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Los otros escenarios de Cordillera: del país de Carlos Vives al Macondo de Andrés Cepeda

Redacción 120dB Bogotá
12 sept
4 min de lectura

El Festival Cordillera llega a su quinta edición convertido en uno de los encuentros musicales que definen el calendario cultural de Bogotá. Desde su aparición en 2022, el festival ha construido alrededor de la música latinoamericana un espacio capaz de reunir artistas, generaciones y escenas que pocas veces coinciden en una misma programación. La dimensión alcanzada quedó clara en 2025: 82.000 personas asistieron al Parque Simón Bolívar, más de 30.000 fueron turistas y el evento generó más de 55.000 empleos directos, indirectos e inducidos. Ese crecimiento también ha obligado a pensar qué significa ocupar durante un fin de semana uno de los principales espacios públicos de la ciudad. La edición anterior fue carbono neutro, redujo el uso de diésel mediante paneles solares y baterías, incorporó baños secos, eliminó plásticos de un solo uso y trabajó con más de 700 personas en la gestión de residuos para alcanzar la meta de no enviar desechos al relleno sanitario. A ello se sumaron más de 30.000 árboles sembrados en la Cordillera Andina durante 2025, que llevaron a más de 80.000 el acumulado histórico asociado al festival.


Con más de cuarenta actos distribuidos durante dos jornadas, las cuatro tarimas principales —Cordillera, Aconcagua, Cotopaxi y Cocuy— resultan insuficientes para contener todo lo que puede suceder dentro del festival. Cordillera comenzó a explorar esa posibilidad en 2025 con Coke Studio, un escenario alternativo dedicado al baile que tuvo a Delirio en tres funciones diarias y cerró el sábado con La 33. Más pequeño y cercano a la lógica de un club que a la de una tarima para decenas de miles de personas, también permitió incorporar clases de salsa, circo y otras actividades entre conciertos. En 2026 esa experiencia deja de ser una excepción: junto a las cuatro tarimas centrales aparecen dos espacios con programación propia, Coke Studio: La Tierra del Olvido y Club Macondo by Club Colombia, que propusieron otra manera de relacionarse con la música dentro del Parque Simón Bolívar.


La Tierra del Olvido lleva esa idea un paso más allá al convertir a Carlos Vives en articulador de una lectura sobre las músicas colombianas. El escenario toma como punto de partida el álbum con el que Vives consolidó hace tres décadas su búsqueda alrededor del vallenato y otras tradiciones del Caribe colombiano para extenderla hacia territorios, generaciones y lenguajes diferentes. Allí convivieron Chonto DJ, Cumbieros x María Fuell, Claumart, Herencia de Timbiquí, Martín Velilla, Dirty Salsa, Nido y los Auténticos Corraleros de Dinastía Gutiérrez, además de clases de cumbia y actividades alrededor del baile. La selección permitirá pasar del Pacífico de Herencia de Timbiquí a la tradición corralera y de allí a proyectos que cruzan cumbia y electrónica. Algunos nombres, además, prolongan relaciones construidas previamente por Vives: Herencia de Timbiquí ha compartido escenario con él, María Fuell pertenece a Gaira Música Local y Martín Velilla participó en las reinterpretaciones realizadas para los treinta años de La Tierra del Olvido. Más que reproducir en pequeño la programación de las tarimas principales, el escenario utiliza el repertorio y la trayectoria de Vives como puerta de entrada a una genealogía musical colombiana que permanece abierta a nuevas transformaciones.


Club Macondo parte, sin embargo, de otra lógica. El espacio de Club Colombia convierte el imaginario de Macondo en un salón de música en vivo y baile, con referencias como el bar de Catarino y una programación que permitirá entrar y salir de los conciertos masivos para encontrarse con una experiencia de club. Andrés Cepeda funciona como uno de sus hilos conductores mediante dos formatos que revelan dimensiones diferentes de su trayectoria: Sexteto Macondo, construido alrededor del son cubano y la cercanía de un ensamble pequeño, y Andrés Cepeda Big Band, encargado de cerrar la programación del domingo. Entre ambos aparecen propuestas como La Nena Magdalena, Pablo Watusi, Los Rulos Vinyl Club, Vinileros del Trópico y Esteban Copete y su Kinteto Pacífico, entre otras. La presencia de Cepeda adquiere otra dimensión al mirar el festival completo: durante el mismo fin de semana también se reunirá con Poligamia y realizará su concierto como solista. Club Macondo permitirá así escuchar al mismo músico desde distintas escalas —el sexteto, la banda de su juventud, el proyecto solista y la big band— mientras lo sitúan dentro de una programación atravesada por el baile, los sonidos tropicales y diferentes maneras de entender la música colombiana.


Estos escenarios también modifican algo más elemental: cómo se habita un festival durante diez o doce horas. La experiencia no depende únicamente de correr entre tarimas para alcanzar el siguiente concierto. Espacios de menor aforo permiten cambiar de escala, bailar, descansar de las grandes multitudes y encontrarse con artistas que difícilmente ocuparían una de las franjas centrales del cartel. Cordillera amplía así su programación mientras diversifica las maneras de permanecer dentro del Parque Simón Bolívar. La Tierra del Olvido propone recorrer Colombia a través de músicas que conectan tradición y transformación; Club Macondo recupera la proximidad del salón de baile y del club. Entre ambos aparece una idea de bienestar que también pasa por ofrecer alternativas: momentos en los que el festival puede dejar de sentirse como una sucesión de conciertos multitudinarios y convertirse en un territorio que cada asistente recorre a su propio ritmo.

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