segundos.
¿Cómo nace Aplaplac y qué vacío crees que llena en la televisión nacional chilena?
Bueno, ahora como televisión poco, porque la televisión está muerta un poco. Yo no sé si tiene un vacío, pero tiene un vacío por lo menos en mí. En nosotros. Que es como yo no sabría qué hacer. O huevón, no podría trabajar si no fuera porque tenemos este pequeño almacén donde nosotros somos los jefes y podemos sobrevivir con eso. Yo aparte trabajo en Estados Unidos y escribo ahora para Sony Television, Y es que nunca aprendí tanto como en 31 minutos como en mi chip interno, gracias a que siempre hemos sido show runners. En Chile nadie sabe lo que nosotros éramos, nosotros éramos runners de siempre, pues éramos huevones que hacíamos todo, con los títeres, juntábamos más gente, pero dirigíamos, escribíamos, pero siempre atentos a que al resultado final.
Entonces, creo que sí, creo que es una manera de trabajar que nosotros inventamos, no porque no existía, sino que nosotros no sabíamos cómo existía. Fue la única manera que tuvimos nosotros de entender cómo trabajar en este medio. Al final nos ha funcionado bien, pero también funciona porque no trabajamos todo el año en eso, o sea, trabajamos en distintas cosas.
Proyectos como Yo nunca vi televisión, prueban desde un momento muy temprano que 31 minutos, de hecho, no era necesariamente un show infantil. Te quería preguntar también a qué a qué atribuyes la identificación con el programa del público más adulto. Además, ¿cómo cambia el escribir para uno o el otro?
Cuando empezamos a hacer 31 minutos los miles de cartas que llegaban al principio eran sólo los niños: "Por qué Tulio trata a Juanín tan mal?” Son mucho más emocionantes. Creen en la emoción de estos monos. En cambio, los adultos son más cínicos y ven más la parte del humor más dura. Creo que a ambos sí les gusta que haya un entrevistado que es una sandía en el programa, como un tipo de tontera tan esencial. Tan tonta. No te sientes invadido en ningún tipo de inteligencia, sólo sientes el placer de lo tonto. Pero sí, creo que son muy emocionales. De hecho, lo que más hay que tener cuidado es que no pasarte de la mano, de no tratar tan mal a tu personaje, a Juanín sobre todo [risas]. Pero no tratarlo tan mal o no o no pasarte de listo.
Creo que siempre tiene que haber un equilibrio. Por ejemplo, en general con las canciones nosotros sentimos que podemos llegar muy abajo en una angustia que puede querer generar. No sólo en las canciones, sino también en las historias que cuentan como, por ejemplo, “El dinosaurio Anacleto”. Es muy bajo lo que puedes lograr tú de angustia, siempre que te libere, ¿sabes? Y yo siento que es un poco lección de vida, cómo voy a enfrentar la vida también, porque sabes que vas a salir del hoyo. O sea, si te sabes que te vas a salir del hoyo, pues te puedes quedar en el hoyo un rato. Sin que te desesperes. Creo que hay que tener mucho, pero mucho cuidado con eso.
No es angustiar por angustiar. O sea, angustiar por alguna razón, narrativa, estética, emocional. Lo que significa que también podemos ser pesimistas sin ningún problema. Podemos decir que Juanín se queda barriendo toda la noche y tampoco no debería ser así, los finales deberían ser más felices, pero un poco uno entiende también la ironía de la vida. Sin necesidad de ser un villano o exagerar la crueldad de la vida. El mundo es demasiado cruel para que uno le aporte más crueldad.

Ahorita estamos hablando a propósito de Don Quijote. Este proyecto, junto con otros momentos teatrales, amplía el universo de 31 minutos. ¿Cómo entiendes la identidad hoy de estas historias y cómo se enriquece un poco el canon o el lore de 31 minutos con estos otros proyectos?
Mira, primero uno dice ya estos buenos estos personajes son actantes. O sea, realmente tienen algo universal porque si los podéis poner en Romeo y Julieta y los podéis poner en El Quijote son medio universales, o sea, pueden hacer ambos roles, ambas obras. En el caso particular del Quijote fue bastante salvavidas porque a mí me tocó leerme de nuevo El Quijote y escribir toda la obra durante la pandemia, pero sin total fe, porque para que el Quijote funcionara tú tenías que emocionarte con Tulio. Y, de todas las cosas que le han pasado a mi personaje, que es Tulio, es que nunca nadie se ha emocionado con él: es un concha de su madre. Es un villano. Es un tonto, un villano, un egoísta. Sólo que tiene un grado de ternura porque están solo. Pero no era suficiente para mí para creer que él podía encarnar el Quijote.
Entonces, a pesar de eso, era obvio que él tenía que ser el Quijote y Juanín tenía que ser Sancho Panza. Me costó más ver la cuenta, pero sólo porque no tenía tanta fe. Lo escribí era el tiro obvio que Tulio era el Quijote, era lo suficientemente tonto. Si tú sacas a los románticos de la percepción del Quijote, el Quijote es mucho más humorístico y mucho más un viejo imbécil. Entonces, es mucho más Tulio de lo que uno creería. Entonces, lo que hice yo fue olvidarme de la percepción de este derribador de molinos. ¿Entiendes? El huevón es idealista porque quiere ser héroe porque es un miserable, el Quijote verdadero. Entonces, lleva un gran personaje a pesar de sí mismo, porque es un viejo tonto. Y eso sí que es Tulio.
Hay un momento en el que la obra se va hacia donde debería ir. Pero hay una parte emocionante y yo no creí que lo había logrado y quedó el teatro en silencio, o sea, todos los niños diciendo “Pobre viejo”. De todas las cosas, yo creo que se enriquece por lo que te digo, que son actantes y pertenecen a un mundo más clásico del que uno cree. Pero, en el caso del Quijote en particular, tiene esa cosa para mí de Tulio, que yo no pensé que Tulio iba a hacer llorar nunca nadie. Así que yo era el más feliz del mundo con mi personaje villano y tonto. Así que fue una sorpresa personal para mí. A mí me encanta hacer esta obra.

Vuelven a Bogotá después de 2019, cuando hicieron tres presentaciones demenciales. Pero esta es la primera vez que nos vamos a ver en un en Colombia en un contexto festivalero que tiene otras lógicas. ¿Sientes que hay una diferencia? O sea, ¿ustedes se preparan para ese para ese show de alguna de alguna manera distinta entendiendo que va a ser un lugar que le espacio de cualquier manera condiciona un poco la experiencia?
Sí, pero también creo que al revés de otros del pasado ahora estamos más cerca de eso. Hemos hecho antes eso en lugares abiertos, tenemos relación con el público. La nuestra no es una banda como de niños. Una banda de puros músicos profesionales que tocan en vivo con sus propias bandas. Entonces, ellos precisamente para que vean como como uno se rodea de gente que sabe más que uno. Ahí Pablo [Ilabaca, uno de los músicos de la banda que también tocó en Chancho en Piedra] lo sabía más que nosotros. Y él fue el que nos quitó el miedo y el estrés. Yo, sobre todo, no disfruto mucho esto. Al Álvaro le fascina. A mí me encanta estar en mi casa, pero me encanta estar con mi amigo. Feliz de hacerlo siempre, de cualquier modo.
Para terminar, más allá del crew, ¿cuál fue el principal reto o desafío que implicó llevar a cabo el Tiny Desk como lo llevaron a cabo? Es un Tiny Desk histórico.
Parece que fue más importante de lo que pensamos que era, con los cocodrilos. Dijimos “hay que hacer este chiste” y no nos dimos cuenta de la importancia. La verdad es que Tiny Desk es sobre todo, de alguna manera, es una llegada a este lugar. Todo lo que sabemos lo pusimos ahí. Construimos un set para el Tiny Desk en Chile con las mismas dimensiones, igual pero blanco. Ensayamos un millón de veces, usamos trucos de televisión como el humo, las burbujas, viendo que cupiera en el lugar y, como ya estamos acostumbrados a estar en vivo, entonces que fuera una sola toma no era tan terrorífico. Para mí más porque tenía que hablar como Tulio y sabía que si me equivocaba iba a hacer el tonto. Cuando dije la última huevada del Tulio, sentí un alivio máximo. Fue una locura. Pero tampoco pensamos que iba a ser tan exitoso.










Comentarios